Categoría: Posguerra

E46. Don Felisindo Grande Seara (1917-1987). Por Mariví Seara Grande y Juan Carlos Sierra Freire

E46. Don Felisindo Grande Seara (1917-1987). Por Mariví Seara Grande y Juan Carlos Sierra Freire

Como bien es sabido, Parderrubias es cuna de un gran número de curas. Muchos de ellos llevaron a nuestro pueblo como bandera y difundieron su nombre allá por donde desarrollaron sus actividades. Claros ejemplos de ello son -aunque no nacido en Parderrubias- don Manuel Belvís (1808-1894) con sus incursiones en la prensa nacional de finales del siglo XIX (véase Don Manuel Belvís Seoane) y don Aurelio Grande (1930-2001) con su actividad misionera por buena parte del mundo durante la segunda mitad del siglo XX (véase Don Aurelio Grande Fernández). Ambos son considerados Vecinos Ilustres de Parderrubias. En esta misma línea situamos a don Felisindo Grande Seara (1917-1987). En especial, su actividad periodístico-literaria hizo que el nombre de Parderrubias (o de Paredes Rubias, pseudónimo con el que firmaba sus poemas) se difundiese allende de los límites geográficos de nuestra Parroquia.

Don Felisindo forma parte de un amplio listado de curas, nacidos en Parderrubias, que desarrollaron -o comenzaron a desenvolver- su actividad pastoral en la primera mitad del siglo XX. Entre los pioneros cabría destacar a don Adolfo Outumuro (tío) y don Adolfo Outumuro (sobrino; lamentablemente fallecido muy joven), a don Antonio Seara y a su hermano don José Seara (hijos del señor Francisco, sacristán de la Parroquia durante muchos años). A continuación, en esta línea cronológica, situaríamos a don Felisindo, personaje con méritos suficientes para formar parte de esta sección de Vecinos Ilustres de Parderrubias. En el presente artículo abordaremos su figura desde tres dimensiones diferentes: como persona, como cura y como literato.

La persona

Don Felisindo nace el 20 de mayo de 1917 en el seno de una familia humilde y numerosa en el pueblo de A Iglesia (Parderrubias), a escasos veinticinco metros de la iglesia parroquial. Quiso el destino que naciese el mismo año en el que triunfaba la revolución bolchevique, ideología duramente criticada en su posterior obra periodístico-literaria. El mismo día de su nacimiento fue bautizado de necesidad por su abuela materna Generosa y, ya al día siguiente, el párroco don Benito Garrido ratificaba el acto, bautizándole solemnemente y poniéndole por nombre Felisindo José. Fue el tercero de los seis hijos de Juan Bautista Grande (“O Tío Carteiro”) y de Vicenta Seara: Jesús (1911), María (1915), Felisindo (1917), Jesusa (1919), Manuel (1923) y María Clamores (1927). El 21 de enero de 1928, siendo Felisindo un niño de tan solo 10 años, fallece su madre a la edad de 42 años. Ante esta enorme adversidad se hará cargo de su crianza su tía Dominga, hermana de Vicenta. Esta pérdida irreparable marcará de forma significativa a Felisindo, convirtiéndose la figura materna en eje central de su vida, tal como refleja su obra literaria. Así, esa madre ausente (pero presente, a la vez) será objeto de sus poemas más bellos y emotivos, tal como abordaremos más adelante.

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Casa natal de don Felisindo en Parderrubias

Muy pronto, Felisindo despunta como un niño inteligente y con una enorme ansia de conocimientos. Durante su infancia sueña con ser fraile, pero su padre Juan Bautista, que no estaba por la labor de perderlo en un convento, lo manda a estudiar a la edad de once años al Seminario de Ourense, iniciando de este modo el año 1929 la carrera eclesiástica. Su hermano Manuel sigue sus mismos pasos, llegando a cursar hasta segundo año de Sagrada Teología. Desgraciadamente, la brillante carrera académica de Manuel se ve truncada por una grave enfermedad, falleciendo en su casa de Parderrubias el 21 de septiembre de 1942 a los 18 años de edad. La prensa local se hacía eco de su entierro:

Por su casa desfilaron todos los sacerdotes y seminaristas de la comarca, autoridades y numerosísimo público. La conducción del cadáver y funerales constituyeron una grandiosa manifestación de duelo. Presidían el duelo don Felisindo Grande Seara, sacerdote, hermano del difunto; don José R. Barreiros, párroco de Parderrubias y don Manuel Garrido González, en representación de la Casa Garrido” (La Región, 26 de septiembre de 1942).

En el año 1936, el estallido de la Guerra Civil obliga a Felisindo a interrumpir sus estudios en el Seminario, incorporándose en mayo de 1937 al Ejército Nacional, en cuyas filas sirvió hasta finalizar la guerra en 1939. En Ceuta, en donde pasó parte de ese tiempo y coincidió con algún vecino suyo, se encargó, entre otros quehaceres, de impartir clases a los hijos de un Comandante. Esta experiencia y conocimientos militares se aprecian en su novela “Don Proletario y Valdomino”, especialmente en el momento en el que estalla la revolución marxista en el ficticio pueblo de Cuesta Hermosa.

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Don Felisindo en Ceuta durante la Guerra Civil

Don Felisindo fallece el 26 de marzo de 1987, a los 69 años de edad, después de una fructífera vida dedicada a los demás. Su funeral y posterior entierro fueron celebrados en la iglesia parroquial de Santa Eulalia de Parderrubias, en cuyo cementerio está sepultado. Fueron testigos de su entierro don Miguel Ángel Araujo Iglesias, Obispo dimisionario de la Diócesis de Mondoñedo-Ferrol, y don Antonio Montero Nieves, Vicario General de la Diócesis de Ourense. Algunas de sus ideas siguen plenamente vigentes en este siglo XXI.

El cura

En el mes de diciembre de 1940, don Felisindo toma en la Diócesis de Lugo las Órdenes Sagradas de Prima Tonsura y Menores, el primero de los grados clericales. Posteriormente, el 29 de junio de 1941, recibe el sagrado orden del Presbiterado en Santiago de Compostela, por hallarse vacante la sede de Ourense, quedando capacitado para celebrar la Eucaristía.

Un artículo publicado el 30 de julio de 1941 en La Región, firmado por José Aldea, se hacía eco de su Primera Misa celebrada en Parderrubias y del posterior ágape que tuvo lugar en la casa de los Hermanos Garrido (Os Escultores):

Todo el pueblo, toda la parroquia [Parderrubias] está allí. Es la fiesta mayor de uno de sus hijos más queridos. Pueblo de acendrada religiosidad, de fe grande, tan metida dentro de sus almas, que solo por ella se explica la pureza y mucha honra que en él hay y siempre hubo. El párroco de aquí asiste al misacantano y le son padrinos Modesto Garrido y su esposa. Vase animando y robusteciendo la voz que al principio aparecía poco segura y tranquila del nuevo sacerdote. Desde el púlpito nos habla de la dignidad y grandeza del sacerdocio un compañero de estudios, convecino y pariente de él, y luego del Felisindo, hijo de esta parroquia, del Felisindo seminarista, del Felisindo ungido ya con el don más excelso del Señor. Sigue la misa. Viene la consagración de la divina Víctima, y al alzarla las manos tiemblan de pavor y maravilla. Ahora el nuevo formado en la divina institución se atreve a decir el Padre Nuestro y luego consumir el Pan y el Vino. Ya la mano suya se vuelve y traza en el aire el signo que recibimos sobre nuestras cabezas, postrados. Pasamos todos después a besar aquella mano que ya todo lo puede en la tierra y en el cielo. Volvemos a la casa de los Garrido un poco tarde. Hay allí tres o cuatro mesas inmensas. En la nuestra, la más grande, están el nuevo presbítero y sus padrinos y los más de los sacerdotes”.

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El 24 de julio de 1941 don Felisindo es nombrado Ecónomo de la Parroquia de San Paio de Fitoiro y Encargado de la de Santa María de Rabal, pertenecientes ambas al Arciprestazgo de Os Milagros, en el Concello de Chandrexa de Queixa. En esa época se trataba de Parroquias prácticamente aisladas entre montañas, en plena Pena da Cruz, a las que únicamente se accedía cruzando los montes a pie o a caballo. En muchas ocasiones el trayecto lo tuvo que realizar en compañía de una pareja de la Guardia Civil, debido a la presencia de lobos y maleantes en los montes. Con el fin de brindar ayuda en la Casa Rectoral, su tía Dominga y sus hermanas María y Jesusa se irían a vivir con él, estas últimas hasta que se casan. En el año 1948, don Felisindo relataba así su experiencia en estos lugares:

He vivido durante varios años en uno de sus pueblos [de la Comarca de Queixa]. Mis convecinos de antaño saben, cuanto los aprecio y que siempre he defendido los fueros de sus tierras… Entre las cosas que más han llamado allí mi atención está la corta distancia existente entre Abeleda –ribera de clima benigno y apacible- y Fitoiro –sierra de clima duro y frío, poca distancia en verdad para tanta diferencia de clima; el país, rico y abundante; la gente, buena y sencilla; los pueblos muy separados unos de otros, los lobos en bosques y caminos, las leyendas de la ola en el río, bajo los añosos robles del pastizal de las Fontes, en el diestro de Rabal; de la “pena” de Santa Engracia en Acebedo; de la fuente del Tesoro entre Acebedo y Casteloais; las altas planuras de Cabeza de Manzaneda; la Pena da Cruz, en la sierra del Burgo de lejanos horizontes” (El Pueblo Gallego, 27 de julio de 1948).

En el año 1956 don Felisindo es nombrado Párroco de San Pedro de Cudeiro, Parroquia perteneciente al Arciprestazgo de Ourense-Norte, situada a escasos kilómetros de la capital ourensana, y en la que llevaba ya ejerciendo interinamente desde hacía siete años. El diario La Región publicaba la noticia:

El domingo por la tarde se ha celebrado en el inmediato pueblo de Cudeiro el solemne acto de toma de posesión del párroco don Felisindo Grande Seara, distinguido colaborador de nuestro periódico y hombre de grandes virtudes sacerdotales a las que une una inteligencia y cultura poco comunes. Con este motivo toda la parroquia se unió en una impresionante manifestación del cariño que le profesan todos sus feligreses y que se granjeó en los siete años que lleva interinamente al frente de la feligresía. A las cinco de la tarde tuvo lugar el acto de toma de posesión. Asistió en representación del señor Obispo, el párroco de Las Caldas don Jesús Pousa que dio lectura al nombramiento expedido por su S.E. Rvdma. Inmediatamente después, y acompañado del mencionado señor Pousa y del notario del Obispado, don Antonio Novoa, hizo su entrada en el templo, después de abrir su puerta y tocar la campana, pasando al baptisterio y luego al confesionario para ir después al sagrario y tomar asiento en el presbiterio, como está prescrito. Seguidamente subió al púlpito desde donde pronunció unas palabras llenas de emoción, dando las gracias por el amor que el pueblo le demostraba. Gracias a Dios que le había llamado al camino sacerdotal, a sus padres que lo habían guiado, al señor Obispo que le nombró para este cargo, al pueblo de Cudeiro por haberle aceptado con tal júbilo. Seguidamente subió al púlpito don Jesús Pousa, quien pronunció una alocución resaltando la importancia del acto que se celebraba y expresado su satisfacción por el mismo. Exhortó a los feligreses de don Felisindo a seguir como hasta ahora, seguro de que así la parroquia seguirá floreciendo en virtud. A continuación se entonó un Te Deum. Además de la totalidad de sus feligreses se sumaron al jubiloso acto de toma de posesión de don Felisindo Grande Seara numerosos amigos suyos entre los que figuraba una representación de esta casa. A él y a la parroquia de Cudeiro nuestra enhorabuena” (La Región, 27 de noviembre de 1956).

