Categoría: Siglo XVIII

E51. El coste de las intenciones del alma: caso Cathalina (1783). Por Juan Carlos Sierra Freire

E51. El coste de las intenciones del alma: caso Cathalina (1783). Por Juan Carlos Sierra Freire

 

En la segunda mitad del siglo XVIII, Parderrubias pertenecía jurisdiccionalmente al Coto de Sobrado del Obispo, junto con Pereira de Montes, Loiro de Arriba, Loiro de Abaixo y el propio Sobrado do Bispo. Dicho Coto estaba bajo la autoridad del Obispo de Ourense, Frei Ramón Francisco Agustín de Eura (regidor de la Diócesis ourensana desde 1738 hasta 1763), representado en cargos locales (Juez, Teniente Juez y Escribano), que directamente él nombraba para impartir Justicia, y que recaían en algún vecino del Coto. Los límites de la Parroquia de Parderrubias estaban delimitados con marcos, que eran origen de frecuentes disputas entre feligresías colindantes, y sus tierras estaban cedidas por el Obispo a los vecinos en usufructo.

En 1752, el Coto de Sobrado del Obispo contaba con 395 vecinos (o familias), 1.777 almas (o habitantes) y nueve pobres de solemnidad, siendo el Coto más poblado de todos los que componían la actual municipalidad de A Merca. Aunque no hay datos fidedignos de la población de Parderrubias a mediados del siglo XVIII, Sierra Fernández (2018) estima que estaría compuesta por un centenar de vecinos y medio millar de habitantes, aproximadamente, situándose la esperanza de vida en torno a los 40 años y la tasa de mortalidad infantil, antes de los diez  años, en un 40%.

En esa época, Parderrubias estaba constituida por agrupamientos de casas que formaban los lugares de A Iglesia, Outeiro, Barrio y Nigueiroá. Se trataba de pequeñas edificaciones, rayando la miseria, en las que convivían personas y animales domésticos. En general, la calidad de vida de los vecinos de Parderrubias a lo largo del siglo XVIII fue muy pobre. El cura González de Ulloa, máximo exponente de la Ilustración en la comarca de A Limia en el siglo XVIII, en su libro “Descripción de los Estados de Monterrey”, publicado en 1777, describe la forma de vida de los campesinos de la comarca de A Limia, de la que no diferiría mucho la de los vecinos de Parderrubias:

No debe llamarse casa en la que viven, sino choza pajiza. Los muebles que contiene se reducen a un carcomido apero de labranza, una arca, poco menos antigua que la de Noé, para lo reservado, y todo lo demás común a brutos y racionales, con la diferencia de que la cama de estos es más dura que la de aquellos…” (tomado de Saavedra, 1991).

A la dura vida que les tocó llevar a nuestros trastatarabuelos contribuyó en gran medida la enorme carga tributaria a la que estaban sometidos. Según Sierra Fernández (2018), los tributos eran “muchos y muy variados”, y supondrían un 25-50% de las cosechas de cada familia. Entre estos impuestos cobraban gran relevancia los diezmos. Cada familia de la Parroquia contribuía a la Iglesia con una décima parte de todo lo que producía anualmente. Según Sierra Fernández existían tres tipos de diezmos: (1) mayores (lino, trigo, centeno, maíz, garbanzos, habas, castañas verdes, cebada y vino); (2) menores (hortalizas y frutos de la huerta); y (3) los relativos a animales y productos derivados (corderos, pollos, leche, huevos, manteca, etc.); estos últimos eran sustituidos en ocasiones por tasas monetarias. Saavedra (1991) afirma que entre el 70 y el 80% de los ingresos de un párroco de finales del siglo XVIII estaban constituidos por los diezmos, pues se quedaban con un porcentaje considerable de los mismos.

Parderrubias y el poder eclesiástico en la segunda mitad del siglo XVIII

Durante el período 1750-1799 pasan por la Parroquia de Parderrubias nueve curas: José Montes Villar (hasta 1753), Manuel Rodríguez (1753-1772), Felipe González (1772-1773), Francisco Sanjurjo (1773-), Vicente Portejo (-1784), Manuel Seara (1784-1788), Francisco Domínguez Lobera (1788-1791), Pedro Fernández (1791-1795) y Miguel Cayetano (1795-1828). Básicamente su labor consistía en administrar los Sacramentos, oficiar la misa dominical y las de fiestas de guardar (por ejemplo, la de la Patrona), bendecir las cosechas, dirigir las rogativas y celebrar los funerales. Eran habituales las novenas y las procesiones invocando la lluvia o que se aplacase la justicia (o ira) divina ante cualquier calamidad. A cambio, recibían los diezmos, aprovechaban los diestros y vivían cómodamente en la Casa Rectoral (Sierra Fernández, 2018). Tomando como referencia el Catastro de Ensenada podemos saber, tal como indica Sierra Fernández, que la Parroquia de Parderrubias en el año 1752 había percibido en concepto de diezmos y otros tributos 50 fanegas de centeno, 18 de trigo, 65 de maíz, 25 de castañas y 1,40 de habas, 16 moyos de vino y 55 “afusais” de lino. A los diezmos había que añadir las primicias para el sostenimiento de la Iglesia. En Parderrubias pagaban este impuesto únicamente las familias que tenían una yugada, contribuyendo con 26 kilogramos de centeno y maíz menudo.

La distancia cultural y de intereses que había entre el cura, supuestamente personaje culto, y sus feligreses era enorme (Saavedra, 1991). Así lo deja reflejado el cura don Pedro González de Ulloa en 1777 al referirse a la actitud de sus parroquianos en días festivos:

“…a oír, dije mal, a asistir a una misa sin atención, devoción ni reverencia, y después unos se van a sus domésticas labores (vayan, que no van tan mal descaminados); otros, a las tabernas de donde vuelven sicut equus et mulas quibus non est intelectus. Así dedican al diablo los días dedicados a Dios y a los Santos” (tomado de Saavedra, 1991).

Todos los vecinos cumplían con las obligaciones eclesiásticas y preceptos pascuales: misa dominical y fiestas de guardar, bautizo, boda, ayuno, abstinencia, y pagos de diezmos y primicias. Por los registros parroquiales del cura don Pedro Fernández sabemos que entre enero de 1791 y abril de 1795, el sacristán Francisco Casas había ingresado 156 reales por derechos de “cobaje” (sepultura), y había recibido de la Parroquia 24 reales por lavar la ropa, 12 para harina de las hostias y los santos óleos, cuatro para incienso y dos por componer el sepulcro.

Morir costaba dinero y salvar el alma aun más. La Parroquia de Parderrubias estaba exenta del pago de la “loitosa”, pero en otras muchas feligresías se abonaba un canon tras la muerte del cabeza de familia, que podía ser dinero o especies (Sierra Fernández, 2018). Pero aun no existiendo este humillante impuesto, los parroquianos parderrubienses del siglo XVIII se veían obligados a realizar importantes desembolsos para hacer frente a sus funerales y posteriores ofrendas por las intenciones de sus almas, ofrendas que solían dejar encargadas en los testamentos verbales o escritos antes de fallecer.

Mi trastatarabuelo Juan Antonio Villar Blanco, fallecido en 1841 en la Parroquia de Santiago da Rabeda, ofrendó dos “ferrados” (21 kilos) de centeno, un carnero y una “ola” (16 litros) de vino, ofrecimiento que se vuelve a repetir tan solo dos años después por el fallecimiento repentino de su esposa Teresa Quintana Fernández a los 45 años de edad. La desgracia de que mi tatarabuela Antonia se quedase huérfana de padre y madre a la tierna edad de diez años no redujo la obligación de las dádivas. En la Parroquia de Parderrubias, mi antepasado Antonio Sierra, fallecido en 1795, deja encargado mediante testamento verbal que (1) asistiesen a su entierro y cabo de año cinco sacerdotes, (2) se celebrasen por su ánima, y demás obligaciones, cuarenta misas rezadas y tres misas de privilegio, y (3) que sus familiares ofreciesen por su alma tres “tegas” (31 kilos) de centeno, un carnero y una cesta “con lo acostumbrado”.

Pero, tal vez, el ejemplo más llamativo del dispendio económico relacionado con la muerte y la salvación eterna lo encontremos en el caso de Cathalina Outomuro, fallecida en 1783, que llegó a vender todos sus bienes por las intenciones de su alma.

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Muerte y entierro de Cathalina Outomuro

El 8 de mayo de 1783 fallecía, después de una larga enfermedad, la celibata Cathalina Outomuro, habiendo recibido los Santos Sacramentos de la Penitencia, Viático y Extremaunción. Deja Testamento escrito en el que dispone la ceremonia de su entierro y posteriores funciones religiosas con la presencia de seis sacerdotes. Deja como cumplidor de su testamento al párroco don Vicente Portejo, al que encarga la venta de su casa y de sus tierras al mejor postor, para que con el dinero obtenido se sufragasen todos los actos religiosos relacionados con las intenciones de su alma y de las ánimas del purgatorio. En dicho Testamento se hace mención explícita a diversas limosnas y donaciones para acciones por su alma y la de sus obligaciones: doscientos reales para cien misas, ciento doce reales para cera, nueve reales para el sacristán por derecho de sepultura, seiscientos diez y nueve reales para la organización de los actos relacionados con su entierro, cuarenta reales para las dos mozas que la atendieron durante su enfermedad y veinticinco con cincuenta reales para el sacristán por su asistencia a todos estos actos. Todas estas partidas, junto con otras limosnas menores, sumaban la cantidad de 1.015 reales y dos maravedíes. De todo ello, llevó la debida cuenta en la Casa Rectoral de Parderrubias el párroco don Vicente Portejo.

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Partida de entierro de Cathalina Outomuro

Un hecho poco habitual es que los seis curas que asistieron a los actos fúnebres dejaron registrada en los Libros Parroquiales de Parderrubias su participación, así como los emolumentos recibidos:

Yo, Dn. Juan Antonio Justo, Teniente Cura de Santa María de Pereira de Montes, recibí de mano de Dn. Vicente Portejo, Abad y Cura Párroco de Sta. Eulalia de Parderrubias, ciento y setenta reales, limosna de treinta y cuatro misas y treinta y cuatro actos a que asistí en dicha Parroquia por el ánima y obligaciones de Cathalina Outomuro, vecina de esta Feligresía. Y por verdad, lo firmo”.

Yo, Dn. Agustín Aviñoá, Párroco y Vicario de Mezquita, recibí de mano del Sr. Abad de Parderrubias ciento y cincuenta reales, limosna de treinta Misas que celebré y treinta oficios de Ánimas a que asistí en la Feligresía arriba expresada por el Ánima de Cathalina Outomuro. Y para que conste, lo firmo”.

Yo, Dn. Pedro Vázquez, Teniente Cura del Sr. Abad de Barja, recibí de mano del Sr. Abad de Parderrubias ciento y treinta reales vellón, limosna de treinta y seis Misas y veinte y seis actos de Ánimas a que asistí y celebré en esta Parroquia de Parderrubias por el Ánima de Cathalina Outomuro y sus obligaciones, de mano de dicho Sr. Abad. Y para que conste, lo firmo”.

Yo, Dn. Pedro Fernández, Párroco y Vicario de La Merca, recibí de mano del Sr. Abad de Parderrubias, constando en los recibos antecedentes, doscientos y quince reales, limosna de cuarenta y tres Misas que apliqué y cuarenta y tres oficios de Ánimas a que asistí por el Ánima y obligaciones de Cathalina. Y para que conste, lo firmo”.