En ese tiempo don Felisindo compagina la gestión de esta Parroquia con la de Vilar das Tres, en este mismo Arciprestazgo. En esta ocasión será nuevamente acompañado por su tía Dominga, quien le ayuda en todo lo que puede en la Casa Rectoral de Cudeiro. En 1954, don Felisindo se refería de esta forma a Vilar:

“Vilar está a unos kilómetros de Orense. Visto desde la ciudad, ofrece, con su iglesia, cipreses y nogales un aspecto pintoresco. Aunque por el sur, este y poniente, su paisaje es adusto, por estar constituido por los montes de Canedo, se asienta en una dilatada llanura, en la cual, según dicen, es posible que, andando el tiempo llegue a instalarse el futuro aeródromo de Orense. El nombre de Vilar, como el de casi todos estos pueblos, Velle, Cudeiro, Las Caldas, podemos suponerlo romano… Hoy Vilar tiene carretera, y como podéis suponer, por su cercanía a la ciudad y su altitud, es un buen lugar para veraneo… Las tres parroquias más próximas tienen sendas iglesias románicas… La iglesia de Cudeiro es románica de transición, aunque ha sido muy reformada… Era obispo de Orense don José de la Cuesta y Maroto, quien comprobada con sus propios ojos la distancia entre estos pueblos y Beiro, y a solicitud de los vecinos de Vilar, decretó la erección de la nueva iglesia, apartando él mismo para los primeros gastos dos mil reales; dio este decreto el 29 de mayo de 1868. La piedra para el nuevo templo salió del monte Romiña. Datos curiosos: de estos montes de Vilar salió toda la piedra que se empleó en la construcción del Hospital Provincial y salieron también las altas columnas de la Casa de los Olmedos; las tales columnas bajaron por estas pendientes en carros de bueyes, cosa que no debió ser nada fácil. La piedra de esta zona tiene la calidad de ser más blanda que la célebre de Rante” (La Región, 6 de agosto de 1954).

En Cudeiro, don Felisindo vivió durante 30 años volcado en la actividad parroquial y en sus feligreses. Las puertas de la Casa Rectoral estaban siempre abiertas a todos aquellos que acudían buscando consuelo, tanto para su alma como para su cuerpo, en ocasiones, un simple plato de comida. Escuchaba y atendía a todo el mundo, sin importarle su ideología ni su nivel social. Con frecuencia se saltaba las ortodoxas normas de la Iglesia de la época con el único objetivo de ayudar y aliviar a personas que “se veían cargadas” de pecados y, sobre todo, de hambre. Eran tiempos extremadamente duros.

Su forma de ejercer el apostolado y su humanidad queda perfectamente reflejada en comportamientos e historias que caracterizaron su vida pastoral. Veamos dos ejemplos. En esos años, para la formalización de muchos contratos laborales se exigía un certificado de buena conducta religiosa que emitían los párrocos, en el que se certificaba la asistencia a misa y el descanso dominical. Don Felisindo, sabiendo que algunos de sus parroquianos no podían asistir a la misa del domingo porque era el único día de la semana en el que podían realizar ciertos trabajos agrícolas, o de otra índole, les proporcionaba sin mayor problema los documentos con el fin de que pudiesen vivir dignamente. En Cuaresma, era habitual que hubiese jornaleros trabajando en la Casa Rectoral o en la huerta, entre ellos vecinos de Parderrubias, que contrataba para determinadas tareas (e.g., poda, vendimia, etc.). A la hora de la comida les sorprendía con un buen plato de carne y ellos atónitos le recordaban que no se podía comer carne en esos días. Don Felisindo les contestaba que “para trabajar hay que estar bien alimentados, por lo que hoy estáis perdonados”. Les daba la bendición, comían y seguían trabajando. Su actitud y forma de afrontar algunos problemas y dificultades de sus feligreses le costó más de una reprimenda del Obispado.

En la Parroquia de Cudeiro tenía, y sigue teniendo, mucho arraigo la festividad de la Virgen de As Candelas, que se celebra el 2 de febrero. Ese día acudían gentes de los pueblos cercanos a participar y a divertirse en la fiesta. En esa fecha don Felisindo reunía en la Casa Parroquial, alrededor de una buena mesa con excelentes manjares, a todos los curas de las parroquias vecinas, a personas relevantes del pueblo y a intelectuales de la época. Allí se hablaba de lo divino y de lo humano, de política, de cultura, de la sociedad, de la actualidad, etc., etc., alargándose la sobremesa hasta bien avanzada la tarde. No eran ningún secreto sus gustos gastronómicos.

El literato

Don Felisindo era un hombre inteligente, muy culto y estudiado. Era un erudito, con un sentido del humor muy particular. Comprometido con la sociedad. Se definía como galleguista convencido, sin llegar a ser nacionalista (la mayoría de sus poemas están escritos en gallego). Fue una persona influyente de la época. En la Casa Parroquial poseía una de las mejores bibliotecas privadas de su tiempo, y en ella pasaba horas y horas entre libros, leyendo y escribiendo. Para don Felisindo un libro era “…un instrumento de trabajo… un maestro… un consejero… un manantial de aguas puras y cristalinas” (F. Seara Grande, La Región, 19 de mayo de 1950).

Su enorme atracción por el cultivo intelectual a costa de un escaso interés por asuntos materiales queda patente en un suceso que le ocurrió con su coche. Para poder atender a las Parroquias de manera eficiente, e impartir misa cuando era menester en la Capilla del barrio de Covadonga, se compró un Seat 600, con el que se mostraba encantado. Un buen día, ya transcurrido un cierto tiempo desde su adquisición, de repente se le para el motor y con gran preocupación acude a un taller para solucionar el problema mecánico. El diagnóstico fue contundente: el motor se había quemado porque nunca le había cambiado el aceite.

Siendo adolescente, con tan solo 16 años, comienza a publicar sus primeros trabajos literarios en la revista Vida Gallega, editada en Vigo, firmando con el pseudónimo “F. Paredes Rubias”. Esto hace que muchos lectores no identifiquen acertadamente la autoría de sus poemas. Así, por ejemplo, en la voluminosa obra “Poesía de Galicia. Poemas á nai”, su compilador López Fernández (1999) incluye sus poemas en el apartado de autores sin identificar, sospechando que se trata del cura de alguna de las dos Parroquias gallegas que llevan el nombre de Parderrubias, decantándose por la de Pontevedra, puesto que sus poemas habían sido publicados en la revista viguesa, aseveración, obviamente, errónea.

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Portada Vida Gallega año 1934

El 10 de agosto de 1934, en la sección Página Poética de Vida Gallega ven la luz sus primeras estrofas: el poema “Ledicias de Mocedá”, un canto a la alegría con motivo de la fiesta de As Pías:

Ouvense ledas as notas
dun garimoso cantar,
namentres as mozas bailan
cas carcaños, po-lo ar.
¡E qué mozas mais garridas!

Un mes después, el 20 de septiembre, publica “Anoitecer de Morriña”, poema en el que vuelca por primera vez la tristeza, la saudade y la desolación por la madre ausente:

Os vislumes da tardiña
con melancónica cor, fan chorar a miña i-alma,
¡qué triste desolación!
Pregando sobor das lousas
que cobexan meus abós,
que-m’a naiciña cobexan,
miña nay do curazón”.

Será, sin embargo, en el poema “Naiciña” publicado el 20 de diciembre de 1934, también en Vida Gallega, en donde la emoción transformada en versos transmite de manera translucida esa añoranza y esa tristeza por no poder volver a verla:

 “¿Volverán aqués labios flamexeiros
que, ó pousa-los seus beixos melosiños,
dondecían meus nervios cativiños
trembando cal se foran milagreiros?
Non volverán -dime a triste memoria
que en min despertou o fogo e a paixón-,
porque hai tempo que xa rubiu á gloria
a  muller que me arrouba na oración,
a  mais nobre que ten a miña historia,
a naiciña, nanai do corazón”.

Con “Balada do Cemiterio”, publicada el 18 de junio de 1936 en el diario La Región y el 23 de junio en el diario El Compostelano, el poeta llora y reza a su madre a los pies de su sepultura:

Ó contemplar, pola tarde,
tan soios os panteóns,
sinto saudade na alma
e angustia no corazón;
e co rego dos meus ollos,
enloitados pola dor,
medran as flores na terra
onde dormen meus avós,
onde dorme feita cinsa
cal rosiña que secou,
aquel anxo que eu adoro:
miña nai do corazón.

¡Hoxe rezo eu por ti
entre breixas de dolor!
¡Por ti eu deixo un bagoa
nas lousas dos panteons!

En sus poemas, como no podía ser de otra manera, también encontramos guiños y referencias a Parderrubias. En “Atardecer”, poema publicado el 10 de febrero de 1935 en Vida Gallega, convierte en versos los recuerdos que, siendo ya mayor, tiene de una tarde de otoño en Parderrubias:

Y-acordeime d’unha tarde,
¡veigame Dios a lembranza!
en que contigo bailei
ond’ós palleiros da Aira
no medio do mullerio
que d’envexa nos ollaba,
pois éras a mais feituca,
entr-as garridas rapazas,
y-eu er’ó  millor mociño
c-había no foliada”.

Será en “Caminito de mi Aldea”, poema publicado en castellano el 20 de julio de 1935 en Vida Gallega, en donde don Felisindo fotografía aquel Parderrubias de los años treinta:

Parco perdido en la bruma,
vislumbro lejos mi aldea
la tarde muere. Gimiendo
se oye lejana carreta,
con la canción del boyero
que va escalando la sierra.
El zagal en la llanura,
pastorea sus ovejas…,
ellas pacen…, corren…, balan…
se revuelcan por la hierba.
Yo voy siguiendo mi ruta,
caminito de mi aldea;
la de las RUBIAS casitas,
la de encantadas robledas,
la de negruzcos pinares,
la de magníficas vegas,
la de alquería y trofín,
la de verbenas y fiestas,
la de ancianos chocarreiros,
la de rapazas morenas…
Son las nueve. Yo adelante
caminito de mi aldea.
Me asombra la lontananza,
resbalando en la vereda,
que trepa por las montañas
de encantadas arboledas.
Yo voy siguiendo mi ruta.
caminito de mi aldea.
¡Qué soledad tan amable…!
¡Qué montañas tan desiertas…!
¡Se oye lejana canción…
se oye lejana carreta…
se oyen lejanas campanas
-campanita- de mi aldea!

Aunque con anterioridad al año 1948 ya encontramos alguna incursión periodística, será a partir de este año cuando don Felisindo comience a colaborar de manera asidua con periódicos como La Región o El Pueblo Gallego, en los que nos encontramos numerosos artículos que llevan su firma, en donde aborda los más diversos temas. En el diario ourensano La Región, entre 1949 y 1956, llegamos a contabilizar medio centenar de artículos bajo su firma. En el rotativo vigués El Pueblo Gallego, en su sección Diario de Orense, publica varios artículos, en algunos de los cuales centra su interés en tradiciones religiosas. Esas publicaciones nos permiten conocer de buena pluma como se vivían esos ritos litúrgicos a finales de la década de los cuarenta. Seleccionamos dos de esos artículos, por la gran relevancia social que hoy tienen las tradiciones religiosas que abordan, debido a la gran afluencia de peregrinos: el año jubilar compostelano y la romería de la Virgen de los Milagros.