Yo, Dn. Antonio, Teniente Cura del Sr. Abad de Souto Penedo, recibí del expresado Sr. Abad de Parderrubias noventa y cinco reales vellón, limosna de diez y nueve Misas que apliqué y diez y nueve actos de Ánimas a que asistí por el Ánima y obligaciones de Cathalina Outomuro. Y para que conste, lo firmo”.

Yo, Dn. Juan Álvarez y Araújo, Subdiácono y Vicario de San Mamed de Grou, recibí del expresado Sr. Abad de Parderrubias ciento y sesenta y cinco reales, limosna de treinta y tres Misas que mandé celebrar y treinta y tres actos a que asistí por el Ánima y obligaciones de Cathalina Outomuro, contenida en los recibos antecedentes. Y para que conste, lo firmo”.

La subasta de los bienes de Catalina estuvo publicada durante tres domingos consecutivos en la puerta principal de la iglesia parroquial, que había sido inaugurada  tan solo 18 años antes. El terreno con su casa y un “souto” en A Requeixada, cercanos a Barrio, fueron adquiridos por Santiago Outomuro, vecino de este lugar, por la cantidad de ciento cincuenta y dos ducados (aproximadamente, 3.400 euros). Mientras, un terreno de Portabarrio fue adjudicado a Bernardo Iglesias del mismo lugar de Barrio en la cantidad de cuatrocientos once reales de vellón (aproximadamente, 325 euros). Una vez cerradas las cuentas, el saldo que quedaba a favor de la difunta se invirtió en una misa por su alma.

De esta manera, el párroco don Vicente Portejo había dado el debido cumplimiento a todas las intenciones por el alma de Cathalina Outomuro, y el testamento de ésta se había cumplido. Mientras tanto, los terrenales parroquianos de Parderrubias seguirían trabajando de sol a sol -inclusive, cuando no alumbraba- para poder hacer frente a las pesadas cargas de los tributos administrativos y eclesiásticos, y salvar sus almas al final de sus días.


Referencias

Saavedra, P. (1991). La Galicia del Antiguo Régimen. Economía y Sociedad. En F. Rodríguez Iglesias (Ed.), Galicia Historia. A Coruña: Hércules de Ediciones.

Sierra Fernández, A. (2018). A Merca no Réxime Señorial (1750). Vigo: Ir Indo Edicións.

E35. Parderrubias: higiene y sanidad en el siglo XVIII. Por Avelino Sierra Fernández

E35. Parderrubias: higiene y sanidad en el siglo XVIII. Por Avelino Sierra Fernández

Las prestaciones higiénico-sanitarias que hoy disfrutamos constituyen un logro muy reciente de nuestra sociedad. En España, no será hasta el último tercio del siglo XIX cuando desde la Ciencia se empiece a hacer énfasis en la cultura sanitaria. Adentrarnos siglos atrás supone dejar la salud prácticamente en manos de tradiciones y ritos mágicos, brillando por su ausencia cualquier atisbo de conocimiento científico.

En este artículo, Avelino Sierra Fernández nos transporta al siglo XVIII para describirnos los hábitos higiénico-sanitarios de nuestros antepasados en Parderrubias, en donde la ausencia de recursos, como consecuencia del subdesarrollo, era suplantada por tradiciones domésticas y costumbres mágico-religiosas.

Gracias, Avelino, por permitirnos conocer cómo se fue fraguando la reciedumbre de los genes de aquellos que hemos nacido en Parderrubias.

Juan Carlos Sierra Freire

Notas. (1) Este artículo aparece publicado en su versión original en gallego y a continuación el lector encontrará una versión en castellano. (2) Los objetos que aparecen fotografiados en este artículo pertenecen a la colección privada de Avelino Sierra Fernández.


Parderrubias: hixiene e sanidade  no século XVIII.  Por Avelino Sierra Fernández

É evidente que, consonte ao connatural avance da Humanidade, as cotas de benestar que actualmente ostenta Parderrubias, minguan ostensiblemente a medida que recuamos no tempo. Se nos retrotraemos ao ecuador do século XVIII, decatarémonos de que as condicións de vida dos nosos devanceiros, fai un cuarto de milenio, non ten cotexo algún coas da xeración actual. Aínda que carecemos da documentación precisa e necesaria para coñecer con minuciosidade as circunstancias en que vivían os nosos antepasados naquela andaina, é seguro que, non sendo peores que as do resto do Couto feudal ao que pertencían, de ningún modo eran mellores. Neste senso, baseando o noso estudo nas condicións dominantes da natureza e espazo físico da Parroquia e do Couto, no inalterable sistema agropecuario vivido polos veciños, no permanente réxime foral ao que estiveron sometidos dende a Idade Media ata o século XIX, así como na historia sociolóxica rural, rexistros parroquiais  e  certificacións catastrais  relativas a este feudo, podemos achegarnos co rigor  necesario á realidade vivida en Parderrubias fai unhos 250 anos no aspecto hixiénico-sanitario.

A hixiene

Cando na actualidade, a hixiene, o aseo e a limpeza son prácticas case obsesivas, coa utilización de milleiros de productos e útiles para todo tipo de aplicacións e tratamentos, custa crer que tales hábitos, básicos para a saúde, foran inusuais, por non dicir inexistentes, para os nosos devanceiros fai dous séculos e medio. No ano 1750, o concepto de hixiene era radicalmente diferente, por non dicir contrario, ao que temos actualmente. O aseo e limpeza, tanto persoal como público, estaban condicionados pola precariedade de medios e polo pensamento equívoco sobre a influencia negativa de certas prácticas na saúde. En Parderrubias, non existía canalización algunha de auga, sendo as necesidades escasamente cubertas por fontes, pozos e ríos  que soían chegar o estío no verán. Entre as primeiras temos que citar a Fonte do Outeiro, Fonte do Cano, Fonte da Saúde, Fonte de Currás, Fonte da Abella, Fonte da Cerva, Fontelas, Fonteiriña e Val das Fontes, todas elas mananciais naturais lonxanos dos asentamentos.

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Fonte do Cano

Tampouco existían sumidoiros de residuos, agás as xurreiras superficiais que conducían os xurros do esterco, formando pestíferas e fedorentas charcas  estancadas nos patios e camiños. Aínda que nos produza pasmo e  abraio, calquera servizo de baño ou retrete público ou privado, ou calquera costume xeral de hixiene, nin existían nin se botaban en falta. Con toda seguridade, moitos dos campesiños  non coñeceron nunca o xabón, nin viron a súa cara nun espello. Tódalas persoas, da condición que foran, non reparaban en alivia-los seus ventres onde se atoparan, iso si, procurando certa intimidade dentro do posible, e os veciños convivían co ludro e feces humanas en calquera canella, esquina, ou mesmo diante da casa, mesturados coas bostas das vacas. Estando na casa, polo día era habitual relaxa-los esfínteres nunha esquina da corte,  axudando a facer esterco. As deposicións feitas pola noite dentro da casa, nos cachos, penicos ou ouriñais, derramábanse pola mañá no camiño sen reparo algún, procurando que a pendente do terreo as alonxara un paso da porta, ata que os animais soltos ou a chuvia nun día de arroiada puideran reducir ou arrastrar tanta enxurrada. A situación alixeirábase  nalgúns casos estrando o patio ou camiño de toxos.

Para a limpeza e aseo persoal, perduraba o pensamento da medicina medieval, segundo o cal, o baño frecuente perxudicaba seriamente a saúde, porque a auga dilataba a pel, abrindo os poros e deixándoos expostos á entrada de aires malsanos. Chegábase a crer, incluso, que unha boa capa de cotra, carraña ou roña protexía ao corpo contra as enfermidades. Por esta razón, o baño  estaba desaconsellado, reducíndose a limpeza corporal a lavar soamente as partes expostas á vista dos demais: as mans e a cara. O resto do corpo sometíase a unha limpeza en seco, fretando a mugre  cun lenzo  seco ou lixeiramente húmido. Tan  só, fortuitamente,  podían batuxarse no río ás escondidas, unha vez ao ano,  ou nunha tina ou palangana dentro da casa. Neste último caso, unha mesma auga da tina era a miúdo compartida por varios membros da familia. A roupa mudábase unha vez ao mes, e excepcionalmente á semana, salvo a camisa que en ocasións podía cambiarse  máis a miúdo. Aos recén nados, por considerarlle-los  seus corpos máis porosos que os dos adultos, e polo tanto máis propensos á entrada de aires malsanos, protexíanos contra as supostas infiltracións, embadurnándolle-la pel con graxa, cinza, sal, etc., envolvéndoos logo con lenzos de liño e, por suposto, sin lavalos ata que medraran. Un exemplo elocuente témolo no Rei de Francia, Luis XIII, que tras lavalo despois de nacer, tardaron sete anos en volver a facelo. Esta mugre endémica era o mellor aliado para a proliferación de piollos, lendias e ácaros, polo que catarse ou espiollarse mutuamente era unha das actividades familiares e sociais máis comúns, que nos rapaces substituíase por rapados integrais.

3.Hixiene-Higiene

Paradóxicamente, os dentes eran obxecto de certos coidados, sabidores de que cando podrecían tiñan que arrancalos a sangue frío entre espantosas dores, restando as enxivas valeiras para o resto das súas vidas. Era, pois, costume limpalos, fretándoos cun pano e cinza. Nalgunhos lugares perduraba aínda o antigo vezo de enxougalos despois cos seus propios ouriños, xa que o seu alto contido en amoníaco, cousa que ignoraban, favorecía a limpeza. Fora como fora, o normal era  que a xente maior vivira desdentada, con constantes dores de moas e graves abscesos faciais. Da halitose, que cadaquén xulgue.

Foi un século despois, no ano 1860, co descubrimento da microbioloxía por Louis Pasteur, cando comezaron a esvaerse os receos sobre o lavado e a considerar que a limpeza podía ser preventiva dos xermes acochados na pel e roupa sucia, comezando así a normalización dos baños integrais. Seguramente foi por esta razón que o Preceptor do futuro Rei de España, Afonso XII (1857-1885), recomendara a este cando era Príncipe: “Lávate los pies una o dos veces al mes”. Un abraiante avance con respecto ao citado Luis XIII na época anterior. Nembargante pasarían aínda moitas décadas para que as novas prácticas de limpeza se xeneralizaran.

 Axudaranos a comprender a situación descrita, saber que faltaban 185 anos para que chegara a primeira auga corrente á capital de Ourense (1935), tardando aínda moitos lustros en instalarse nas casas. Parderrubias contou coa primeira billa e tanque público de auga na Aldea, na década de 1960. E foi por eses anos, cando o Bispo de Ourense, Ángel Temiño Sáiz, negoulle aínda a autorización ao entón Párroco Don José Manuel Fernández Rúas, para facer un cuarto de baño na rectoral, por consideralo un luxo terrenal, tal como informa Outumuro Seara [https://aparroquiadeparderrubias.wordpress.com/2015/10/10/e8-don-jose-manuel-fernandez-ruas-impulsor-de-la-modernidad-de-parderrubias-por-manuel-outumuro-seara/]. Os curas de Parderrubias, igual que os fregueses, levaban toda a vida deitando as súas deposicións no curral e, ao parecer, o Prelado non vía razón para cambiar tal costume.

A sanidade

Non é difícil describi-la situación sanitaria de Parderrubias nos tempos referidos, xa que daquela nin existía servizo medicinal algún, nin persoal mínimamente apto para exercelo. En ningunha das parroquias que actualmente constituen o Concello da Merca existía entón Médico, Ciruxán Sangrador, Boticario nin Botica algunha. En toda a provincia ourensá, só localizamos  sete médicos exercendo no ano 1750 (tres en Ourense, dous en Ribadavia, un en Allariz e outro en Verín), e once Boticarios (catro en Ourense, tres en Ribadavia e un nas poboacións de Allariz, Vilanova dos Infantes, Gomesende e Verín). A estes sete galenos supónselle formación nas Escolas de Medicina, pero o retraso da ciencia medicinal era manifesto.  Aínda a principios do S. XIX, un médico podía estar manipulando todo o día feridas de enfermos, pasando de uns a outros sen lavarse as mans, pois as causas microbiolóxicas das infeccións eran totalmente descoñecidas. En todo caso, os servizos destes esculapios eran inaccesibles  para o común dos mortais, pois, aparte de ser moi poucos, a asistencia sanitaria era privada e estaban adicados case exclusivamente ao persoal do Bispado, Cabidos e Conventos das zonas onde exercían. Médicos á marxe, quedaba a posibilidade de acudir, en caso desesperado, a algún dos barbeiros ciruxiáns ou sangradores existentes nas bisbarras achegadas. Localizamos 11 en Ourense, nove en Ribadavia, catro en Allariz e Entrimo, tres en Bande e Verín, dous en Sobrado do Bispo, San Cibrao de Viñas e  Castro Caldelas, un en Vilanova dos Infantes, Maceda, Xinzo de Limia, Lovios, Calvos de Randín, Gomesende e Esgos. Todos eles, con nula formación académica e tan só con certa práctica rutinaria acadada a beira dun homólogo, realizaban servizos de sacamoas, herniario, alxebrista (ósos escordados), flebotomiano (sangrador), etc. Calquera destas intervencións, cun ordinario instrumental reducido a  tenaces, tesoiras, navallas, coitelos, descarnadores, samesugas,  e para de contar, era unha auténtica atrocidade, coa gravidade de non poder atalla-la dor nin as hemorraxias, infeccións ou asañamentos, porque a botica non tiña medios para loitar contra o que se consideraba irremediable, xa que a narcose e a asepsia non se descubrirían ata cen anos despois (1846 e 1867, respectivamente). Pero os veciños de Parderrubias nin tan sequera tiñan ao seu alcance tal precariedade de servizos e medios, véndose condenados a acudir aos remedios caseiros, a base de herbas, apócemas e outras beberaxes, moitas delas máis ruíns ca propia doenza. Basta lembrar a “herba do ayre” ou “folla do ar”  que, segundo Frei Sarmiento, usaban en Ourense e os seus pobos:

“Llámase del ayre porque cuando un niño está malo de algún aire o vapor que lo envaró, le untan con la infusión de esta hierba o con ella misma… aplicada a un niño o hombre a quien haya hecho daño algún aire, le remedia por chupazón”.

4.Apócimas-Pócimas
Herbas, apócemas e beveraxes

Tamén se valían dos propios ouriños (mexos), confiados das súas bondades contra queimaduras, chagas e outras mancaduras, ou das teas de araña para cortar hemorraxias e cicatrizar feridas, ou das lambedelas do can sobre  úlceras e mancos, seguindo o exemplo da imaxe de San Roque venerada no retábulo maior da igrexa de Santa Olaia de Parderrubias. Outra alternativa era agarrarse aos amuletos que abundaban nas casas, aos que se lle supuña propiedades que afastaban as desgrazas e os influxos malignos. Habíaos de varias castes, profanos e relixiosos, sandadores e rexeitadores. Entre os sandadores destacaban  os cornos da vacaloura (escornabois), a camisa da cobra e unha manchea de pedras (pedra da serpe, da pezoña, do coxo, ollo de boi, etc.) utilizadas contra a pezoña ou veleno das serpes, alacráns, píntigas, etc.  Curiosamente, o noso ilustre paisano Frei Jerónimo Feijoo, nas súas “Cartas eruditas y curiosas” (1742-1760), destaca as supostas virtudes dunha destas pedras, non só contra a pezoña, senón tamén contra a peste dos carbúnculos, tumores, ou mesmo trabadas de cans rabiosos e lobos. Entre os amuletos que rexeitaran o mal estaban os allos, a  castaña de indias, o cairo do porco ou xabarín, a cornamenta da vacaloura e os cornos dos bóvidos, entre outros moitos. Outra opción era acudir  a algún feiticeiro que, mediante o seu engado por medio de ensalmos,  conxuros e maleficios, lle quitara o seu meigallo. Despois de todo isto, sempre quedaba acudir ás herbas de San Xoan, ao Tarangaño (Piñor), á Fonte da Saúde (Parderrubias), á Fonte Santa (As Marabillas) ou á Fonte dos Ollos (As Marabillas e Olás). Malia a singularidade das devanditas prácticas, a prudencia non debe permitirnos desbotar a posibilidade  dunha eventual efectividade se o doente acudira a elas con grandes doses de fe. Cando todo fallaba, que era o máis natural, só quedaban os recursos sobrenaturais: imaxes de santos, medallas, estampas, escapularios, exvotos e promesas de peregrinar  aos Santuarios de O Cristal (devoción dende 1630), A Armada (dende 1641), As Marabillas (dende 1646), San Munio de Veiga, A Bola (dende o século X), San Bieito de Coba de Lobo (¿dende o século XIII?), Os Milagres (dende o século XIII), etc. E abofé que tales medios tiveron que ser ben milagreiros para que os nosos devotos avós, nunha situación tan magoante, vivindo entre animais, estercos e xurreiras, cheos de fame e frío, mal vestidos e peor calzados,  presos de pestes, andazos e pandemias a esgalla, sen galenos nin boticas, sobreviviran a tanto malfado.

5.Amuletos
Amuletos profanos
6.Relixiosidade-Religiosidad
Amuletos relixiosos

Mención aparte merécenos o parto. O concepto de natalidade cambiou tanto que é difícil comprender as condicións que se daban neste eido fai 250 anos. Comezaremos por dicir que a futura nai decatábase do seu estado de gravidez polos mesmos síntomas do embarazo actual, suspensión da menorrea, aparición de efélides, vómitos, etc. Esta circunstancia non alteraba para nada a súa vida cotiá.  Durante a xestación, non había por qué mellora-la hixiene e seguía practicando as mesmas tarefas na casa e os mesmos labores do campo ata o mesmo intre do parto, pois críase que tales angueiras axudaban ao desenrolo do embrión. O libramento producíase sempre na casa, a non ser que algunha circunstancia o impedira, pois dábanse casos en que a parturienta, a causa do exercicio ininterrumpido, paría en solitario, estando lavando no río ou sachando o millo. Sendo na casa, a parturienta era atendida por unha familiar ou veciña que adoitaba ter praxe nestas lides, como eran fregas, presións no bandullo e mesmo introducindo a man ata o útero para axudar á extracción da placenta ou do propio feto. Estas manobras podían ir acompañadas tanto de cantigas ou preces, coma de exclamacións  alusivas á saída da criatura a este mundo, ou de berros e bruídos da nai para axudar á expulsión. Tamén se requerían distintas posturas anatómicas da puérpera, póndose de pé, de xeonllos, de crequenas, sentada, e incluso dando pequenos saltos ou choutando dende un banco. Con tales técnicas, as cousas non soían rematar ben, e as distocias maternas ou fetais e os asañamentos, a miúdo eran  irreversibles. Na nai, era frecuente que sobrevira a febre puerperal  que remataba en septicemia, e non existindo medios para combatila,  a morte era segura. Só un século máis tarde, no 1847, o médico húngaro Ignacio Semmelweis determinou a orixe infecciosa da febre puerperal ao comprobar que a hixiene reducía a mortalidade. Os  antisépticos tardarían aínda 20 anos máis en descubrirse, sendo en 1867 cando o escocés Joseph Lister usou por primeira vez a antisepsia na ciruxía. De calquera xeito, estes adiantos non se xeneralizarían ata o século seguinte. De non haber maiores complicacións, comezaba o posparto con fregas de aceite por fóra da barriga e pocións ou tisanas por dentro, para sandar presto, que había que atender á habenza.

Ao recén nado ceñíaselle todo o corpo con lenzos de liño apretados e vendábaselle a cabeza coma unha momia, pensando que deste xeito evitaríanselle deformacións e contaxios, desenvolvéndoo, no mellor dos casos, unha vez ao día para limpalo, que non lavalo. A lactancia materna alongábase  ata os dous anos, aínda que aos poucos meses xa se lle alternaba o peito con papas de centeo ou millo e outros alimentos previamente mastigados pola nai. Segundo Vicente Risco, algunhas nais tamén lle daban viño, para que criasen boa cor. De írselle o leite a nai, adoitábase acudir ao dunha nai veciña, e de non ser posible, utilizábase o leite da vaca. A mortalidade infantil no primeiro ano de vida era dun 25% e case sempre por falta de hixiene e mala lactancia. Para o Padre Sarmiento, a causa destas mortes prematuras eran  as vexigas (variola) e as lombrigas.

Esta situación, xunguida a outros factores, mantiña no nacemento un  promedio de esperanza de vida entre os  30 e 40 anos.  Aos neonatos superviventes agardábaos  a variola e o tifo, para as que non existía tratamento, e que ao longo  do século XVIII elevou a taxa de mortandade infantil  a un 35%. Os pais tiñan asumido que un de cada tres fillos non sobreviviría e cando se producía a traxedia, todo Parderrubias  trataba de consolarse sabendo que tiñan “un anxiño no ceo”, e ata as campás da igrexa repicaban a gloria. A porcentaxe de mortandade infantil foi diminuindo co transcurso do tempo, pero, segundo Sierra Freire,  entre 1936 e 1950 aínda ascendía ao 9,79% [https://aparroquiadeparderrubias.wordpress.com/2016/02/13/aquel-parderrubias-de-la-posguerra/].

A morte non era allea a ningunha idade, pero superada a infancia e a pubertade, as esperanzas de vida aumentaban  considerablemente, e aínda que outras enfermidades, a dureza dos traballos, a fame, fríos, molladuras, etc. conseguían esgota-los azos e forzas,  facendo vella  a moita xente antes dos 30 ou 40 anos, tiñan posibilidade de chegar a cumprir 60, se ben, os sesaxenarios só supuñan a terceira parte dos nacidos.

A ausencia de calquera censo impídenos coñece-la taxa de morbidade naquela época en Parderrubias, e nin sequera o Rexistro Parroquial de Defuncións, sendo a fonte máis próxima a esta realidade, nos permite determina-las verdadeiras causas da morte, pola falta de referencias.  Así e todo, sabemos que a taxa era alta e que as principais causas non diferían das doutras poboacións da zona, sendo a máis frecuente e mortal, co 80% dos decesos, as infeccións contaxiosas ocasionadas polos andazos, a pobre alimentación, a mala hixiene e a pésima salubridade. Tales eran a cólera, o sarampelo, a variola, o tifo, a escarlatina, a difteria, a tuberculose, etc. A elas había que engadirlle-las non contaxiosas, coma os partos, os accidentes laborais, gangrenas, reumas, artroses, etc.