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Portada El Pueblo Gallego del 1 de febrero de 1948

El 15 de junio de 1948 bajo el título “A los peregrinos de Orense” publica, coincidiendo con el año jubilar, una apasionada descripción de la ciudad de Compostela y de la peregrinaciones a ella:

Ya se acerca el gran día de la peregrinación a Santiago de Compostela. Orense, como las demás provincias de España, irá a ganar el jubileo del Año Santo. Irá a vivir unas horas de entusiasmo, de entusiasmo santo, de fe y de amor, ante el sepulcro del Apóstol y la grandeza compostelana ¡Santiago de Compostela! La vieja ciudad de viejas rúas en su estado antiguo; de jardines que parecen tener un deje de nuestro románico sin igual en el mundo. Jardines sin gran profusión de flores, de añosos árboles, de pensativas estatuas, propio todo ello para hablar al alma igual que el arte y el paisaje de los montes de nombres sagrados; de iglesias y monasterios como mansas ovejas alrededor del pastor; de edificios civiles como la Universidad, el  palacio de Rajoy y tantos otros, y presidiendo el conjunto, la Basílica, de las más célebres del mundo. Jerusalén, Roma, Compostela, el milagro en piedra de la Edad Media, ante la plaza compostelana circundada de los cuatro edificios que significan la Religión, la Caridad, la Justicia y la Enseñanza, todo, fruto de la Religión. ¡La Catedral de Santiago! El Santo Sepulcro y el Apóstol en espera de nuestro abrazo, y la columna de mármol y el pórtico de la gloria… Bajo aquellas bóvedas y ante aquellos altares se postraron de rodillas, como dijo Murguía, emperadores, reyes, príncipes, duques, Papas, obispos, guerreros, trovadores, mujeres y hasta niños… venidos desde los más remotos confines de Europa. Allí van a dar los caminos jacobeos que cruzan nuestra patria, caminos por dónde venían extranjeros al canto de Ultreya, por donde retornaban a sus lejanos lares, adornados los vestidos de vieiras, conchas viajeras. Allí estuvieron San Francisco de Asís, Santa Isabel de Portugal, San Luis, San Franco de Sena, San Vicente Ferrer…, que como dijo Otero Pedrayo “pasaron por la historia de Santiago en alborada de alondras y campanas”. Y se acerca el gran día de nuestra peregrinación a Santiago de Compostela. ¡Ultreia, Deus adjuvanos! (F. Paredes Rubias, El Pueblo Gallego, 15 de junio de 1948).

El 13 de septiembre de 1949 publica un artículo en el que nos regala una fiel descripción de cómo se vivía la Romería de Nuestra Señora de los Milagros:

Escribo estas líneas en plena mañana del ocho de septiembre, fiesta principal del Santuario. En la cima del Medo, trono de nuestra Reina. Después de andar los caminos, que arrancan del templo como arterias de vida sobrenatural. En el instante preciso en que da comienzo, en el balcón de la fachada, la misa solemne, la misa grande, el espectáculo más bello del mundo católico. El gran atrio, el mayor de Galicia, y la explanada se hallan llenos de fieles. Multitud inmensa. Diez mil almas. ¿De cuántos pueblos, de qué lejanas comarcas, habrá venido tanta cristiandad? Imposible averiguarlo. Con decir que hay personas de La Coruña y de Vigo, y que, según he oído, hubo el domingo pasado día 4, un millar de coches, creo es decir lo bastante. En la mesa en donde escribo, hay el conocido opúsculo de nuestro malogrado paisano P. Benito Paradela Nóvoa. En él espigo estos hechos. En el año 1852 fue curada maravillosamente por la Virgen, doña Ildefonsa Gutiérrez, de Cacabelos, en el Bierzo; en 1816, don Ramón Pérez de Tejada, en la ciudad de Orense; en 1761, un niño de Rouzós, Amoeiro; en 1792, don Manuel Marcelo Gayón, del Pazo, del Campo de Trasalva, etc. Hállense pues aquí, no solo los hijos de la comarca, de las 25 parroquias con sus 125 pueblecillos que rodean al Medo, sino también gentes de los lugares más distantes de Galicia, y aun de Zamora y Portugal. Empieza el canon de la misa: ese momento siempre nuevo para el pueblo cristiano que asiste a la renovación del sacrosanto drama del Gólgota… Está próxima a su terminación la misa solemne. Salen las insignias, pendones y estandartes para la magna procesión. En el fino raso de seda de un estandarte, leo con emoción estas palabras en letras de oro: “Orense a la Virgen de los Milagros, como tributo de su devoción”. Niñas vestidas de blanco, símbolo del candor y la pureza. Un pueblo, vibrante de entusiasmo, cantando la Salve Regina, la secuencia más bella de los siglos, brotada como un milagro en el X compostelano, aquel siglo desventurado, un poco semejante al nuestro. Ya viene la Virgen, hermosa como la aurora cuando se levanta más resplandeciente que el sol en pleno día en frase del Cantar de los Cantares… Al regreso de la procesión, en el templo, el Rvdo. P. Domeño, Paúl, de la Residencia de Ávila pronuncia breve y elocuente oración sagrada. En su canto a la Virgen, las notas místicas del Santuario ermita primitiva, pastores del Medo, fieles que levantaron el templo, etc. producen gran emoción en los oyentes. La multitud en pie por falta de espacio para poder arrodillarse, recibe la bendición papal. …Las multitudes cunden casi lo mismo que hoy, en los anteriores días de la novena. Reina sí onda alegría, y no falta tampoco el gaitero de afición que, desde el coche o el campo de la fiesta, bajo los añosos robles, desgrama, al aire de la montaña, la típica muiñeira. Las gentes retornan a los lares, llenas de satisfacción y fuertes con la gracia para las batallas del Señor. Oigo a lo lejos una canción, digna de hacerse popular en las tristes circunstancias por que atraviesa nuestro campo, en este mes, en el de las vendimias: A Ti te pedimos con fe y devoción la lluvia del cielo, oh Madre de Dios…” (F. Grande Seara, El Pueblo Gallego, 13 de septiembre de 1949).

Su devoción a la Virgen también se ve reflejada en varios poemas publicados en La Región: Nos Remedios (1935), A Santiña do Cristal (1935) -incluido posteriormente por Fraguas (2004) en su obra “Romerías y Santuarios de Galicia”- y A la imagen de Nuestra Señora de Fátima (1952).

“¡Sobor das tellas da ermida,
hay duas pombas pousadas…
¡Baixan as augas do Mino,
respetosas e caladas…!
Acurrunchadas na aurela,
dos verdes agros das Caldas,
gardan contentes o gandos
duas fermosas rapazas,
escoitando, ó son do vento,
as doces notas da gaita;
é gu’hay festa nos Remedios…”.

(F. Paredes Rubias, Nos Remedios, La Región, 8 de septiembre de 1935)

No pobo de Vilanova,
nobre e distinto lugar,
nome de sonada vila
en non lonxanas edás,
apenas se encobr’a tarde,
péchans-as portas do lar,
y-a xente vaise, piadosa,
car’a ermida do Cristal...”.

(F. Paredes Rubias, A Santiña do Cristal, La Región, 14 de septiembre de 1935).

Se han prendido en su manto los albores
De una aurora infinita de blancura
Y, en su rostro, el hechizo de las flores
Y un misterio infinito de dulzura…”

(F. Grande Seara, A la imagen de Nuestra Señora de Fátima, 13 de mayo de 1952).

En los numerosos artículos publicados en La Región, don Felisindo aborda gran diversidad de temáticas de tipo religioso, social, político, moral, literario, cultural o turístico (e.g., su viaje en tren a Barcelona para asistir al XXXV Congreso Eucarístico Internacional celebrado en el año 1952), tanto de carácter local, como nacional e internacional. Así, por ejemplo, destacamos sus reflexiones sobre acontecimientos ocurridos en Ourense en esa época, como es el caso del fallecimiento del obispo Francisco Blanco Nájera en 1952:

Su nombre excelso será recogido por la historia patria, y la ilustre diócesis de Orense anota con amor el nombre de él al lado de los Mariños, Fonsecas, Blancos, Quevedos y Cerviños. Ningún lugar más apropiado para recoger sus gloriosas cenizas que la iglesia del nuevo Seminario” (F. Grande Seara, La Región, 17 de enero de 1952).

“…este gran Seminario de hoy, la obra de Allariz, los colegios de las Cooperadoras, la creación de nuevas parroquias y escuelas, la modernísima reglamentación de las casas rectorales, la reorganización del Fomento de Vocaciones, etc., etc., todo eso se ha hecho en el brevísimo correr de unos años” (F. Grande Seara, La Región, 18 de enero de 1952).

Tres años antes, en 1949, escribía sobre la figura del ourensano Fernando Quiroga Palacios, coincidiendo con su nombramiento como Arzobispo de Santiago de Compostela, por “el cariño y la admiración hacia el gran sacerdote, profesor de mi Seminario durante casi todos los años de mi carrera sacerdotal”:

“…D. Fernando Quiroga Palacios es el llamado por la Providencia para que sea continuador de la historia de esa gran ciudad: el llamado a continuar la mejora del centro religioso, cultural y artístico de Galicia… Orense no puede menos de sentir el gozo y la alegría de una madre, al ver triunfar de ese modo a un hijo tan querido. Se aproxima el momento de expresar nuestro entusiasmo por D. Fernando; por el profesor sabio, ameno y siempre comprensivo para las deficiencias de sus discípulos, por el  párroco, catequista y director de tantas almas. Hombre hondamente popular: Dios le había dado admirables dones sobrenaturales y naturales, y él con toda humildad y caridad los ponía siempre al servicio de Dios. La dirección espiritual y la Cátedras de Teología, Filosofía, Lenguas y Literatura del Seminario de San Fernando de Orense guardarán para siempre gratos recuerdos del maestro” (F. Grande Seara, La Región, 20 de noviembre de 1949).

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Portada de La Región del 8 de septiembre de 1935

En un artículo de septiembre de 1952, bajo el titular “Un día grande para Orense”, coincidiendo con la visita de Franco a la capital para inaugurar la nueva Estación, don Felisindo reflexionaba sobre el desarrollo económico ourensano:

Desde la carretera de Santiago, miro un instante la gran estación que va a inaugurarse hoy. Tengo a la derecha los grandes talleres de Peliquín, y a la izquierda la gran estación. Entre esta carretera y la de Vigo, en una explanada de varios kilómetros extiéndense las obras de una de las estaciones mejores de España. Aún más allá de la carretera de Vigo, fuera del recinto amurallado, se alzan elegantes pabellones, habitados ya por obreros de la RENFE. Sigue después el edificio principal; en el laberinto de líneas férreas, aparecen las cuarenta y seis vías, de estas, veintiuna para los distintos servicios de viaje y mercancías, y las restantes para el depósito de sesenta locomotoras; las instalaciones de agua, suficientes para un gasto diario de dos millones de litros; las ochenta y dos agujas de cambio, en fin la gran estación que todos conocemos y admiramos… Frente a nosotros se alzan las hermosas torres de un nuevo seminario; a nuestra derecha se tiende majestuoso un viaducto y a poca distancia tenemos los saltos de Las Conchas, Los Peares, Ribas del Sil, Celeirós, etc… Con este día comienza una nueva etapa económica para nuestra ciudad. Ahora es conveniente que en las llanuras que rodean a la nueva estación sigan apareciendo nuevas fábricas. Conviene que surjan iniciativas de empresas y particulares para dar a nuestra urbe el puesto comercial que le corresponde. He aquí un día grande para Orense” (F. Grande Seara, La Región, 23 de septiembre de 1952).

La obra literaria más conocida de don Felisindo, traspasando las fronteras locales, es la novela “Don Proleterio y Valdomino” publicada en el año 1961 por la editorial local ourensana La Editora Comercial. Todavía hoy, casi sesenta años después, se puede adquirir en varías librerías online. La novela tiene una clara inspiración en la obra “Don Camilo”, del escritor italiano Giovanni Guareschi, coétaneo de don Felisindo. Don Camilo es un cura de pueblo que, durante la posguerra italiana, vive continuos enfrentamientos ideológicos con el alcalde comunista Pepón, de los cuales obviamente sale siempre ganador. Estos personajes serán sustituidos por Don Proleterio, marxista sin oficio ni beneficio entregado a la edición de la revista Amapolas de ideología comunista, y Valdomino, joven estudiante universitario de Filosofía y Letras, formado en colegios religiosos, con gran proyección y que se ve en la necesidad de trabajar para Don Proleterio, colaborando en las tareas editoriales de su órgano propagandístico subversivo. De dos posiciones filosóficas diametralmente opuestas no se puede esperar más que continuas discusiones y enfrentamientos ideológicos.