Neste tremendo desamparo sanitario vivían,  convivían ou  sobrevivían  os nosos devanceiros de Parderrubias, nunha época de grande atraso e subdesenrolo, que os obrigou  a  acudir a prácticas sandadoras só entendibles dentro do contexto histórico-social que lles tocou vivir, pero que detrás delas subxacía un extraordinario espírito de superación fronte ás adversidades, unha  enorme capacidade de sufrimento e resistencia para sobrelevalas e unha impasible resignación ante o irremediable, virtudes que forman parte das señas de identidade da nosa memoria histórica.


VERSIÓN EN CASTELLANO

Nota. Este artículo aparece publicado más arriba en su versión original en gallego.

Parderrubias: higiene y sanidad en el siglo XVIII. Por Avelino Sierra Fernández

Es evidente que, conforme al connatural avance de la Humanidad, las cotas de bienestar que actualmente ostenta Parderrubias, disminuyen ostensiblemente a medida que retrocedemos en el tiempo. Retrotrayéndonos a mediados del siglo XVIII, observamos que las condiciones de vida de nuestros antepasados, hace un cuarto de milenio, no son equiparables a las de la generación actual. Aunque carecemos de la documentación precisa y necesaria para conocer con minuciosidad las circunstancias en que vivían nuestros antecesores en aquella época, es seguro que, no siendo peores que las del resto del Coto feudal al que pertenecían, de ningún modo eran mejores. En este sentido, basando nuestro estudio en las condiciones dominantes de la naturaleza y espacio físico de la Parroquia y Coto, en el inalterable sistema agropecuario vivido por los vecinos, en el permanente régimen foral al que estuvieron sometidos desde la Edad Media hasta el siglo XIX, así como en la historia sociológica rural, registros parroquiales y certificaciones catastrales relativas a este feudo, podemos acercarnos con el rigor necesario a la realidad vivida en Parderrubias hace unos 250 años en el aspecto higiénico-sanitario.

La higiene

Cuando en la actualidad,  la higiene, el aseo y la limpieza son prácticas casi obsesivas con la utilización de miles de productos y útiles para todo tipo de aplicaciones y tratamientos, cuesta creer que tales hábitos, básicos para la salud, fueran inusuales, por no decir inexistentes, para nuestros antepasados hace dos siglos y medio. En el año 1750, el concepto de higiene era radicalmente diferente, por no decir contrario, al que tenemos actualmente. El aseo y la limpieza, tanto personal como pública, estaban condicionados por la precariedad de medios y por el pensamiento equivocado sobre la influencia negativa de ciertas prácticas en la salud. En Parderrubias, no existía canalización alguna de agua, siendo las necesidades escasamente cubiertas por fuentes, pozos y ríos que llegaban al estiaje en verano. Entre las primeras hemos de citar A Fonte do Outeiro, Fonte do Cano, Fonte da Saúde, Fonte de Currás, Fonte da Abella, Fonte da Cerva, Fontelas, Fonteiriña y Val das Fontes, todas ellas manantiales naturales  alejados de los poblados.

My beautiful picture
Fonte do Cano

Tampoco existían alcantarillados de residuos, excepto corrientes superficiales de purín del estiércol, formando pestíferas y hediondas charcas estancadas en los patios y caminos. Aunque nos produzca asombro, cualquier servicio de baño o retrete público o privado, o cualquier costumbre general de higiene, ni existían ni se echaban en falta. Con toda seguridad, muchos de los campesinos no conocieron nunca el jabón ni vieron su cara en un espejo. Todas las personas, de la condición que fueran, no reparaban en aliviar sus vientres donde se hallaran, eso sí, procurando cierta intimidad dentro de lo posible, y los vecinos convivían con las deyecciones humanas en cualquier camino o esquina, o mismo delante de casa, mixturados con las boñigas de las vacas. Estando en casa, durante el día era habitual relajar los esfínteres en una esquina de la cuadra, ayudando a hacer estiércol. Las deposiciones hechas por la noche dentro de casa, en las bacinillas, se derramaban por la mañana en el camino sin reparo alguno, procurando que la pendiente del terreno las alejara un paso de la puerta, hasta que los animales sueltos o un chaparrón de lluvia mitigaran tal inmundicia. La situación se aligeraba en algunos casos, cubriendo el patio o camino de tojos.

Para la limpieza y aseo personal, perduraba el pensamiento de la medicina medieval, según el cual, el baño frecuente perjudicaba seriamente la salud, porque el agua dilataba la piel, abriendo los poros que quedaban expuestos a la entrada de aires malsanos. Llegaba a creerse, incluso, que una buena capa de mugre o roña protegía al cuerpo contra las enfermedades. Por esta razón, el baño estaba desaconsejado, reduciéndose la limpieza corporal a lavar únicamente las partes expuestas a la vista de los demás: las manos y la cara. El resto del cuerpo se sometía a una limpieza en seco, frotando la mugre con un lienzo seco o ligeramente húmedo. Tan sólo, fortuitamente, podían chapotearse en el río a escondidas, una vez al año, o en una  tinaja o palangana   dentro de casa, en cuyo caso la misma agua era compartida por varios miembros de la familia. La ropa se cambiaba una vez al mes, y excepcionalmente a la semana, salvo la camisa que en ocasiones podía mudarse con más frecuencia. A los recién nacidos, por considerarle sus cuerpos más porosos que los de los adultos, y por lo tanto más propensos a la entrada de aires malsanos, los protegían contra las supuestas infiltraciones, embadurnándoles la piel con grasa, ceniza, sal, etc., envolviéndolos luego con lienzos de lino y, por supuesto, sin lavarlos hasta que crecieran. Un ejemplo elocuente lo tenemos en el Rey de Francia, Luis XIII, que tras lavarlo después de nacer, tardaron siete años en volver a hacerlo. Esta mugre endémica era el mejor aliado para la proliferación de piojos, liendres y ácaros, por lo que despiojarse mutuamente era una de las actividades familiares y sociales más comunes, que en los más jóvenes se sustituía por rapados integrales.

3.Hixiene-Higiene

Paradójicamente, los dientes eran objeto de ciertos cuidados, conscientes de que cuando se pudrían tenían que arrancarlos a sangre fría entre espantosos dolores, quedando las encías vacías para el resto de sus vidas. Era, pues, costumbre el limpiarlos, frotándolos con un paño y ceniza. En algunos lugares perduraba aun el antiguo hábito de enjuagarlos después con su propia orina, ya que su alto contenido en amoníaco, cosa que ignoraban, favorecía la limpieza. Fuera como fuera, lo normal era la gente mayor desdentada, con constantes dolores de muelas y graves abscesos faciales. De la halitosis, que cada cual juzgue.

Fue un siglo después, en el año 1860, con el descubrimiento de la microbiología por Louis Pasteur, cuando comenzaron a desaparecer los recelos  sobre el lavado y a considerar que la limpieza podía ser preventiva de los gérmenes alojados en la piel y ropa sucia, comenzando así la normalización de los baños integrales. Seguramente fue por esta razón que el Preceptor del Futuro Rey de España, Alfonso XII (1857-1885), recomendaba a éste cuando era Príncipe: “Lávate los pies una o dos veces al mes”. Un asombroso avance con respecto al citado Luis XIII en la época anterior. Sin embargo pasarían aun muchas décadas para que las nuevas prácticas de limpieza se generalizaran.

Nos ayudará a comprender la situación descrita el saber que faltaban 185 años para la llegada de la primera agua corriente a la capital de Ourense (1935), tardando aun muchos lustros en ser instalada en las casas. Parderrubias dispuso del primer grifo y depósito de agua en la Aldea, en la década de 1960. Y fue por aquellos años cuando el Obispo de Orense, Ángel Temiño Sáiz, le negó aun la autorización al entonces Párroco Don José Manuel Fernández Rúas, para hacer un cuarto de baño en la rectoral, por considerarlo un lujo terrenal, tal como informa Outumuro Seara [https://aparroquiadeparderrubias.wordpress.com/2015/10/10/e8-don-jose-manuel-fernandez-ruas-impulsor-de-la-modernidad-de-parderrubias-por-manuel-outumuro-seara/]. Los Párrocos de Parderrubias, igual que sus feligreses, llevaban toda la vida vertiendo sus necesidades en la cuadra y, al parecer, el Prelado no veía razón para cambiar tal costumbre.

La sanidad

No es difícil describir la situación sanitaria de Parderrubias en los tiempos referidos, ya que entonces no existía servicio sanitario alguno, ni personal mínimamente apto para ejercerlo. En ninguna de las parroquias que actualmente constituyen el Concello de A Merca existía Médico, Cirujano Sangrador, Boticario ni Botica alguna. En toda la provincia orensana, sólo localizamos siete médicos ejerciendo en el año 1750 (tres en Orense, dos en Ribadavia, uno en Allariz y otro en Verín), y once Boticarios (cuatro en Orense, tres en Ribadavia y uno en las poblaciones de  Allariz, Vilanova dos Infantes, Gomesende y Verín). A estos siete galenos se le supone formación en las Escuelas de Medicina, pero el retraso de la ciencia médica era manifiesto. Aun a principios del siglo XIX, un médico podía estar manipulando todo el día heridas de enfermos, pasando de unos a otros sin lavarse las manos, pues las causas microbiológicas de las infecciones eran totalmente desconocidas. En todo caso, los servicios de estos escolapios eran inaccesibles para el común de los mortales, pues, aparte de ser muy pocos, la asistencia sanitaria era privada y estaban dedicados casi exclusivamente al personal del Obispado, Cabildos y Conventos de las zonas donde ejercían. Médicos al margen, quedaba la posibilidad de acudir, en caso desesperado, a alguno de los barberos cirujanos o sangradores existentes en las comarcas cercanas. Localizamos 11 en Ourense, nueve en Ribadavia, cuatro en Allariz y Entrino, tres en Bande y Verín, dos en Sobrado del Obispo, San Ciprián de Viñas y Castro Caldelas, y uno en Vilanova dos Infantes, Maceda, Xinzo de Limia, Lovios, Calvos de Randín, Gomesende y Esgos. Todos ellos, con nula formación académica y tan sólo con cierta práctica rutinaria lograda al lado de un homólogo, realizaban servicios de sacamuelas, herniario, algebrista (huesos dislocados), flebotomiano (sangrador), etc. Cualquiera de estas intervenciones, con un ordinario instrumental reducido a tenazas, tijeras, navajas, cuchillos, descarnadores, sanguijuelas, y para de contar, era una auténtica atrocidad, con el agravante de no poder atajar el dolor, las hemorragias  o las  infecciones, porque la botica no tenía medios para luchar contra lo que se consideraba irremediable, ya que la narcosis y los antisépticos no se descubrirían hasta cien años después (1846 y 1867, respectivamente). Pero los vecinos de Parderrubias ni siquiera tenían a su alcance tal precariedad de servicios y medios, viéndose condenados a acudir a remedios caseros, a base de hierbas, pócimas y otros brebajes, muchos de ellos peores que la propia dolencia. Basta recordar la “herba do ayre” o “folla do ar” que, según Fray Sarmiento, se usaba en Ourense y sus pueblos:

“Llámase del ayre porque cuando un niño está malo de algún aire o vapor que lo envaró, le untan con la infusión de esta hierba o con ella misma… aplicada a un niño o hombre a quien haya hecho daño algún aire, le remedia por chupazón”.

4.Apócimas-Pócimas
Hierbas, pócimas y brebajes

También se valían de la propia orina, confiados de sus bondades contra quemaduras, llagas y otras lesiones, o de las telas de araña para cortar hemorragias y cicatrizar heridas, o de las lamidas del perro sobre úlceras o  llagas, siguiendo el ejemplo de la imagen de San Roque venerada en el retablo mayor de la iglesia de Santa Olaia de Parderrubias. Otra alternativa era recurrir a los amuletos que abundaban en las casas y a los que se les suponía propiedades que alejaban las desgracias y los influjos malignos. Los había de varias clases, profanos, religiosos, sanadores, ahuyentadores, etc. Entre los sanadores destacaban los cuernos del ciervo volante, la camisa de culebra y una serie de piedras (piedra de serpiente, de ponzoña, ojo de buey, etc.) utilizadas contra la ponzoña o venenos de serpientes, alacranes, salamandras, etc. Curiosamente, nuestro ilustre paisano Fray Jerónimo Feijoo, en sus “Cartas eruditas y curiosas” (1742-1760), destaca las supuestas virtudes de una de estas piedras, no sólo contra la ponzoña, sino también contra la peste de los carbúnculos, tumores, e incluso mordidas de perros rabiosos o lobos. Entre los amuletos para ahuyentar el mal estaban los ajos, la castaña de indias, el colmillo de cerdo o jabalí, la cornamenta del ciervo volante y los cuernos de los bóvidos, entre otros. Otra opción era acudir a algún hechicero que, por medio de ensalmos, conjuros y maleficios, le sacaran sus males. Después de todo esto, siempre quedaba acudir a las hierbas de San Juan, al Tarangaño (Piñor), a la Fonte da Saúde (Parderrubias), Fonte Santa (As Marabillas) o a la Fonte dos Ollos (As Marabillas y Olás). A pesar de la singularidad de dichas prácticas, la prudencia no debe permitirnos desechar la posibilidad de una eventual efectividad si el enfermo acudiera a ellas con grandes dosis de fe. Cuando todo fallaba, que era lo más natural, sólo quedaban los recursos sobrenaturales: imágenes de santos, medallas, estampas, escapularios, exvotos y promesas de peregrinar a los Santuarios de O Cristal (devoción desde 1630),  A Armada (desde 1641),  As Marabillas (desde 1646),  San Munio de Veiga, A Bola (desde el siglo X), San Benito de Coba de Lobo (¿desde el siglo XIII?),  Os Milagres (desde el siglo XIII), etc. Y la verdad es que tales medios debieron ser bien milagrosos para que nuestros devotos abuelos, en una situación tan desvalida, viviendo entre animales, estiércol y purín, llenos de hambre y frío, mal vestidos y peor calzados, invadidos de pestes, epidemias y pandemias, sin médicos ni medicinas, sobrevivieran a tanta adversidad.

5.Amuletos
Amuletos profanos
6.Relixiosidade-Religiosidad
Amuletos religiosos

Mención aparte nos merece el parto. El concepto de natalidad cambió tanto que es difícil comprender las condiciones que se daban en este particular hace 250 años. Comenzaremos por decir que la futura madre se daba cuenta de su estado de gravidez por los mismos síntomas del embarazo actual, suspensión de menorrea, aparición de efélides, vómitos, etc. Esta circunstancia no alteraba para nada su vida cotidiana. Durante la gestación, no había por qué mejorar la higiene y seguía realizando las mismas tareas en casa y los mismos trabajos en el campo hasta el mismo momento del parto, pues se creía que tales faenas ayudaban al desarrollo del embrión. El alumbramiento se producía siempre en casa, a no ser que alguna circunstancia lo impidiera, pues se daban casos en que la parturienta, a causa del ejercicio ininterrumpido, paría en solitario, estando lavando en el río o sachando el maíz. Siendo en casa, la parturienta era atendida por una familiar o vecina que solía tener práctica en estas lides, como eran friegas, presiones en el vientre o introducir la mano hasta el útero para ayudar a la extracción de la placenta o del propio feto. Estas maniobras podían ir acompañadas tanto de canciones o preces, como de exclamaciones alusivas a la salida de la criatura a este mundo, o de gritos y alaridos de la madre para ayudar a la expulsión. También se requerían distintas posturas de la puérpera, poniéndose de pie, de rodillas, en cuclillas, sentada, e incluso dando pequeños botes o saltando desde un banco. Con tales técnicas, las cosas no solían acabar bien, y las distocias maternas o fetales y las infecciones, a menudo eran irreversibles. En la madre era frecuente que sobreviniera la fiebre puerperal que acababa en septicemia, y no existiendo medios para combatirla, la muerte era segura. Sólo un siglo más tarde, en 1847, el médico húngaro Ignacio Semmelweis, determinó el origen infeccioso de la fiebre puerperal al comprobar que la higiene reducía la mortalidad. Los antisépticos tardarían aun 20 años más en descubrirse, siendo en 1867 cuando el escocés Joseph Lister usó por primera vez la antisepsia en la cirugía. De cualquier forma, estos adelantos no se generalizarían hasta el siguiente siglo. De no haber mayores complicaciones, comenzaba el posparto con friegas de aceite por el exterior del vientre y pociones o tisanas por dentro, para sanar pronto, que había que atender la hacienda.

Al recién nacido se le ceñía todo el cuerpo con lienzos de lino apretados y se le vendaba la cabeza como a una momia, pues se pensaba que de esta forma se le evitarían deformaciones y contagios, desenvolviéndolo, en el mejor de los casos, una vez al día para limpiarlo, que no lavarlo. La lactancia materna se alargaba hasta los dos años, aunque a los pocos meses ya se le alternaba el pecho con las papas de centeno o maíz y otros alimentos previamente masticados por la madre. Según Vicente Risco, algunas madres también le daban vino, para que criase buen color. De no tener leche la madre, se acudía al de alguna madre vecina, y de no ser posible, se utilizaba leche de vaca. La mortalidad infantil en el primer año de vida era de un 25% y casi siempre por falta de higiene y mala lactancia. Para el Padre Sarmiento, la causa de estas muertes prematuras eran las “vexigas” (viruela) y las lombrices.

Esta situación, unida a otros factores, mantenía en el nacimiento un promedio de esperanza de vida entre los 30 y 40 años. A los neonatos supervivientes les esperaba la varicela o el tifus, para las que no existía tratamiento, y que a lo largo del siglo XVIII elevó la tasa de mortalidad infantil al 35%. Los padres tenían asumido que uno de cada tres hijos no sobreviviría, y cuando se producía la tragedia, todo Parderrubias trataba de consolarse sabiendo que tenían “un angelito en el cielo”, y hasta las campanas repicaban a gloria. El porcentaje de mortalidad infantil fue disminuyendo con el transcurso del tiempo, pero, según Sierra Freire entre 1936 y 1950 aun ascendía al 9,79% [https://aparroquiadeparderrubias.wordpress.com/2016/02/13/aquel-parderrubias-de-la-posguerra/].

La muerte no era ajena a ninguna edad, pero superada la infancia y la pubertad, las esperanzas de vida aumentaban considerablemente, y aunque otras enfermedades, la dureza de los trabajos, el hambre, el frío, las mojaduras, etc. conseguían agotar los ánimos y las fuerzas, haciendo vieja a mucha gente antes de los 30-40 años, tenían posibilidad de llegar a cumplir 60, si bien los sexagenarios sólo suponían la tercera parte de los nacidos.

La ausencia de cualquier censo nos impide conocer la tasa de morbilidad en aquella época en Parderrubias y ni siquiera el Registro Parroquial de Defunciones, siendo la fuente más próxima a esta realidad, nos permite determinar las verdaderas causas de muerte, por la falta de referencias. Así y todo, sabemos que la tasa era alta y que las principales causas no diferían de las de otras poblaciones de la zona, siendo la más frecuente y mortal, con el 80% de los decesos, las infecciones contagiosas ocasionadas por las epidemias, la pobre alimentación, la mala higiene y la pésima salubridad. Tales eran el cólera, el sarampión, la varicela, el tifus, la escarlatina, la difteria, la tuberculosis, etc. A ellas había que añadirle las no contagiosas, como los partos, accidentes laborales, gangrenas, reumas, artrosis, etc.

En este tremendo desamparo sanitario vivían, convivían o  sobrevivían   nuestros antepasados de Parderrubias, en una época de gran atraso y subdesarrollo, que les obligó a acudir a prácticas curativas sólo comprensibles dentro del contexto histórico-social que les tocó vivir, pero que detrás de todas ellas subyacía un extraordinario espíritu de superación frente a las adversidades, una enorme capacidad de  sufrimiento y resistencia para sobrellevarlas y una impasible resignación ante lo irremediable, virtudes que forman parte de las señas de identidad de nuestra memoria histórica.

E27. La manufacturación del lino en Parderrubias. Por Avelino Sierra Fernández

E27. La manufacturación del lino en Parderrubias. Por Avelino Sierra Fernández

Como complemento al artículo publicado sobre las tejedoras de Parderrubias [véase https://aparroquiadeparderrubias.wordpress.com/2016/01/09/e18-las-tejedoras-de-parderrubias-por-avelino-sierra-fernandez/], Avelino Sierra Fernández describe en este nuevo trabajo el laborioso proceso que exigía la manufacturación del lino en Parderrubias.  El proceso completo exigía 16 tareas, las cuales en este nuevo documento son perfectamente ilustradas y visualizadas gracias al relevante material fotográfico aportado.

Gracias Avelino.

Juan Carlos Sierra Freire

Notas. (1) Este artículo aparece publicado en su versión original en gallego y justo a continuación el lector encontrará una versión en castellano. (2) Los objetos que aparecen fotografiados en este artículo pertenecen a la colección privada de Avelino Sierra Fernández.


A manufacturación do liño en Parderrubias. Por Avelino Sierra Fernández

Parderrubias, tal como quedou constatado no traballo deste Blog “As tecedeiras de Parderrubias” (https://aparroquiadeparderrubias.wordpress.com/2016/01/09/e18-las-tejedoras-de-parderrubias-por-avelino-sierra-fernandez/), mantivo en tempos pasados unha secular tradición textil. Esta Parroquia, xa no ano 1752, era a principal productora de liño da municipalidade da Merca, cunha superficie cultivada de 110 ferrados  (7 hectáreas), e a primeira na súa manufacturación, con 32 tecedeiras e outros tantos obradoiros. Pero na década dos anos cincuenta do pasado século, ante os adiantos tecnolóxicos da Revolución Industrial, as últimas tecedeiras que quedaban deixaron de exercer esta actividade artesanal, ata entón tan común como esencial na vida dos nosos ascendentes. No recordo de cantos  daquela eramos púberes, están aínda Ángela Fernández (a Tía Ánxela da Carreira) e maila súa filla María Grande; María Outumuro (María da tía Antonia), ao lado da  igrexa; Pepa Rodríguez, na Manadela; María Fernández e as irmás Pepa e María Outumuro, en Barrio; e Sara González (Sara da Canella), no Outeiro. Delas, gardo na miña memoria imaxes, reseñas e comentos verbo do procedemento do cultivo e tratamento  do liño, que agora me son de grande utilidade para este traballo. Máis recentemente, algunhos herdeiros das devanditas tecedeiras, que foron testemuñas presenciais dos seus labores, aportáronme pormenores sobre o particular, para min descoñecidos. Toda esta información, contrastada e ampliada coa documentación disponible, xa referenciada  no traballo deste Blog antes citado, e complementada coa mostra dos principais aveños utilizados nas súas enleadas tarefas, permítennos dar a ceñecer con grande fiabilidade os  usos e costumes do cultivo e manufactura do liño polos nosos devanceiros de Parderrubias.