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Portada de Don Proleterio y Valdomino

En síntesis, la novela constituye un alegato contra las desgracias y malevolencias del comunismo. El propio autor comienza afirmando:

“…me he propuesto por objeto material escribir una novela, y por objeto formal, una refutación del marxismo. No habré sido inoportuno, cuando tanto se habla del gran error y tantos pueblos han caído ya o están en peligro de caer bajo el dominio de los que comienzan por negar la existencia de Dios” (Grande Seara, 1961, p. 7).

Y finaliza justificando su publicación:

“…para que el mundo pueda reflexionar sobre lo peligrosas que son la propaganda y las organizaciones del marxismo, y sobre lo necesario que es instaurar y promover la vida cristiana” (Grande Seara, 1961, p. 374).

La novela toma como hilo argumental las actividades subversivas de don Proleterio en el pueblo ficticio de Cuesta Hermosa, quien:

“…llegó a verse en la vanguardia de los intelectuales marxistas por no haber dejado a tiempo la senda que había emprendido en un momento de irreflexión… Cuando era estudiante de ética, pues estudiante había sido y de estudiante no había pasado, comenzó a defender los errores del marxismo… Esta actitud de don Proleterio era más bien efecto de la ignorancia… No le faltaron consejos; mas no quiso abandonar sus teorías, y las defendió tanto que en la Universidad donde estudiaba le tuvieron por loco…” (Grande Seara, 1961, p. 13).

Tuvo que llegar don Proleterio al final de su vida para tomar conciencia de lo errado que estaba y retractarse públicamente, aunque ello no impidiese el triunfo de la revolución marxista, pues la ideología difundida a través de Amapolas había calado en la sociedad. Dejamos al lector, adentrándose en la lectura de la novela, que descubra por sí mismo las consecuencias de la revolución comunista y cómo esta cambia la vida de Valdomino.

Este posicionamiento antimarxista estuvo presente en varios de los artículos publicados en La Región. Así, por el XIV aniversario del asesinato de José Calvo Sotelo, don Felisindo escribía:

El marxismo internacional, en una de sus revoluciones mejor preparadas, intentó hacerse dueño de la Península Ibérica. Por la providencia de Dios no le fue posible. Desde entonces no ha cesado ni un instante en su ofensiva bárbara, cruel y frenética contra distintos pueblos… Y si alguien no estuviese conforme podríamos acudir a las pruebas, y serían argumentos contundentes, entre otros, los acontecimientos históricos de estos últimos años en Polonia, Estonia, Letonia, Lituania,…” (F. Grande Seara, La Región, 13 de julio de 1950).

Ese mismo año, en el artículo “La gran ingenuidad de los occidentales”, reflexionaba sobre la situación que se estaba viviendo en Corea:

“…No, lo acaecido en Corea no debe sorprender a nadie. Lo que si debiera sorprender a todo hombre de razón es la ingenuidad, la candidez de los antimarxistas aliados. Estos, cual si fueran hombres completamente vulgares, han seguido un sistema en sus actuaciones digno de burla, de mofa, de sarcasmo, si no se tratase de una cuestión decisiva para la humanidad. Solo España, claro ejemplo para las demás naciones, en esta hora crucial del mundo, ha sabido abstenerse de esa camaradería, indigna, del occidente –no sé si en decadencia como dijo Speagler- con el oriente” (F. Seara Grande, La Región, 20 de julio de 1950).

En el año 1956, don Felisindo afirmaba que “…desde su aparición en el mundo, el comunismo, al principio como sistema de doctrina y, desde hace años, como realidad política, viene siendo agresivo para todos: agresivo para con el cielo, pues predica y defiende el ateísmo; agresivo para con los habitantes de una misma nación, toda vez que intenta la destrucción de todo para poder levantar un nuevo Estado, una dictadura sin precedentes; agresivo para con los pueblos no comunistas, pues nunca ha dejado de ser un sistema de proselitismo internacional” (La Región, 1 de febrero de 1956). Ese mismo año, escribiendo sobre la libertad de expresión señalaba que “el comunismo, como el príncipe de las tinieblas, gusta de presentarse en dos formas distintas; hasta no hace mucho era el tigre que, amenazando a toda Europa y aun a todo el orbe, rugía desde la estepa; ahora es la serpiente que quiere lograr sus objetivos mediante sonrisas y ofertas imposibles… Ningún sistema político persigue tanto la libertad la expresión como la persigue el comunismo… el comunismo persigue, sin reparar en medios, a quienes se manifiestan en contra la dictadura comunista” (F. Grande Seara, La Región, 16 de febrero de 1956).

Conclusiones

Descritas las tres dimensiones que hemos abordado de don Felisindo (persona, cura y literato) pensamos que las tres, en su conjunto, le hacen merecedor de ser considerado Vecino Ilustre de Parderrubias. Su dilatada labor pastoral y periodístico-literaria ha tenido siempre presente el nombre de nuestra Parroquia allí en donde la desarrolló. Hoy podemos encontrarnos con un buen número de documentos escritos que dan buena fe de ello; descubrir en ellos el nombre de Felisindo Grande Seara, o de F. Paredes Rubias, llena de satisfacción a todo aquel que se interesa por conocer la historia de Parderrubias.

¡Divina misión la de hacer que los hombres y los pueblos sean mejores! He aquí la cuestión del mundo”.

(Felisindo Grande Seara, 8 de octubre de 1955).


Referencias

Fraguas, A. (2004). Romerías y santuarios de Galicia. Vigo: Editorial Galaxia.

Grande Seara, F. (1961). Don Proleterio y Valdomino. Orense: La Editora Comercial.

López Fernández, X. (1999). Poesía de Galicia. Poemas á nai. Santiago de Compostela: Difux, S. L.

E42. DON JOSÉ RODRÍGUEZ PORTELA, “O CÓ” (1895-1972). Por Juan Carlos Sierra Freire y José Luis Fernández Seara

E42. DON JOSÉ RODRÍGUEZ PORTELA, “O CÓ” (1895-1972). Por Juan Carlos Sierra Freire y José Luis Fernández Seara

Ha sido el Maestro artífice de la transición de los niños de la Guerra y la Posguerra a los éxitos de los escolares de las siguientes décadas”

 

La persona

Don José Rodríguez Portela fue el maestro de los niños de Parderrubias durante una de las épocas más duras y complicadas del siglo XX, marcada por las necesidades y las carencias: la Guerra Civil (véase Parderrubias: sus “Niños de la Guerra”) y la Posguerra (véase Aquel Parderrubias de la Posguerra).

Nace en el año 1895 en la Parroquia de San Pedro de Solbeira da Limia, perteneciente al actual Concello de Xinzo da Limia. En su pueblo era conocido como “Os Coiros” y ya siendo Maestro de Parderrubias como “O Có”, apodo derivado posiblemente del diminutivo “codelo/a” (término en gallego que significa trozo de pan pequeño con corteza), que solía llevar habitualmente en el bolsillo delantero de la chaqueta o, lo más probable, debido al uso frecuente que hacía de la muletilla “có”.

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Casa natal de Solbeira

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Iglesia Parroquial de Solbeira

Don José estudia en la Escola Vella de su pueblo natal hasta los 16 años. Posteriormente, inicia los estudios de Magisterio en la Escuela Normal de Maestros de Ourense, a donde se traslada caminando todas las semanas desde Solbeira, regresando los viernes a su casa de la misma manera.

Termina sus estudios “bajo la dirección del culto y digno profesorado” (La Zarpa, 26 de mayo de 1922) de dicha Escuela en el año 1922. En 1927 es nombrado Maestro Interino en Villarino (Sandiás). Tuvo dificultades para aprobar la oposición, no por falta de valía académica, sino más bien por su ideología no afín a la República y por la despreocupación en su cuidado personal. Así, en el año 1931 solo supera uno de los dos ejercicios de la oposición celebrada en Madrid y vuelve a ser nombrado interino, en esta ocasión, temporalmente, en San Pedro de Laroá (Xinzo de Limia); en el año anterior había ejercido en Chamusiños (Trasmirás). Con el fin de corregir estos sesgos injustos en las oposiciones, se implantó un sistema de examen anónimo que permitió a Don José sacar la oposición sin mayor dificultad.

En el año 1932 ejerce ya de Maestro de la Escuela de Niños de Parderrubias:

Sección Administrativa de Primera Enseñanza de la provincia de Orense-Diligencia: Se hace constar por la presente que el Maestro de la Escuela Nacional de Parderrubias en el Ayuntamiento de La Merca Don José Rodríguez Portela número 903 de la segunda lista de Opositores de 1928, ha cumplido con las pruebas reglamentarias a que estaba sometido y según consta en certificación expedida por la Comisión Visitadora con fecha 30 de septiembre de mil nove cientos treinta y dos el mentado Maestro ha demostrado su suficiencia pedagógica y cultural en las enseñanzas de las materias que abarca el plan de estudios de las escuelas primarias, por lo que procede sea alta en el Escalafón del Magisterio“.

Una década después, en el año 1942, es confirmado como Maestro de la  Escuela de Niños de Parderrubias (La Región, 16 de enero de 1942). Permanecerá en Parderrubias hasta el año 1955 (véase Nuestra Escuela de Parderrubias), al ser relevado por Don José Martínez Sousa, pasando a ser titular de la Escuela de Piñor (Concello de Barbadás). Estuvo, por tanto, al frente de la Escuela de Parderrubias durante 23 años.

Junta Local de Primera Enseñanza del Ayuntamiento de La Merca. Certifico: Que en el día de la fecha, cesa en el cargo de Maestro Propietario de la Escuela Nacional de Parderrubias, Don José Rodríguez Portela, en virtud del concurso de traslado, por haber sido nombrado para Piñor en el Ayuntamiento de Barbadanes. Y para que conste extiendo la presente en La Merca a treinta y uno de agosto de mil novecientos cincuenta y cinco“.

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Recién llegado a Parderrubias, el Maestro “Có” reside en O Outeiro, en donde entabla buena amistad con el señor Eleuterio, y con la Señora Amalia y su hija Flora, alojándose en la casa de la Tía Merenciana, la cual vivía con su hijo que ejercía de médico en el pueblo vecino de A Venda-Soutopenedo. Con el tiempo esta casa sería adquirida por la Señora Pepa y el Señor Gumersindo; todavía hoy se puede observar su largo corredor. Con posterioridad, muda su residencia al lugar de A Manadela, en el pueblo de A Iglesia. Aquí se aloja en una casa más pequeña, construcción típica de Parderrubias, propiedad de la Señora Josefa Seara, a quien paga una pequeña renta. Esta casa tiene la peculiaridad de compartir las escaleras con la colindante, algo habitual en muchas de las edificaciones antiguas de nuestro pueblo. En la actualidad, esta casa pertenece a la familia de Gonzalo Outumuro y Consuelo Rodríguez. Aquí en A Iglesia era habitual verlo compartir el tiempo, y la mesa en ocasiones, con el Señor Francisco (O Carapucho).

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Casa de O Outeiro en la que residió inicialmente Don José Rodríguez Portela

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Casa de A Manadela (en A Iglesia)  en la que vivió Don José Rodríguez Portela

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Ventana de la casa de A Manadela (en A Iglesia) desde la que se divisa O Outeiro

Su medio de transporte habitual en Parderrubias era su bicicleta, una de las primeras que se dejaron ver por el pueblo. En ella se acercaba a Ourense, a su pueblo natal y, en ocasiones, a la propia escuela de O Trabazo. Se dice que los habituales pinchazos, consecuencia de las pésimas condiciones de los caminos de esa época, los solventaba atando un trapo a la llanta y sujetándolo con firmeza a los radios de la rueda.