O proceso duraba todo a ano. A sementeira facíana entre abril e maio e a recolleita entre xullo e agosto. Durante os meses de outono, realizaban unha chea de endeitas para transformar o liño bruto en finas estrigas, listas para fiar. Todo o inverno, pasábano fiando, e entre abril e maio, branqueando o fío, para comezar a tecer no tear entre xuño e xullo. Estas eran as 16 angueiras a desenvolver.

  1. A sementeira

Sementaban a liñaza a voleo, en leiras preferentemente chas, de regadío, ben estercadas, labradas e achanzadas coa grade ou con anciños. Procuraban sementalo ben basto para que, medrando máis fino, tivera menos casca leñosa. A proporción da semente viña sendo de dous  ferrados de liñaza (28  litros) por cada ferrado de superficie (628,9 metros cadrados).Tras atuí-la semente, sucaban a terra con varios regos por onde correría despois a auga da rega. Unha vez nacido, procuraban mondalo de cando en vez e regalo a miúdo. As últimas plantacións existentes de liño, foron as cultivadas pola tía Ánxela na súa tapada da Chousiña, na marxe esquerda do río, regadas polo seu caudal.

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A sementeira
  1. A arriga

Entre xullo e agosto, cando o liño amareleaba, arrigábano de raíz, coas mans e con moito mimo, sacudíndolle-la terra contra os chancos e  póndoo en gavelas, para proceder logo a ripalas (quitarlle a semente) ou atalas cun vincallo, facendo móllos para carrexalo e realiza-la ripa na casa. A miúdo, soía ser unha angueira colectiva, de balde e recíproca entre os veciños.

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A arriga
  1. A ripa

Arrigado o liño, procedían á ripa, operación que consistía en pasa-los mañizos polos dentes do ripo para extraérlle-lo froito coa semente. Este púñano logo ao sol para que, abríndose a bagaña (casula), soltara a semente (liñaza), que tras ventala, era reservada para a sementeira do seguinte ano e para remedios caseiros que aliviaran as doenzas mediante mucilaxes de cataplasmas e outras aplicacións.

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A ripa
  1. O empozado

Esta fase  consistía en asulaga-los móllos de liño nalgunha encorada de calquera dos ríos ou  regatos, ou nunha poza calquera, durante 8 ou 9 días, co fin de que se desprendera a febra da parte leñosa. Para evitar que os arrastrara a corrente río abaixo, adoitaban porlle unhos coios por arriba.

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O empozado
  1. A seca

Sacados os móllos do río, levábanos a asollar á eira ou a unha chaira, onde os extendían ao sol, procurando darlle-la volta de cando en vez, ata que secaran ben. Logo enfeixábanos  novamente  e levábanos para a casa.

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A seca
  1. A maza

Esta operación consistía en mallar ben cada mañizo de liño para rompérlle-la tasca (casca) ata separala da febra interior. Para ilo dispuñan cada presa de liño sobre o mazadoiro (unha lousa de pedra ou un cepo liso) e de seguido golpeábano duramente co mazo (rebolo de madeira). Nos últimos tempos inventouse a gramadoira que simplificaba un pouco este traballo, pero non temos constancia de que se empregara en Parderrubias.

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A maza
  1. A espadela

Esta tarefa tiña a finalidade de eliminar os tomentos, arestas ou tascos (cascas) que quedaran soltas despois do mazado. Para conseguilo, colocaban un mañizo de liño mazado encol do gume do espadeleiro (táboa en forma de T invertida), para despois golpealo de refilón coa espadela (especie de machete de madeira), ata deixa-la febra magra. Adoitaba ser un traballo feminino, colectivo, de balde e recíproco, en xuntanzas de mulleres espadeleiras nun pendello ou  palleira durante a noite.

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A espadela
  1. A tasca

Para eliminar definitivamente calquera tasco (casca) restante, fretaban ou deluvaban o liño contra o bisel do tascón ou relo, especie de espada de madeira introducida verticalmente no extremo dun banco. Este traballo soía  facerse na mesma xuntanza da espadela. As casas que carecían deste apeiro, deluvaban o liño fretándoo coas mans  contra unha pedra, coma cando se lavaba a roupa.

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A tasca
  1. A aseda

Libre xa da parte leñosa, a febra necesitaba afinarse e volverse sedosa. Para ilo cardábana, pasando cada presa varias veces polo restrelo  (táboa horizontal con cravos verticais). Con esta tarefa sacaban tres tipos de febras, unha grosa (cabezos), outra mediana (estopa) e finalmente o liño fino. Con cada presa asedada facían unha estriga, manela, cerro ou rocada, porción lista para suxeitar na roca e ser fiada. As estrigas gardábanse en atados chamados afusais, de 36 unidades cada un.

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A aseda
  1. O fiado

Esta era unha fase que requería especial habelencia. Realizábana mediante dous instrumentos primitivos pero senlleiros: a roca e o fuso. A primeira podía ter formas variadas, pero en xeral consistía nunha vara de madeira ou cana, de 80 ou 90 centímetros de longa, co extremo superior avultado (roquil) para soster o cerro do liño. O fuso era un instrumento fusiforme de unhos 28 centímetros, de madeira torneada, cun extremo aguzado e no outro, un contrapeso (fusaiola) ou abultamento (rodela, cagalla ou torteira). A súa función era a de xirar sobre si, facendo de lastre das febras suxeitas na amosega ou estría da parte superior (osca), mentres se ían retorcendo cos xiros, configurando deste xeito o fío. Posto o cerro na roca, apoiaban esta na cintura, coa parte superior no antebrazo esquerdo, quedando así libre esta man para ir extraendo e dosificando a febra. Cos dedos da man dereita, de forma habelenciosa, impulsaban os xiros do fuso, para retorcer o fío. Este, así retorcido, íano envolvendo no eixe do fuso ata lograr unha mazaroca, que finalmente extraían pola parte estreita do fuso, para trasladar ao sarillo.

Aínda que calquera acougo na casa, a garda do gando no monte ou a espera na moenda, eran aproveitados para fiar, soíanse facer xuntanzas chamadas fiadeiros, nas longas e frías noites do inverno, nun pendello, nunha palleira ou mesmo nunha corte, ao tépedo ambiente das vacas e ao amparo da lánguida luz dun candil de graxa. Neles, a ritmo de fuso, parolábase, cantábanse cantigas e contábanse historias, chismes, adiviñas e contos. Os mozos non fiaban, pero acudían para troulear na xolda.

A utilización da roca e do fuso, era en Parderrubias un traballo de xénero. O fiado era unha tarefa exclusiva das mulleres, pois estaba considerado coma un labor apropiado ás habelencias, mañas e xeito femininos. Fiar con roca e fuso era, xa que logo, unha parte das angueiras que toda muller  tiña, polo mero feito de selo.

Un costume peculiar das fiadeiras era humedecer o fío con cuspe, a medida que o ían estirando, para darlle textura, labor que facían mollando os dedos na lingua, ou coa lingua directamente no fío. De ahí a cantiga:

Quen me dera se-lo liño

que vos na roca fiades.

Quen me dera tantos bicos

como vos ao liño dades.

Non contamos con referencia algunha sobre a cantidade  de fiadeiras  de liño en Parderrubias, pero considerando a chea de tecedeiras das que deixamos constancia no traballo “As tecedeiras de Parderrubias” (https://aparroquiadeparderrubias.wordpress.com/2016/01/09/e18-las-tejedoras-de-parderrubias-por-avelino-sierra-fernandez/), é lóxico pensar que difícilmente quedaría casa onde non se fiase.

Tampouco temos constancia da utilización en Parderrubias do torno de fiar, en lugar do fuso e roca, pero cabe tal posibilidade, por ser frecuente o seu uso nas mesmas  datas en zonas achegadas.

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O fiado
  1. O ensarillado

O liño recén fiado tiña unha cor cincenta que era mester branquear o máis posible. Para iso non tiñan outro remedio que transforma-as mazarocas conseguidas no fuso en meadas (madeixas), para despois branquealas. Para esta función contaban co sarillo, un apeiro de brazos en forma de X, que por medio do  xiro vertical das súas aspas, ía desembeleñando as mazarocas e dándolle forma de madeixa. Era unha angueira propia das mulleres.

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O ensarillado
  1. O branqueo

O branqueo era tal vez o labor máis ingrato de todo o proceso. Aínda que os métodos podían variar lixeiramente, o máis común era mete-las meadas durante 3 ou 4 días, nunha pota chea dunha especie de lixivia fervendo. Chamábanlle lixivia a unha mestura dun balde de auga con tres grandes pratos de cinza de carballo, tras fervela durante media hora. Despois lavaban e secaban as meadas varias veces, e repetían a función da lixivia cos seus respectivos lavados e secados as veces que fora. Finalmente extendían ou penduraban as meadas durante 6 ou 8 días, batuxándoas con auga de cando en vez. Senón acadaran a brancura desexada, volta a comezar a bogada descrita. Nalgunhas casas, engadíanlle tamén ósos e couselos á mestura.

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O branqueo
  1. O debanado

Este labor consistía en pasa-las meadas a novelos, utilizando un apeiro denominado debanadoira, un armazón de aspas horizontais con chuzos verticais que xirando arredor, segundo tiraban do fío, ían desembeleñando éste, mentres coas mans envolvíano facendo un novelo. A miúdo,  suplíanse as aspas de tal aveño polos brazos dos homes.

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O debanado
  1. O canelado

Antes de comezar  co tear, era preciso prepara-los fíos para a trama e para a urdime, mediante as operacións de canelado e urdido. A primeira delas consistía en axeita-las canelas (canas con fío embobinado). Isto conseguíano por medio do caneleiro, aparello que variaba dunhas casas a outras. A canela metíana logo dentro da lanzadeira do tear, unha caixiña ovalada de madeira, que logo utilizaban durante o tecido.

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O canelado
  1. O urdido

Esta función tiña a finalidade de prepara-la urdime, é dicir, dispor paralelamente os fíos que logo se montarían horizontalmente no tear, para proceder a tece-lo lenzo ou pano correspondente. Para esto, utilizábase a urdideira, que viña a ser coma unha debanadoira grande, arredor da que se ía suxeitando a restra de fíos, que despois cortaban á medida do tecido desexado.

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O urdido
  1. O tecido

Era a derradeira operación do longo proceso e a máis complexa e laboriosa de todas. Desenvolvíase no tear, o aparello máis interesante de tódolos pertrechos.  Consistía nunha estructura artesanal de madeira, de forma cúbica, con catro pés, que sostiña a un conxunto de pezas diversas. Na plataforma, a tecedeira colocaba a urdime, tensa e suxeita a ambolosdous lados. Mediante dous pedais (premedeiras), elevaba e baixaba os fíos alternos, quedando cada vez unha abertura entre eles (a calada), a través da cal ía pasando transversalmente a lanzadeira coa canela de fío, que ía apretando co pente, con ritmo acompasado e monótono, logrando así a trama.

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O tecido

Estes eran os 16 pasos de estricto cumprimento dos nosos antepasados de Parderrubias, na súa arela de procura-los indispensables panos ou lenzos ordinarios, para confeccionar despois as sabas, xergóns, toallas, chambras, mandiles, cirolas, camisóns, etc.)  e tamén colchas, con mestura de liño e lá. E a eles estaban condenadas as familias, polo menos ata consegui-los novelos de fío para o tear. Calquera desleixo neste eido estaba considerado coma unha irresponsabilidade, que a sabiduría popular reprobou  musicalizando o rechouchiar das anduriñas tralo retorno da súa invernación no outro hemisferio, e que todos cantabamos de pequenos:

  Fun a mar e vin da mar,

  té-la tea por fiar,

  ¿Qué fixeches, truaniña?