Entre sus actividades preferidas destacaba la de recolectar setas en las fincas cercanas, para lo cual madrugaba. Las consideraba un manjar. En la época de las cerezas era habitual encontrarlo comiéndolas con un trozo de pan a la sombra de los cerezos que Os Escultores tenían enfrente de la casa. Fue también el primer vecino de Parderrubias en disponer de una máquina para picar la carne, herramienta tan útil en la época de las matanzas y que prestaba desinteresadamente a los vecinos que la necesitaban. El Maestro “O Có” en los duros inviernos de nuestro pueblo usaba habitualmente una capa. Se dice que era la misma que había vestido el día de su graduación como maestro.

A la edad de 65 años, después de ejercer como maestro más de cuarenta, se jubila, pasando sus años de retiro en el barrio ourensano de Mariñamansa. Ya, a una edad avanzada, a los 72 años, el 13 de septiembre de 1967 se casa en la iglesia de San Miguel de Soutopenedo con Dorinda Pascual Grande natural de Montelongo. Durante la larga etapa de noviazgo, Dorinda tomaba todos los domingos el coche de línea en As Campinas para visitar a Don José en Ourense. Cabe reseñar la anécdota de que el día de la boda se olvidaron las alianzas, teniendo que pedirlas prestadas para salir del paso. Fallece el 21 de marzo de 1972 a los 77 años de edad, siendo sepultado en el cementerio parroquial de San Miguel de Soutopenedo.

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Sepultura de Don José Rodríguez Portela

El Maestro

Fueron muchos, y prácticamente imposible de cuantificar, los alumnos que pasaron por  la escuela de Parderrubias con Don José Rodríguez Portela, “O Có”. Por citar algunos de ellos: Alfredo Fernández, Benigno Fernández, Fino Fernández, José Fernández, José Luis Fernández, Jaime Freire, José Germán Freire, Juan Freire, Bautista Garrido, Aurelio González, Alfonso Grande, Celso Grande, Claudino Grande, Delmiro Grande, Isidro Grande, Jaime Grande, José Grande, Manuel Grande, Modesto Grande, Serafín Grande, Sergio Grande, Manuel Gulín, José Iglesias, Antonio Lorenzo, José Lorenzo, Manuel Lorenzo, Manuel Lorenzo (hijo de Soledad), Nicanor Lorenzo, Celso Martínez, Adolfo Outumuro, Benito Outumuro, Isolino Outumuro, José Outumuro, Joaquín Pazos, Raúl Pazos, Fernando Pérez, Ramón Quintas, Eliseo Rodríguez, Manuel Rodríguez, Fernando Sampedro, José Seara, Valentín Seara, Avelino Sierra, Benigno Sierra, César Sierra, José Sierra, Manuel Sierra, Paulino Sierra, Serafín Sierra, Benito Suárez, Manuel Suárez, Adolfo Sueiro, etc.

[NOTA: si algún lector fue alumno o conoce a alumnos de Don José Rodríguez Portela en Parderrubias, puede contactar con los autores del artículo con el fin de incluir sus nombres en esta lista].

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Escuela de Parderrubias

Sus ex-alumnos, desde la perspectiva que da el paso del tiempo, describen al Maestro “Có” como un hombre sencillo, muy buena persona (un bonachón), afable, muy inteligente, pero con escasa autoridad para imponer la disciplina en el aula. A ello se unía su despreocupación por el cuidado personal. Una de las consecuencias de esa falta de autoridad entre su alumnado, debida en gran parte a su carácter de bonachón, es que en ocasiones era objeto de abusos y mofas por parte de sus propios pupilos, incluso de estudiantes de Magisterio que venían hacer sus prácticas a la Escuela de Parderrubias. El caso de los caramelos laxantes ofrecidos por estos aprendices de maestro constituye un buen ejemplo de ello.

Su método de enseñanza era integral, ameno, pero a su vez desorganizado y falto de disciplina. A pesar de ello, fue el impulsor del desarrollo personal de varias generaciones y, entre otras virtudes, supo transmitir el respeto hacia los mayores. Fue capaz de incentivar el interés  por la lectura, los números y  los conocimientos sobre el universo. Su mayor obsesión era la caligrafía: que sus pupilos escribiesen bien. Todos sus alumnos procedían del campo, hijos de labradores, muchos de los cuales mostraban mayor interés por el “sacho” y el arado que por los libros. Pero a pesar de todo ello, consiguió alfabetizar a todos y supo despertar las capacidades de algunos, que con el paso del tiempo llegaron a docentes o curas. Por la noche enseñaba a leer y a escribir a personas mayores analfabetas, y capacitaba en dichas aptitudes a aspirantes a la Guardia Civil, que acudían a él desde pueblos cercanos.

Se le critica el hecho de que prestase más atención a aquellos escolares que mostraban mejores aptitudes y/o actitudes, manifestando menor interés por los menos motivados por formarse. Esta crítica debe entenderse en el contexto que le tocó vivir. Sin duda, eran tiempos muy difíciles, en los que en muchos de los casos, las necesidades básicas estaban por encima de la educación y la cultura. En ese contexto de la posguerra, la máxima de que “la letra con sangre entra” estaba asumida por docentes, alumnos y padres. En una ocasión, reprendiendo de forma enérgica y efusiva a uno de sus alumnos que no terminaba de integrar los conocimientos de ese día,  llegó a fracturarse un brazo al golpear la mesa por no acertar con el pupilo, pues éste se apartó mostrando unos excelentes reflejos. Previsiblemente, ese brazo maltrecho fuese “compuesto” por la Señora Luzdivina de O Alcouzo.

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Texto de El Primer Manuscrito

Las inspecciones a las que eran sometidos los maestros de la época, anualmente, recogen recomendaciones a Don José Rodríguez Portela con el fin de mejorar la calidad docente, Así, el informe firmado el 20 de enero de 1947 por la Inspectora indica expresamente:

Al profesor que dirige esta Escuela, Don José Rodríguez, se le recomienda la adquisición de libros de lectura que reúnan las condiciones pedagógicas a que se ha hecho mención, con el objeto de que posea instrumentos de enseñanza adecuados y con ayuda de los cuales pueda conseguir que los niños, a él confiados, lleguen a leer con inteligencia y corrección. No olvidará el Profesor que el comentario del texto leído, la explicación del significado de las palabras desconocidas a los escolares juntamente con lecturas modelo que ha de ofrecerles, serán los recursos a utilizar a aquel fin y en cuya utilización el factor constancia juega decisivo papel”.

En abril del siguiente año, en 1948, se elogiaban los avances del Maestro:

El Señor Portela se ha preocupado de poner en práctica las orientaciones dadas por la Inspección en la reunión pedagógica celebrada al efecto en los comienzos del presente curso escolar. En donde se aprecian los mayores éxitos del Sr. Portela es en su preocupación por ajustarse en su hacer escolar a las directrices señaladas en la enseñanza de la geografía nacional, materia en la que los escolares han demostrado poseer conocimientos correspondientes a su edad”.

Sin embargo, este mismo informe, una vez destacados los aspectos positivos, vuelve a recordar la necesidad de la adquisición de libros de texto:

Procede ahora que el Profesor amplíe el margen de sus actividades docentes dedicando sus afanes a procurar a sus alumnos una completa instrucción en cuya tarea ha de auxiliarle el uso discreto de libros de texto que deberá poseer la escuela por los medios sugeridos”.

E incide en la cuestión disciplinar:

La trascendencia de buenos hábitos disciplinarios aconseja se preste el mayor celo para su formación y desarrollo, por lo que el Sr. Portela no descuidará este aspecto de la educación infantil”.

La Inspección del 19 de octubre de 1949 hace recomendaciones muy concretas sobre hábitos que debían mejorar:

Después de comprobar el estado en que se haya la enseñanza en esta Escuela Nacional de Niños de Parderrubias y visto su marcha general se ha recomendado al Sr. Portela, que continúa siendo su maestro propietario, conceda una mayor importancia al trabajo personal de los escolares en relación con los temas que diariamente son objeto de sus explicaciones, ejercitando a los niños en la tarea de resumir lo estudiado con el Profesor, aplicar a casos concretos la doctrina expuesta, en hacer composiciones escritas, etc. Todos estos trabajos con la fecha correspondiente se conservarán en los cuadernos de clase. Parderrubias. 19-10-1949. La Inspectora”.

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Informe año 1949

En julio de 1950, el Informe de Inspección alude, entre otras cuestiones, a la disciplina escolar:

“…su labor se desenvuelve de una manera normal en cuanto a la marcha de las clases. Pero resulta menos eficaz la tarea si se mira al esfuerzo del profesor por llevarla a cabo debido, tal vez, a la benevolencia y tolerancia que suele tener con respecto a los trabajos de los escolares, cuya ejecución obedece en parte al capricho en los dibujos a falta de disciplina en la conducta escolar de los alumnos. Conviene vigilar estos trabajos y exigir pulcritud y esmero en su ejecución para que resulten educativos y al  propio tiempo den una idea más adecuada de la finalidad que con ellos se persiguen. También interesa hacer ejercicios frecuentes de cálculo mental con aplicación de las operaciones fundamentales de la aritmética a la resolución de sencillos problemas con  números enteros y decimales, y ejercicios de redacción sobre temas estudiados o lecturas comentadas en la escuela…”.

Años después, en 1954, el Inspector redacta el correspondiente informe anual en el que se deja entrever el estado en el que se encontraba la Escuela de Parderrubias en esos momentos:

“…el Sr. Maestro Don José Rodríguez Portela es sin duda bien intencionado, pero no tiene suficiente constancia ni da orden ni pleno sentido a las actividades escolares. Es urgente y fundamental que la escuela esté limpia y los libros y enseres ordenados, pulcros,… Es también urgente reponer libros y mapas. Hay insuficientes y en parte inadecuados. Hay que enseñar todas las materias del programa, sin excepción alguna. Conviene hacer práctica la enseñanza,… Que el maestro tenga en cuenta las normas dadas por la Inspección. Esta Escuela deberá salir del estado de evidente postración en el que se haya. El Sr. Rodríguez Portela se ha dejado ganar por la rutina y es preciso que deje entrar aires de renovación en sus actividades. Parderrubias, 12 de febrero de 1954. El Inspector”.

Juegos y anécdotas escolares

Entre los juegos escolares típicos de esa época, en los que participaba el propio maestro de forma activa con sus alumnos, destacaba “a cadea”. Se formaba una cadena humana que se desplazaba veloz para apresar a alguien. El que rompía la cadena tenía que echar a correr, pues el resto de participantes acabarían aporreándole y golpeándole por su torpeza, siendo el objetivo prioritario en muchas ocasiones el propio Maestro, mientras éste gritaba “así no, có, así nooo”. Otro juego en el que participaba el Maestro era la “porqueira”, que consistía en introducir, mediante un palo, una piña en un agujero hecho en la tierra. Todos estos juegos terminaban con los alumnos embarrados en los múltiples charcos y lodazales que había alrededor de la Escuela de O Trabazo. Antes de entrar de nuevo al aula, la limpieza se limitaba a enjuagarse en una poza cercana que había y sacudirse el barro con las propias manos. Cabe destacar también, como estampa que recuerda alguno de sus pupilos, las ocasionales peleas a pedradas entre los alumnos de un pueblo y otro, antes de entrar al aula, mientras el Maestro abría paso con una vara con el fin de poder cruzar el umbral de la puerta de la escuela.

Las anécdotas cotidianas en la escuela del maestro “Có” son innumerables. A modo de ejemplo, destacamos la predicción que llegó a hacer sobre la preñez de un burro macho, ocurrencia que fue objeto de mofas y risas; el llevar en comitiva la bandera de la escuela hasta el río; el ir los alumnos mayores a buscar agua a la Fonte do Cano y ya no regresar; el esconderse los estudiantes en el suelo mientras explicaba las lecciones de Gramática, Aritmética o la Sagrada Escritura; el adelantar la hora de salida debido a que Aurelio González, aprovechando cualquier descuido del Maestro, avanzaba una hora las agujas del reloj; etc. También era motivo de risas y jolgorio dentro de la escuela, el hecho de que el Maestro saliese a orinar fuera, junto a las ventanas, para de esta manera seguir vigilando a los escolares dentro del aula.

Conclusiones

En definitiva, Don José Rodríguez Portela, “O Có”, es un personaje del que la mayoría  de vecinos de Parderrubias hemos oído hablar y al que nuestros mayores aluden en muchas de sus conversaciones. “O Có” fue un buen maestro que pasó por nuestro pueblo, Parderrubias, al que en muchas ocasiones las circunstancias le superaron debido a su falta de autoridad y al duro período de la posguerra que le tocó vivir entre nosotros.

A pesar de todas las limitaciones y dificultades señaladas, alfabetizó a varias generaciones de Parderrubias, muchos de cuyos integrantes estaban más interesados en ayudar a sus familias en las tareas agrícolas que en los libros. Sin duda alguna, su labor en nuestro pueblo da derecho a Don José Rodríguez Portela, “O Có”, a gozar de un hueco en la historia de Parderrubias y a formar parte del grupo de Personas Relevantes.

Don José Rodríguez Portela, “O Có”, ha sido el Maestro de Parderrubias artífice de la transición de los niños de  la Guerra y la Posguerra a los éxitos de los escolares de las siguientes décadas.


Nota. Los autores mostramos nuestro agradecimiento a todas aquellas personas que nos han proporcionado la información que nos ha permitido hilvanar este artículo.

 

 

 

 

 

E25. Aquel Parderrubias de la Posguerra. Por Juan Carlos Sierra Freire

E25. Aquel Parderrubias de la Posguerra. Por Juan Carlos Sierra Freire

Por Juan Carlos Sierra Freire

El fin de la Guerra Civil, en un país completamente devastado y arruinado, dio paso a un periodo de dos décadas caracterizado por enormes carencias y necesidades en la sociedad española. La autarquía económica y el intervencionismo del Estado, unido al aislacionismo internacional al que fue sometido el Régimen, dieron como resultado que se acrecentase la miseria y el atraso que había dejado la Guerra. A todo ello se añadió un severo control político e ideológico de la sociedad que reprimía cualquier crítica u oposición al sistema.

La desastrosa política agraria, unida a terribles sequías, como la del año 1946, condujo al racionamiento de alimentos básicos, situación que estuvo vigente hasta el año 1952, lo que dio lugar a un intenso mercado negro: el estraperlo. Se trataba de un comercio ilegal de artículos intervenidos por el Estado o sujetos a tasa, que se extendió como reguero de pólvora por todo el país.

España no comenzó a levantar cabeza hasta finales de los años cincuenta, por lo que no es exagerado hablar de una posguerra de dos décadas (1940-1959), periodo en el que centra su interés este artículo, entendiendo que la década con mayores índices de miseria fue la de los años cuarenta.

Aunque la miseria y las necesidades estaban presentes en todos los tejidos de la sociedad española, en el ámbito rural, como el caso de Parderrubias, se podía disponer al menos con mayor facilidad de ciertos productos básicos como la leche, el centeno o las patatas. Sin embargo, estos bienes básicos estaban expuestos a las desgracias como fue el caso del incendio originado en agosto de 1940, a las tres de la tarde, en A Aira de Parderrubias, que arrasó 14 medas de centeno valoradas en 45.000 pesetas, perdiendo trece familias del pueblo toda la cosecha de cereales, quedándose en la ruina.

En el año 1940 era nombrado párroco de Parderrubias Don José Rodríguez Barreiros (O Cura Vello), que llevaría las riendas de la Parroquia hasta 1960, comenzando a cimentarse por esas fechas una fuerte vinculación entre Parderrubias y el Seminario, hecho que queda reflejado en dos noticias que recoge la prensa escrita de la época. En primer lugar, la donación de 1.000 pesetas que el párroco Don José entrega en 1948 para su construcción, siendo una de las mayores cantidades publicadas en la prensa. Durante ese año 1948, las Partidas de Bautismo y Matrimonio de la Parroquia incluyeron sellos conmemorativos del Proyecto del Nuevo Seminario con distintos valores. Y, en segundo lugar, en la entrevista que el Rector del Seminario Mayor, don Manuel Gil Atrio, concede a La Región en el año 1954, coincidiendo con el Día del Seminario, en la que éste señala que la parroquia de la provincia que más seminaristas aporta es la de Parderrubias, junto con la de la Santísima Trinidad de Ourense, ambas con trece (La Región, 18 de marzo de 1954). Evidencia de esta buena relación entre la Parroquia de Parderrubias y el Seminario es la visita que las niñas del pueblo realizan al Nuevo Seminario en el año 1951, acompañadas del maestro Don Isolino Camba Casas (https://aparroquiadeparderrubias.wordpress.com/2015/11/27/e14-don-isolino-camba-casas-1913-2001-por-manuel-outumuro-seara/) y los seminaristas Don Aurelio Grande Fernández (https://aparroquiadeparderrubias.wordpress.com/2015/10/30/don-aurelio-grande-fernandez-1930-2001-por-merche-grande-gallego/) y Don Jaime Grande Seara.

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Visita de las niñas de Parderrubias al Nuevo Seminario en el año 1951

Dado el elevado número de seminaristas en la Parroquia, se hicieron habituales las primeras misas, que suponían actos solemnes y festivos. Así, por ejemplo, en el año 1941 José Aldea escribe sobre una de ellas, la de don Felisindo Grande Seara (https://aparroquiadeparderrubias.wordpress.com/2015/10/05/entrada-7-parderrubias-a-principios-de-la-decada-de-los-cuarenta-desde-una-particular-perspectiva/):

…concurren veintitantos sacerdotes, casi todos los de los Ayuntamientos de Barbadanes, La Merca y Cartelle, y algunos otros… Todo el pueblo, toda la parroquia está allí. Es la fiesta mayor de uno de sus hijos más queridos”.

 No se queda atrás, en cuanto a pomposidad, el copioso almuerzo servido a continuación para tal ocasión:

 “Volvemos a la casa de los Garrido un poco tarde. Hay allí tres o cuatro mesas inmensas. En la nuestra, la más grande, están el nuevo presbítero y sus padrinos y los más de los sacerdotes. A mí me toca comer frente al cura de Loiro y al lado de Merino. “Veña a comida, que o pan rabea”. A todos los que estamos allí nos ha dado Dios por lo visto un buen apetito. Pasan las fuentes, incansablemente”.

En la década de los años cuarenta destaca también la figura de Don José Rodríguez Portela (“O Có”), quien obtenía el cargo de maestro de Parderrubias en 1942, dejando su impronta en los niños del pueblo desde ese año hasta 1957, fecha en la que permuta la escuela de Parderrubias con Don Isolino Camba Casas (https://aparroquiadeparderrubias.wordpress.com/2015/11/27/e14-don-isolino-camba-casas-1913-2001-por-manuel-outumuro-seara/). En ese mismo año 1942, a raíz de lo que se podía leer en el diario La Región del 29 de mayo, la Parroquia se olvidaba de la dura posguerra para centrarse en las fiestas del Corpus:

El día 3 del próximo mes de junio se celebrarán en esta localidad los tradicionales festejos de Corpus, que durarán varios días. Amenizarán los festejos las afamadas bandas de música de Sobrado del Obispo y Souto Penedo, al mando del director don Antonio Valdés. También habrá animadas verbenas. El día cuatro, festividad del Santísimo Christi, se celebrará una misa solemne a toda orquesta en la Iglesia Parroquial con asistencia de las autoridades locales. El Padre don José Sueiro pronunciará un sermón. Este mismo día saldrá la procesión del Corpus que recorrerá las principales calles de la villa. Existe gran animación en todo el pueblo. Durante los festejos se disparará profusión de fuego fijo y volador” (La Región, 29 de mayo de 1942).

Una vez referenciados algunos de los acontecimientos relevantes de esos años, vamos a centrarnos en dos hechos, cuyo análisis realizado a partir de los registros llevados a cabo en los Libros Parroquiales, nos permitirá conocer mejor la realidad de Parderrubias durante la Posguerra: las  bodas celebradas en la Parroquia y los nacimientos.

Desde 1940 a 1959 se celebran 46 bodas en Parderrubias apreciándose una clara tendencia descendiente a lo largo de esos años (véase el Gráfico 1), fenómeno que culminará en las dos décadas más recientes (1996-2015), en las que se contabilizan únicamente 16 bodas en la Parroquia. El promedio de edad de los novios era de 30,85 años, oscilando sus edades entre 23 y 48 años; ellas, las novias, se casaron con un promedio de edad de 26,98 años, fluctuando entre los 19 y 43 años. El 87% de las bodas fueron celebradas por Don José Rodríguez Barreiros (1941-1959), las cuatro de 1940 por Don Juan Estévez Estévez, y dos del año 1949 por el misionero Don Enrique López Rodríguez y Don Felisindo Grande Seara, respectivamente. Tal como se muestra en el Cuadro 1, en el 52% de las bodas uno de los miembros de la pareja no pertenecía a lo que actualmente es la Parroquia de Santa Eulalia de Parderrubias (recordemos que en ese momento la Parroquia incluía a Nogueira, Bouzas, Fondodevila y Solveira, cuyos datos relativos a matrimonios y bautizos no están contabilizados en este artículo). Únicamente un 5% de matrimonios tuvo lugar entre personas naturales del mismo núcleo poblacional de la Parroquia, de ellos dos estaban formados por vecinos de A Iglesia, dos por vecinos de Barrio y uno por residentes en O Outeiro. Dado que por tradición la ceremonia religiosa se celebraba -y celebra- en la Parroquia de la novia, todas estas bodas tienen en común el hecho de que la novia era natural de nuestra Parroquia, pudiendo haberse realizado bodas de vecinos de Parderrubias en otras Parroquias, las cuales no están contabilizadas en estos números que aportamos.

Los años de la posguerra en Parderrubias_1
Gráfico 1

Los años de la posguerra en Parderrubias_2
Cuadro 1

En cuanto a los nacimientos, durante el periodo 1940-1959 se produjeron 157 en lo que hoy constituye la Parroquia de Parderrubias. De esos nacimientos, 92 fueron niños (59%) y 65 niñas (41%). Su evolución a lo largo de estas dos décadas refleja también una línea descendente (véase el Gráfico 2). La caída en la tasa de natalidad se produce en realidad en la década de los años 50, en la que tienen lugar únicamente 50 nacimientos, menos de la mitad de los que habían acontecido en la década anterior (107), cifra ésta similar al período previo de los años 30 (108), tal como ya indicamos en otro artículo publicado en este Blog (https://aparroquiadeparderrubias.wordpress.com/2016/01/15/e19-parderrubias-sus-ninos-de-la-guerra/). La distribución de nacimientos por núcleos poblacionales se puede observar en el Gráfico 3: el 50% de ellos tuvo lugar en O Outeiro y A Iglesia.

Los años de la posguerra en Parderrubias_3
Gráfico 2

Los años de la posguerra en Parderrubias_4
Gráfico 3

Un índice que refleja con toda crudeza las carencias y necesidades vividas durante esos años es la tasa de mortalidad infantil, la cual castigaba mucho más a las zonas rurales debido a la ausencia de servicios médicos especializados. Las causas más importantes eran la alimentaria (diarrea y enteritis), las infecciones y la debilidad congénita. La tasa de mortalidad infantil (fallecidos menores de un año por 1.000 nacidos vivos) se situaba entre 1936 y 1950 en 97,97, muy por encima del resto de países occidentales. En Galicia, entre 1946 y 1950, estaba en 72,20, la sexta más alta de las actuales comunidades autónomas; los coeficientes de Orense oscilaban entre 71,70 y 84,30 (Dopico, 1985). En Parderrubias, durante este período analizado, fallecieron 14 niños, 11 de ellos el mismo año de nacimiento, 2 a los dos años y 1 a los tres años, siendo 1941 el año más trágico, produciendo 5 fallecimientos, todos ellos de recién nacidos. Es decir, el 8,92% de los niños nacidos entre 1940 y 1959 en Parderrubias fallecieron antes de cumplir los 3 años de edad.