  ¿Qué fixeches? ¡Truanarrrrr!

 


VERSIÓN EN CASTELLANO

Nota. Este artículo aparece publicado más arriba en su versión original en gallego.

La manufacturación del lino en Parderrubias. Por Avelino Sierra Fernández

Parderrubias, tal como quedó constatado en el trabajo “Las tejedoras de Parderrubias”, publicado en este Blog (https://aparroquiadeparderrubias.wordpress.com/2016/01/09/e18-las-tejedoras-de-parderrubias-por-avelino-sierra-fernandez/), mantuvo en tiempos pasados una secular tradición textil. Esta  Parroquia, ya en el año 1752, era  la principal productora de lino de toda la municipalidad de A Merca, con una superficie cultivada de 110 ferrados (7 hectáreas), y la primera en manufacturación, con 32 tejedoras y otros tantos talleres. Pero en la década de los años cincuenta del pasado siglo, ante los avances tecnológicos de la Revolución Industrial, las últimas tejedoras que quedaban dejaron de ejercer esta actividad artesanal, hasta entonces tan común como esencial en la vida de nuestros ascendientes. En el recuerdo de cuantos entonces éramos púberes, quedan aún Ángela Fernández (Tía Ánxela da Carreira) y su hija María Grande; María Outumuro (María da Tía Antonia), al lado de la iglesia; Pepa Rodríguez (Pepa da Manadela); María Fernández y las hermanas Pepa y María Outumuro, en Barrio; y Sara González (Sara da Canella), en O Outeiro. De ellas, guardo en mi memoria imágenes, reseñas y comentarios acerca del procedimiento del cultivo y tratamiento del lino, que ahora me son de gran utilidad para este trabajo. Más recientemente, algunos herederos de las citadas tejedoras, que fueron testigos presenciales de sus labores, me aportaron pormenores para mí desconocidos. Toda esta información, contrastada y ampliada con la documentación disponible, ya referenciada en el trabajo de este Blog antes citado, y complementada con la muestra de los principales aperos utilizados en sus intrincadas tareas, nos permiten dar a conocer con gran fiabilidad los usos y costumbres del cultivo y manufactura del lino por nuestros antepasados de Parderrubias.

El proceso duraba todo el año. Hacían la siembra entre abril y mayo, recogiendo la cosecha entre julio y agosto. Durante los meses de otoño, realizaban una serie de faenas para transformar el lino bruto en finas estrigas, listas para hilar. Todo el invierno lo pasaban hilando, y entre abril y mayo, blanqueando el hilo, para comenzar a tejer en el telar entre junio y julio. Estas son las 16 fases que componían todo el proceso.

  1. Siembra

Sembraban la linaza a voleo, en tierras de labradío preferentemente llanas, de regadío, bien abonadas, labradas y allanadas con grada o rastrillos. Procuraban sembrarlo espeso para que, creciendo fino, tuviera menos cáscara leñosa. La proporción de semilla acostumbraba ser de unos dos ferrados de linaza (28 litros) por cada ferrado de superficie (628,90 m2). Tras enterrar la semilla, surcaban la tierra con varios surcos por donde correría después el agua del riego. Una vez nacido, procuraban escardarlo de vez en cuando y regarlo con frecuencia. Las últimas plantaciones de lino en Parderrubias fueron las cultivadas por la Tía Ánxela en su Tapada de A Chousiña, en el margen izquierdo del río, regadas con sus aguas.

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Siembra
  1. Recogida

Entre julio y agosto, cuando el lino comenzaba a amarillear, lo arrancaban de raíz con las manos y con mucho cuidado, sacudiéndole la tierra contra los zuecos y poniéndolo en gavillas, para extraerle luego la semilla, o atarlas en haces con una verga para acarrearlo y realizar esta operación en casa. A menudo, solía ser un trabajo colectivo, gratuito y recíproco entre los vecinos.

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Recogida
  1. Ripa

Arrancado el lino, procedían a la ripa, operación que consistía en pasar los manojos de lino por los dientes del ripo para extraer el fruto con las semillas. Este era puesto al sol para que, abriéndose la  cápsula (bagaña), soltara la semilla (linaza), que tras aventarla era reservada para la siembra del año siguiente o para remedios caseros que aliviaran las dolencias mediante mucílagos de cataplasmas y otras aplicaciones.

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A ripa
  1. Empozado

Esta acción consistía en sumergir los haces de lino en algún remanso de cualquiera de los ríos o regatos, o en alguna charca, durante 8-9 días, con el fin de que se desprendiera la fibra de la parte leñosa. Para evitar que los arrastrara la corriente río abajo, acostumbraban ponerle piedras encima.

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Empozado
  1. Secado

Sacados los haces del río, los exponían extendidos al sol en la era o en alguna explanada, procurando darle la vuelta de vez en cuando, hasta que se secaran completamente. Luego los ataban nuevamente y los llevaban a casa.

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Secado
  1. Mazado

Esta operación consistía en mazar bien cada manojo de lino para romperle la corteza (tasca) hasta separarla de la fibra interior. Para ello disponían cada puñado de lino sobre el mazadoiro (losa de piedra o tronco liso de madera), golpeándolo duramente con el mazo (tronco cilíndrico de madera). Con el paso del tiempo apareció la agramadera, que simplificaba un poco este trabajo, pero no nos consta su uso en Parderrubias.

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Mazado
  1. Espadado

Esta tarea tenía la finalidad de eliminar las cascarillas (tomentos, arestas o tascos) que quedaran sueltas después del mazado. Para conseguirlo, colocaban cada manojo de lino mazado sobre el filo del espadeleiro (tabla en forma de T invertida), para luego golpearla de refilón con la espadela (especie de machete de madera), hasta dejar la fibra limpia. Acostumbraba ser un trabajo femenino, colectivo, gratuito y recíproco, en reuniones de mujeres en un cobertizo o pajar durante la noche.

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Espadado
  1. Tascado

Para eliminar definitivamente cualquier cascarilla (tasco) restante, frotaban el lino contra el bisel del tascón, especie de espada de madera introducida verticalmente en el extremo de un banco. Este trabajo solía hacerse en la misma reunión del espadado. En las casas en las que se carecía de este apero, se frotaba manualmente el lino contra una piedra, de manera similar al lavado de la ropa.

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Tascado
  1. Asedado

Libre ya de la parte leñosa, la fibra necesitaba afinarse y volverse sedosa. Para ello la cardaban, pasando cada manojo varias veces por el restrelo (tabla horizontal con clavos verticales). Con este trabajo sacaban tres tipos de fibras, una gruesa (cabezos), otra mediana (estopa) y, finalmente, el lino fino. Con cada manojo asedado hacían una estriga, manela, cerro o rocada, porción lista para sujetar en la rueca y ser hilada. Las estrigas se guardaban en atados llamados afusales, de 36 unidades cada uno.

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Asedado
  1. Hilado

Esta era una fase que requería especial habilidad. La realizaban mediante dos instrumentos primitivos, pero singulares: la rueca y el huso. La primera podía tener forma variada, pero en general consistía en una vara de madera o caña de 80 o 90 centímetros de largo, con el extremo superior abultado (roquil) para sostener el copo de lino. El huso era un instrumento fusiforme de unos 28 centímetros, de madera torneada, con un extremo aguzado y en el otro, un contrapeso (fusaiola) o abultamiento (rodela, cagalla o tortera). Su función era la de girar sobre sí mismo, haciendo de lastre de las fibras sujetas en la hendidura o estría de la punta superior (osca), mientras se iban retorciendo con los giros, configurando así el hilo. Puesto el copo (cerro) en la rueca, apoyaban ésta en la cintura, con la parte superior en el antebrazo izquierdo, quedando así libre esta mano para ir extrayendo y dosificando la fibra. Con los dedos de la mano derecha, de manera habilidosa, impulsaban los giros del huso para retorcer el hilo. Éste, ya retorcido, lo iban envolviendo en el eje del huso, hasta lograr una husada (mazaroca), que extraían por la parte estrecha del huso, para trasladarla al sarillo.

Aunque cualquier descanso en casa, cuidado del ganado en el monte o espera en la molienda eran momentos aprovechados para hilar, solían hacerse reuniones llamadas fiadeiros, en las largas y frías noches de invierno, en un cobertizo, pajar o cuadra, al templado ambiente del calor de las vacas y al amparo de la lánguida luz de un candil. En estos fiadeiros, a ritmo de huso, se hablaba, se cantaba y se contaban historias, chismes, adivinanzas y cuentos. Los mozos no hilaban, pero acudían para participar en la juerga.

La utilización de la rueca y el huso era en Parderrubias un trabajo de género. El hilado era una tarea exclusiva de las mujeres, pues estaba considerado como una labor apropiada a las habilidades, mañas y disposición femeninas. Hilar con rueca y huso era, pues, una parte de los quehaceres que toda mujer tenía, por el mero hecho de ser mujer.

Una peculiar costumbre de las hilanderas era humedecer el hilo con saliva, a medida que lo iban estirando, con la finalidad de darle textura, labor que hacían mojando los dedos en la lengua o con la lengua directamente en el hilo. De ahí la copla:

Quen me dera se-lo liño

que vos na roca fiades.

Quen me dera tantos bicos

como vos ao liño dades.

No disponemos de referencia alguna sobre el número de hilanderas de lino en Parderrubias, pero considerando la cantidad de tejedoras constatadas en el artículo “Las tejedoras de Parderrubias” (https://aparroquiadeparderrubias.wordpress.com/2016/01/09/e18-las-tejedoras-de-parderrubias-por-avelino-sierra-fernandez/) parece lógico pensar que difícilmente hubiera casa donde no se hilase. Tampoco tenemos constancia de la utilización en Parderrubias del torno de hilar, en lugar del huso y la rueca, pero cabe tal posibilidad, por ser frecuente su empleo durante aquella época en zonas próximas.

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Hilado
  1. Enmadejado

El lino recién hilado tenía un color ceniciento que era necesario blanquear lo más posible. Para ello, no tenían otro remedio que transformar las mazarocas obtenidas en el huso en madejas (meadas), para después blanquearlas. Para esta función contaban con el sarillo, un apero de brazos en forma de X, que por medio del giro vertical de sus aspas iba desenredando las mazarocas y dándoles forma de madeja. Era ésta una faena propia de las mujeres.

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Enmadejado
  1. Blanqueo

El blanqueo era tal vez la labor más ingrata de todo el proceso. Aunque los métodos podían variar ligeramente, el más común era la colocación de las madejas (meadas) durante 3-4 días en una olla llena de una especie de lejía hirviendo. Se trataba de una mezcla de agua, tres platos grandes de ceniza de roble que hervía durante media hora. Después lavaban y secaban las madejas varias veces, y repetían el proceso, con sus respectivos lavados y secados, las veces que fuesen necesarias. Finalmente, extendían o colgaban las madejas durante 6-8 días, salpicándolas con agua de vez en cuando. Si no lograban la blancura deseada, comenzaban de nuevo la colada descrita. En algunas casas, le añadían huesos y ombligos de Venus (couselos) a la mezcla.