En promedio, los nacidos en estas décadas, años 40 y 50, fueron bautizados a los 4 días de nacer. Los nueve bautizos del año 1941 fueron celebrados por Don Juan Estévez Estévez; los restantes 148 (1942-1959) por Don José Rodríguez Barreiros.

De igual manera que cuando abordamos el tema de los Niños de la Guerra (https://aparroquiadeparderrubias.wordpress.com/2016/01/15/e19-parderrubias-sus-ninos-de-la-guerra/), que estas líneas sirvan de tributo a esos 157 niños y niñas nacidos en Parderrubias en una época sumamente difícil y complicada. Sus nombres, por orden cronológico de su nacimiento, son: Antonia, Benigno, José, María Luisa, Aurora, Sergio, Manuel, Hortensia, María, María Teresa-Josefina, Serafín, Abelardo, Cándida, Manuel, Sergio, María de la Concepción, Julio, Manuel, María de la Concepción, José, Manuel, María, José Germán, José Raúl, Alfonso, Manuel, María, José, Juan Bautista, Manuel, Josefa, Alfredo, Ángela, Consuelo, Aurelio, Manuel, Flora, Josefa, María Eulalia, Juan, José, Jesús, Avelino, Virgilio, José, Fernando, Victorina, Filomena, Antonio, Ángela, Isidro, María del Cristal, José, Antonio, María de la Asunción, Isolino, Corona Eulalia, María de la Asunción, Sergio, Martina, José, Manuel, Serafín, José, Florinda, María Luisa, Aurora, José, Fernando, Claudio, Rosa, Manuel, Benito, Alicia, Manuel, Adolfo, José, Isolino, José, Consuelo, Avelina, María del Consuelo, Jaime, Eliseo, Celso, Nicanor, Emilio, Eulalia, Esperanza, María del Carmen, Adolfo, Manuel, Cesáreo, Teresa, Javier, Gonzalo, Josefa, José, Marina, Julita, José Luis, Josefa, Adolfo, María del Carmen, José, María del Carmen, Delmira, María del Carmen, Julia, Encarnación, José Manuel, José, José, Darío, Celso, María, Florinda, Antonio, Manuel, María del Carmen, Guillermo, María José, Amelia, Modesto, Jaime, Genoveva, María Felisa, Serafín, Piedad, Evaristo, Josefa, Manuel, Manuel, Manuela, Rosa, Natalia, Cándida, José Luis, Rosa, José, Eugenio, Enrique, Antonio, José Luis, Manuel, David, Manuel, César, José Manuel, Manuel, Manuel, María Teresa, Aurora, José Luis, María del Rosario, Eladio y Manuela.


Referencias

Dopico, F. (1985). Desarrollo económico y social y mortalidad infantil. Diferencias regionales (1860-1950). Dynamics: Acta Hispanica ad Medicinae Scientiarumque Historiam Illustrandam, 5, 381-396.

E19: Parderrubias: sus “Niños de la Guerra”. Por Juan Carlos Sierra Freire

E19: Parderrubias: sus “Niños de la Guerra”. Por Juan Carlos Sierra Freire

Sin duda alguna, la infancia de nuestros padres estuvo marcada por la mayor barbarie que un país pueda padecer: una guerra civil. Algunos de nuestros abuelos, y en algún caso también alguno de nuestros padres, la sufrieron en el frente de batalla. No obstante, la mayor parte de nuestros progenitores fueron testigos callados de esta brutalidad siendo niños de muy corta edad, e incluso algunos recién nacidos en esas fechas. Aunque oficialmente la guerra duró desde el año 1936 hasta 1939, los años previos se caracterizaron por fuertes convulsiones y un clima casi, o sin casi, prebélico. Este artículo aporta información acerca de los niños que nacieron durante esos años en la Parroquia de Parderrubias, abarcando desde el año en el que se instaura la II República (1931) hasta el año en que finaliza la guerra (1939). Son los “Niños de la Guerra” nacidos en Parderrubias, aunque vaya por delante que el significado oficial de esta expresión no se corresponde con lo que aquí se va a tratar (de ahí el entrecomillado): son niños que no tuvieron que exiliarse, pero que sí a los que les tocó nacer y crecer en una de las épocas más funestas de España. Dado que el acontecimiento más importante de este período entre 1931-1939 es la propia guerra en sí, vamos en primer lugar a aportar algunos datos sobre este hecho en nuestra comarca.

Se estima que entre 1936 y 1939 se cometieron 8.000 asesinatos en Galicia; Prada Rodríguez (2004) señala que en Ourense se pueden llegar a contabilizar 626 víctimas. Al quedar toda la provincia en la zona nacional, su práctica totalidad fueron personas con ideología de izquierdas. El punto neurálgico de la Guerra Civil en la Comarca Terras de Celanova, a la que pertenece la Parroquia de Parderrubias, se sitúa en la cárcel de Celanova, que se ubicó en el Monasterio de San Salvador, permaneciendo activa desde el estallido de la guerra en 1936 hasta el año 1943. Comenzó como Prisión Habilitada Provisional, convirtiéndose en Prisión Central en 1938 (Vieira Outumuro, 2013). Por ella pasaron 1.300 presos políticos, provenientes principalmente del norte de España. Por tanto, cabe presuponer que una imagen habitual durante esos años en la carretera que cruza Parderrubias sería la de vehículos transportando reclusos dirección a Celanova. En los primeros años, muchos de estos presos políticos fueron “paseados” hasta el monte Furriolo en donde eran vilmente ejecutados. Otros muchos no tuvieron este cruel final, pero sí su particular “longa noite de pedra” entre cadenas, la cual terminaban pagando con el tifus, la tuberculosis, la sarna, la anemia hemorrágica, la bronquitis asmática, la neumonía gripal, la gastroenteritis, la caquexia, la septicemia, etc., y… la muerte. Resultan conmovedoras las fotografías publicadas en la obra de Piñeiro (2007) en las que se puede observar el patio del Monasterio de San Salvador en el año 1910 ocupado por estudiantes de los Escolapios y años después, en 1938, por presos políticos.

La base de datos Nomes e Voces de la Universidade de Santiago de Compostela (2006) registra 194 víctimas relacionadas directamente con Celanova durante el período 1936-1939. Su historia va desde ejecuciones fruto de “paseos” a Viveiro, A Bola, Ansemil, Furriolo, Amorece, Ourille, Entrimo, etc., hasta muertes por múltiples enfermedades en la cárcel, condenas a muerte con ejecuciones en Celanova, cumplimientos de condenas perpetuas o de varios años, deportaciones a campos de concentración como el de la Illa San Simón o Mauthausen, y exilio a países hispanoamericanos (Cuba o México).

Por lo que respecta al Concello de A Merca, en dicha base de datos únicamente aparecen referidos cinco casos: 1) Julio Manuel C. R., labrador de 28 años, vecino de A Merca, juzgado en 1936 en Lugo, condenado a muerte y ejecutado en la tapia del Cuartel de la Guardia Civil; 2) dos varones de 40 y 35 años, respectivamente, de los que se desconocen sus nombres y orígenes, “paseados” en agosto de 1936 en Pereira de Montes, con resultado de fallecimiento por conmoción cerebral traumática; 3) Víctor V. vecino de A Merca, de 50 años, de profesión sastre, “paseado” en la carretera Ourense-Reza con resultado de fallecimiento a causa de hemorragia interna; 4) Albino Núñez Domínguez, maestro de 35 años, natural de A Merca, escondido durante tres años y apartado del servicio (posteriormente se convertiría en un afamado escritor y pedagogo); y 5) Juan Manuel Arias Jares, médico de 46 años, natural de Viana de Bolo, fundador de la Agrupación Local del PSOE, cesado de su cargo y desterrado en A Merca durante siete meses.

A la luz de este registro, parece ser que Parderrubias no llegó a ser un lugar destacable por su actividad bélica y represiva durante el desarrollo de la Guerra Civil, aunque personas mayores de la Parroquia, y vecinos del pueblo próximo de Montelongo, relatan como algunas noches se oían en el puente de O Seixal (As Campinas) gritos desgarradores y disparos de ejecuciones de reclusos, presumiblemente de la cárcel de Ourense, que eran “paseados” hasta este lugar. Al tiempo de escucharse los disparos, se oía el paso de una camioneta que se encargaba de recoger los cadáveres. Incluso no llegó a ser extraño que vecinos madrugadores de los alrededores que salían en sus mulas hacia Ourense se encontrasen en este lugar con cadáveres a la espera de ser retirados. La manifestación más relevante del conflicto bélico en Parderrubias posiblemente sea el llamamiento a filas de varios de sus vecinos. Ya una vez finalizada la guerra, fue significativa la persecución por “depuración” que sufrieron algunos maestros nacionales, incluido Don Isolino Camba, maestro durante décadas en la Escuela de Parderrubias, tal como muy bien relata Outumuro Seara en este mismo Blog (https://aparroquiadeparderrubias.wordpress.com/2015/11/27/e14-don-isolino-camba-casas-1913-2001-por-manuel-outumuro-seara/).

Descrita esta imagen general de la guerra, vayamos al objetivo que nos hemos planteado con este artículo. Entre los años 1931 y 1939 (ambos inclusive), es decir el período completo en el que está vigente la II República, se produjeron en la Parroquia de Parderrubias 109 nacimientos (45 niños y 64 niñas). Si comparamos esta cifra con la de la última década de ese siglo XX nos damos cuenta de su magnitud: de 1991 a 1999 únicamente se registraron en la Parroquia 10 nacimientos. Tal como se recoge en el Libro Parroquial de Bautizos, esos 108 niños fueron bautizados en la iglesia parroquial. Don Alfonso Losada Fernández realizó todos los bautizos del año 1931 a 1935. De los ocho celebrados en 1936, los cuatro últimos fueron oficiados por Don Antonio Seara García (1) y Don Castor Gayo Arias (3), pues como ya hemos descrito en otro artículo publicado en este Blog (https://aparroquiadeparderrubias.wordpress.com/2016/01/08/e17-crimen-en-la-casa-rectoral-de-parderrubias-en-el-ano-1936/), Don Alfonso Losada fue asesinado en junio de 1936. Todos los bautizos de los años 1937, 1938 y 1939 fueron celebrados por Don Juan Estévez Estévez, a excepción de uno de ellos que llevó a cabo Don Antonio Seara García. Del 61% de los bautizados consta como testigo el sacristán Francisco Seara. En promedio, transcurrían tres días desde su nacimiento hasta que eran bautizados; un 9,3% fueron bautizados el mismo día en que nacieron y un 25% al día siguiente. En la Figura 1 se puede observar la evolución anual de los nacimientos, mostrándose ésta relativamente estable hasta el inicio de  la Guerra y apreciándose un claro descenso durante los dos primeros años de la contienda, con un repunte en el último año.

Figura_1
Figura 1

Si atendemos  a la distribución por sectores poblacionales de la Parroquia, observamos que justo un tercio de los nacimientos se produjeron en A Iglesia. Entre A Iglesia y Barrio coparon el 60% de los nacimientos de la Parroquia durante este período analizado. Véase la distribución en la Figura 2. Un hecho a destacar es que 16 de esos niños nacidos entre 1931 y 1939 fallecieron antes del inicio de la década de los 40, es decir, un 15% nunca dejaron de ser niños.

Figuras_2
Figura 2

Sirvan estas líneas como humilde reconocimiento y homenaje a estos 109 “Niños de la Guerra” nacidos en Parderrubias, gracias a los que hoy nosotros somos lo que somos. Siendo niños fueron testigos de una de las épocas más dramáticas de nuestra historia; ya de jóvenes, una durísima posguerra les obligó a realizar enormes esfuerzos de todo tipo. Lo que hoy sus hijos somos y tenemos se lo debemos en gran medida a sus esfuerzos, sacrificios, privaciones y, especialmente, a su afán de superación y avance.

Los 109 “Niños y Niñas de la Guerra” son, por orden cronológico, Antonio, María, Aquilina, María Ascensión, Julio, Eusebio, Emilio, Celso, Celsa, María Consuelo, David, María, Bernardina, María, Ramón, Delmiro, Filomena, Herminia, José, Bernardina, Marina, María, Olimpia, Celsa, Paulino, María, Benito, Josefa, Ángela, Manuel, María del Carmen, Genoveva, María Clamores, María Dolores, María Livia, María, Isauro, José, Baltasar, María, Carmen, Castor, Valentín, María, Eliseo, Sira, Manuel, María de las Nieves, María, Domingo, Ludivina, Josefa, Carlos, Rosa, Remedios, Indalecio, María, Manuel, José Nicanor, María de la Coronación, María, Delmira, Cristalina, Elisa, María del Carmen, Jesusa, María del Consuelo, Rosa, Jaime y Rosa (nacidos todos ellos antes del año del inicio de la Guerra); María de la Concepción, Eugenio, María Blanca, Rosa, Hermenegildo, José, Serafina, María Dolores, Virginia, Jesús, Pilar, Tomás, César, Manuel, José Benito, María Milagros, Castor, José, Josefa, Manuela, Joaquín, Claudino, Antonio, José, Manuel, Pilar, Manuel, Modesto, José, Serafín, Remedios, María Teresita, Esperanza, María Livia, María, Adelina, Antonio, Ana y Rosa (nacidos durante los años de la Guerra).


Referencias

Piñeiro, A. (2007). Celanova 1900-1981. Memoria fotográfica. Ourense: Diputación Provincial.

Prada Rodríguez, J. (2004). Ourense, 1936-1939: alzamento, guerra e represión. Lugo: Ediciós do Castro.

Universidad de Santiago de Compostela (2006). Nomes o Voces. Recuperado el 14 de octubre de 2015, de http://vitimas.nomesevoces.net/gl/axuda/presentacion/.

Vieira Outumuro, S. (2013). Los archivos de las instituciones penitenciarias. La prisión central de Celanova. Fronda, 47.

E7. Parderrubias a principios de la década de los cuarenta desde una particular perspectiva. Por Juan Carlos Sierra Freire

E7. Parderrubias a principios de la década de los cuarenta desde una particular perspectiva. Por Juan Carlos Sierra Freire

Hablar de la España de la Posguerra es hablar de necesidades, miseria, atraso y aislamiento. En Parderrubias no era diferente. Más allá de la memoria colectiva de nuestros abuelos y de nuestros padres, apenas existe documentación que describa la realidad de la Parroquia de Parderrubias durante la década de los años cuarenta del pasado siglo.

Buceando en las hemerotecas me encontré  con una columna publicada en el diario La Región, firmada por José Aldea el 30 de julio de 1941, en la cual, a partir de un hecho muy concreto, como es la primera misa de un sacerdote de la Parroquia, el autor realiza un relato social del Parderrubias de aquellos años. Siendo consciente del discurso rancio que impregna a todo el texto, me he otorgado la libertad de hacer una transcripción literal del mismo, pues creo que permite vislumbrar algo, o mucho, acerca de cómo era ese Parderrubias que vio nacer y/o crecer a nuestros padres.

Descripción


 

DE ESTO Y DE LO OTRO. UNA MISA NUEVA (Por José Aldea)

“Estos días han ido diciendo su primera misa los diez u once recien ordenados ahora para el sacerdocio. A una de ellas fui yo el domingo ahí en Parderrubias. A las once de la mañana montamos en una camioneta con sillas porque en otros lujos quién hoy piensa, y bastante bien se fue, aunque un poco estrujaditos.

Allí iban entre otros, doña Elena Arias viuda de Cerviño la grande doña Elena, para quien una primera misa es la mayor alegría de su alma. Pero cuán pocos este año, doña Elena cuán pocos. Año venga, que usted vea en que sean tantos los nuevos sacerdotes cuantos el mejor día que usted tuvo soñó su misión ilusionada. Buenos son éstos y escogidos, pero ¡es tanta la mies no recogida y que se pierde…! Los niños que usted ahora llama para el Seminario Dios quiera que arriben todos a feliz puerto y El quiera también que usted muera feliz con la gloria que usted quiso que alcanzaran.

Otro era don Fernando, el coadjutor de Santo Domingo. El y doña Elena son los que en esta iglesia mandan y todo lo disponen, y así la tienen de lucida y de bonita. Buenas manos tiene el  otro don Fernando, el grande, buenas, buenas. Con los tres la parroquia está completa, según juzgan los feligreses, y sin cualquiera de ellos tal vez estos se la imaginaran otra porque les faltara algo.

Otro era Jaime Fernández López, que conoce casi a todos los curas de la diócesis y con muchos pasa grandes ratos. Gran compañero de viaje y de mesa. De viaje porque nos va pintando la munificiencia de los anfitreones, los hermanos Garrido, y regalándonos el gusto con la memoria de las comidas que le tienen dado, y de mesa porque con su buen apetito no cesa de espolearnos el nuestro. Y no es que coma ni beba mucho, sino porque lo que come y bebe lo encarece tanto, que uno se avergonzara un poco si se lo encarceciera menos.

En Barbadanes se nos adjuntó Ingusto Merino, el médico de allí. Otro gran compañero muchacho excelente, cuya amistad, como la de Jaime, es una honra y una delicia para cualquiera, buen animador de fiestas gratas y comidas entre unos pocos amigos, aunque no bebe sino agua, si bien no tanta como yo: una verdadera calamidad ésta porque toda alegría sin vino lanquidece y se hace sosita al cabo. Pero un día es un día, y aquel del domingo Merino y yo empinamos lo nuestro, porque Jaime no dijera.

Acaban poco más arriba de Barbadanes las tierras de vino, y empiezan las de maiz y pan en Loiro, reanundándose también la viña ya cerca de Parderrubias, tierra roja. Excusado decir que en todas éstas también patatas. Era cosa de hacer un canto a la patata ahora, pero conténtense ustedes con comérselas.

Llegamos a la casa principal de los Garrido, que salen a recibirnos como ellos saben hacerlo. Nos presentan a los que no le conocíamos al nuevo sacerdote, que está inquieto y anda de un lado para otro un poco turbado y un mucho conmovido. Tiene el rostro aniñado aun y se halla tan recogido en sí, que de la animación y alegría que le rodea tal vez se de cuenta solo por rasgos y trazos sueltos.

Allí saludamos a muchos amigos. Concurren veintitantos sacerdotes, casi todos los de los Ayuntamientos de Barbadanes, La Merca y Cartelle, y algunos otros.

A las doce partimos todos, en grupos, para la iglesia de Parderrubias. No sé por qué le llaman así al pueblo que abunda en morenas, y morenas bonitas. Nos lleva allá un camino bastante empinado y arcilloso, bordeado de muros de piedra y de taludes cortados con el pico. Llegamos al atrio. ¡Qué iglesa hermosa! Fachada lindísisma con una ornamentación llena de gracia recoleta y de esbeltez airosa, y arriba una espadaña robusta y partida en los dos vanos de arco redondo y amplio para las campanas, y encima el frontón calado con un ojo muy rasgado hacia acá, y de la punta surgiendo la cruz de hierro delicadamente labrada y a su pie el gallo de los vientos de finas patas y cresta muy dentada y orgullosa.

Todo el pueblo, toda la parroquia está allí. Es la fiesta mayor de uno de sus hijos más queridos. Pueblo de acendrada religiosidad, de fe grande, tan metida dentro de sus almas, que solo por ella se explica la pureza y mucha honra que en él hay y siempre hubo.

Los hermanos Garrido ejercen aquí una especie de patronato con su palabra, su fe, su ejemplo, su obra, su amor a todo lo que de tan grandes padres estos hombres suyos recibieron. Sin ellos acaso no se pudieran mantener en los tiempos difíciles las grandes virtudes de esta tierra sin desmayos y quebrantos. Todas las vocaciones para el más grande misterio que aquí apuntan ellos las recogen y estimulan, y las guían y protegen hasta el día feliz igual a éste. Hay que oirlos cuando hablan de sus seminaristas, con el mismo cariño y la misma ilusión que si fueran hijos, suyos.

El párroco de aquí asiste al misacantano y le son padrinos Modesto Garrido y su esposa. Vase animando y robusteciendo la voz que al principio aparecía poco segura y tranquila del nuevo sacerdote.

Desde el púlpito nos habla de la dignidad y grandeza del sacerdocio un compañero de estudios, convecino y pariente de él, y luego del Felisindo, hijo de esta parroquia, del Felisindo seminarista, del Felisindo ungido ya con el don más excelso del Señor.

Sigue la misa. Viene la consagracion de la divina Víctima, y al alzarla las manos tiemblan de pavor y maravilla. Ahora el nuevo formado en la divina institución se atreve a decir el Padre Nuestro y luego consumir el Pan y el Vino. Ya la mano suya se vuelve y traza en el aire el signo que recibimos sobre nuestras cabezas, postrados. Pasamos todos después a besar aquella mano que ya todo lo puede en la tierra y en el cielo.

Volvemos a la casa de los Garridos un poco tarde. Hay allí tres o cuatro mesas inmensas. En la nuestra, la más grande, están el nuevo presbítero y sus padrinos y los más de los sacerdotes. A mi me toca comer frente al cura de Loiro y al lado de Merino. “Veña a comida, que o pan rabea”. A todos los que estamos allí nos ha dado Dios por lo visto un buen apetito. Pasan las fuentes, incansablemente.

Jaime, maestro de diplomacia, doctorado en nuestra vida campesina, se sienta al lado de un señor con el que estaba reñido hacía años, y a los dos minutos el señor le deshace en obsequios y cumplidos y está pendiente de su vaso de vino para colmárselo a cada paso. Al despedírsele al final para volver a su aldea  le quitó el sombrero hasta los pies no sé cuantas veces.

El de Loiro me habla de don Isaac, el de la Trinidad, cuando era cuadjunto de Santa Eufemia, él sacristán menor y don Indalecio Rodríguez,  mayor; don Indalecio, tan grande cacho de pan con el que se puede llenar un libro de las cosas que de él se cuentan.

En los postres entran en la sala en donde estábamos las muchachas que habían comido en otra mesa y las señoras cantando al son de un acordeón que terciaba un joven los fulgurantes alalás de nuestra noche de San Juan y de nuestras trillas y rastrojeras, música para mi divina. Salen luego al paseo emparrado, y allí ajustan una joven y otra que ya hacía un rato largo que no lo era el punto suelto y vagarosa de una gentil muñeira.

En una de las mesas de afuera que la fronda entoldaba del sol ceniciento no habían esperado a los postres y ya se habían puesto cuatro a jugar al tresillo y los demás a mirarlos. En la cocina ya acaba el ajetreo y las mozas de brazos remangados se ponían a su vez a la mesa que allí había. Entra en el patio de la casa una pequeña banda que nos regala con el tonante metal de sus instrumentos un buen rato.

¡Cuánto me gustan a mi estas músicas de pueblo! Algún día habrá que hablar de la vida heróica de estos hombres de la aldea. ¡Qué gloria de ver como los rapazuelos a los que cruzan sus madres las tiras con las que sostienen sus pantaloncillos que ya lo fueron remendados de sus padres o abuelos, qué gloria de verlos tan seriotes y engallados sostener con los brazos desplegados el papel pautado muy estiradito, pinzándolo con las puntas de los dedos por el escaso margen, los ojos clavados de admiración y pasmo en el rostro del músico a que sirven de atril, y tan envidiosos de la maravilla de aquellos dedos que suben y bajan y van y vuelven y corren pulsando el teclado sonoro, que gloria de verlos…”.

José Aldea