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Blanqueo
  1. Devanado

Esta actividad consistía en volver las madejas a ovillos, utilizando un apero llamado devanadera, un armazón de aspas horizontales con palos verticales que girando alrededor, según se tiraba del hilo, iba desenmarañando éste, mientras con las manos lo envolvían en ovillos. A menudo, las aspas eran sustituidas por los brazos de los hombres.

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Devanado
  1. Encanillado

Antes de comenzar con el telar era necesario preparar los hilos para la trama y la urdimbre, mediante las operaciones de encanillado y urdido. La primera de ellas consistía en preparar las canillas (cañas con hilo embobinado). Se conseguía por medio del caneleiro, aparato que variaba según las casas. La canilla se introducía luego dentro de la lanzadera del telar, una cajita ovalada de madera, que luego utilizaban durante el tejido.

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Encanillado
  1. Urdido

Esta función tenía la finalidad de preparar la urdimbre, es decir, disponer paralelamente los hilos que luego se montarían horizontalmente en el telar, para proceder a tejer el lienzo o paño correspondiente. Para ello, utilizaban la urdidera, que venía a ser como una devanadora grande, alrededor de la cual se iban sujetando las ristras de hilos, que después cortaban a medida del tejido deseado.

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Urdido
  1. Tejido

Era la última operación del largo proceso, y la más compleja y laboriosa de todas. Se desarrollaba en el telar, el aparato más complejo de todos los pertrechos. Consistía en una estructura artesanal de madera, de forma cúbica, con cuatro pies, que sostenía a un conjunto de diversas piezas. En la plataforma, la tejedora colocaba la urdimbre, tensa y sujeta a ambos lados. Mediante dos pedales (premedeiras) elevaba y bajaba los hilos alternos, quedando cada vez una abertura entre ellos (calada), a través de la cual iba pasando transversalmente la lanzadera con la canilla de hilo, que iba apretando con el peine (pente), con ritmo acompasado y monótono, logrando así la trama.

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Tejido

Estos constituyen los 16 pasos de estricto cumplimiento de nuestros antepasados de Parderrubias, en su afán de lograr los indispensables paños o lienzos ordinarios, para confeccionar luego sábanas, jergones, toallas, camisolas, mandiles, calzones, camisones, etc., y también colchas con mezcla de lino y lana. Y a todo este largo proceso estanban “condenadas” las familias, al menos hasta conseguir los ovillos de hilo para el telar. Cualquier dejadez en este campo estaba considerada como una irresponsabilidad, que la sabiduría popular reprobó musicalizando el trino de las golondrinas tras el retorno de su invernación en el otro hemisferio, y que de pequeños cantábamos:

Fun a mar e vin da mar,

te-la tea por fiar.

¿Qué fixeches, truaniña?

¿Qué fixeches? ¡Truanarrrrr!

E26. Sobre la agricultura en Parderrubias. Por Avelino Sierra Fernández

E26. Sobre la agricultura en Parderrubias. Por Avelino Sierra Fernández

Es imposible comprender la sociedad de Parderrubias sin la agricultura. Todos nuestros antepasados se dedicaron de forma exclusiva, o parcialmente, a esta labor. Sin duda, un duro trabajo debido a las condiciones en las que se llevaba a cabo y a la falta de medios existentes. Se trata de una agricultura de pura subsistencia. Aunque en la actualidad todavía son muchos los vecinos que cultivan sus huertos, lamentablemente la mayoría de las tierras de cultivo de la Parroquia de Parderrubias se encuentran yermas.

En este artículo, Avelino Sierra Fernández presenta un gran trabajo de investigación sobre la agricultura del siglo XVIII en Parderrubias, cuyos hábitos y cultivos todavía recuerda nuestra generación.

Muchas gracias, Avelino, por documentar y transmitir a las generaciones venideras un duro trabajo que estuvo presente en nuestra Parroquia, generación tras generación, y que forma parte de nuestra idiosincrasia por el hecho de haber nacido en Parderrubias.

Juan Carlos Sierra Freire

Notas. (1) Este artículo aparece publicado en su versión original en gallego y justo a continuación el lector encontrará una versión en castellano. (2) Los objetos que aparecen fotografiados en este artículo pertenecen a la colección privada de Avelino Sierra Fernández.


 

Sobre a agricultura en Parderrubias. Por Avelino Sierra Fernández

 A calidade de vida dos veciños de Parderrubias fai un cuarto de milenio, era moi precaria, debido a unhas condicións enmarcadas polo contexto histórico, político, económico e social no que lles tocou vivir. Carecían de electricidade (alumeábanse con velas de sebo), de auga corrente (ían a buscala á fonte coa ola), de saneamento (xurreiras superficiais de xurro, a falta de  calquera sumidoiro), de lavadoiros (ían lavar ao Regueiriño), de estradas (agás unha verea de terra batida e camiños de ferradura), de medios de transporte e locomoción (agás o carro e o burro). O único edificio comunitario era a igrexa, e a única industria, dous muíños fariñeiros e dúas forxas. Non existía tenda, taberna nin abacería (carnicería), e o único comercio era unha feira no Campo da Merca o día 26 de cada mes. Non había unha soa Escola nin Mestre en toda a bisbarra, e un 98 % da poboación era analfabeta (tan só sabían ler, escribir e contar o Cura e o escribán do Xuíz). Tampouco existía  Médico, Ciruxán ou Sangrador, nin Boticario nin Botica en toda a contorna. Pola contra, os tributos e gravames feudais e eclesiásticos (Foros, Dezmos, Primicias, Voto a Santiago, etc.) eran abafantes. A situación, sen chegar á miseria, era de grande illamento, atraso e empobrecemento. Por estas razóns, as familias estaban condenadas ao autoabastecemento e consecuentemente obrigadas a adicarse en corpo e alma á agricultura e gandería para poder subsistir. A labranza en Parderrubias era, xa que logo, un destino común para todo veciño, fora labrego, crego, artesán, home, muller ou neno. No ano 1752, só existían dez homes adicados parcialmente a  traballos remunerados distintos da labranza  (un Abade, un Arrieiro, un Carpinteiro, dous Ferreiros, un Muiñeiro, unha Forneira e tres Panadeiros de millo), aparte de 32 Tecedeiras, pero todos eles simultaneaban a súa ocupación, adicando a maior parte do tempo ás angueiras campesiñas. Tódolos demais eran exclusivamente labradores ou xornaleiros do campo

“… todos los demás vezinos  y sus hijos de diez yocho años arriba a excepcion de los que sean de maior edad o estén ymposibilitados son Labradores y jornaleros de sus haciendas…” (C. Ensenada).

Nembargante, non todos contaban con predios de seu, xa que moitos deles non eran donos das leiras que traballaban, pois unha grande parte destas eran latifundios alugados polo  Bispo de Ourense, Señor do Couto de Sobrado ao que pertencía Parderrubias, e outras eran terreos baldíos, ermos ou “a monte”, sendo escasos os alodios individuais. En cambio, abundaban os aparceiros, traballando  terras e coidando gandos a medias.

O rendimento das colleitas era, ademais, moi baixo, debido á fragmentación minifundista das terras, á mínima calidade das sementes, á escaseza de esterco e á falta de regadío.

“…las heredades de rregadio por ser de charcos y arroios de Corto caudal que quando mas dura en año abundante de lluvias es hasta san Juan que esceptuadas estas las demas tierras todas son de secano…” (Op. Cit.).

 A ilo había que engadirlle as rudimentarias técnicas e labores empregados, que apenas diferían dos introducidos polos romanos, tal como afirmaba Frei Martín Sarmiento no ano 1765: “… conservan inmemorial la agricultura que les enseñaron los romanos”. Así as cousas, difícilmente se lograban  colleitas de gran que quintuplicaran a semente, e no caso dalgunhas, coma o liño, non pasaba da liñaza sementada:

“… el ferrado de tierra [628,86 m. cuadrados] produze de linaza los mismos dos ferrados [20,8 Kg.] que se le hechan…” (Op. Cit.).

Os cultivos estaban constituídos polos cereais (centeo, trigo, millo groso, millo miúdo e cebada), o liño, a vide, os legumes (fabas, garavanzos, cantudos ou pedróns e guisantes), as verduras e a froita. A pataca non formaba parte dos froitos, xa que o seu cultivo sistemático non se iniciaría ata ben entrada a segunda metade do século XVIII.

Moitas eran as tarefas e angueiras do campo, dende a preparación da terra para a sementeira, ata a colleita dos froitos. E moitos eran os aparellos usados e ferramentas utilizadas nelas. Resumindo, estes eran os principais:

1. Cavar, sachar, esterroar… valéndose de diferentes tipos de aixadas, legóns, sachos,  picarañas, etc., segundo o labor e o lugar.

2 Labrego - Cavar

2. Arar, coas súas variantes de roturar, decruar, asucar, aricar, entravesar, etc., utilizando o arado de pau con rella de ferro, tirado por burros, mulas, vacas ou bois, xunguidos por xugos, cangas ou coleiras diferentes, segundo os animais.

3 Labrego - Arar

3. Segar, gadañar, seiturar, rozar, podar, etc., utilizando para tales mesteres gadañas, coitelas, fouces, fouciños, foucegatas, podóns, tesoiras da poda, etc.

4 Labrego - Segar

4. Mallar, traballo na eira para saca-lo gran  de centeo, trigo ou cebada, da súa espiga e os legumes, das súas baíñas. Utilizábanse  vasoiras, forquitas, angazos, mallos,  cribos, etc.

5 Labrego - Mallar

5. Pesar e medir. Para vender, mercar ou troca-los excedentes, pesábanse coas romanas. Para medir cereais e legumes, usábase o ferrado e o escás. Para medir líquidos, a cuartilla, canada, ola, etc. (https://aparroquiadeparderrubias.wordpress.com/2016/01/20/e20-unidades-de-medida-tradicionales-en-parderrubias-por-avelino-sierra-fernandez/)

6 Labrego - Pesar

6. Cazar. A caza era un medio de mantenza, pero tamén un xeito de eliminar aos depredadores. Utilizábanse  garduñeiras, paxarelas, mureiras, ratoeiras, etc.

7 Labrego - Cazar

Tal variedade de ferramentas, forzosamente necesitaba de ferreiros que as forxaran e amañaran, pero os campesinos  estaban neste eido ben servidos por “Juan Antonio Yglesia y Juan garrido de par de rrubias al jornal de cada uno trabajando  al dia por su oficio [de herrero] quatro reales de Vellon” (Op. Cit.).

Partindo dos Dezmos satisfeitos á igrexa de Santa Olaia, polos fregueses da parroquia, podemos achegarnos á producción das especies cultivadas daquela en Parderrubias. Aínda coa natural reserva, por tratarse de deduccións, as contías expostas a continuación permítennos coñecer o predominio e a producción dos cultivos de maior arraigamento en Parderrubias fai unhos douscentos cincuenta anos.  

O centeo

Era un cultivo de excelente adaptación aos cambios climáticos e á escasa calidade do solo. Un cereal, ademais, de moita utilidade, tanto polo gran panificable (pan negro), como polo colmo ou palla.

Unha gran parte  cultivábase nos “vedros”, pequenas tenzas roturadas no monte comunal e sementadas para obter o chamado “pan de monte”, que máis adiante darían lugar ás searas ou cupos que resultaron de reparti-lo monte entre os veciños.

O seu cultivo requería arduas angueiras, que variaron pouco ao longo dos tempos. Tales eran a sementeira, no mes de outubro, coa correspondente esterca, decrúa, entravesa, agrada e asuca. Xa nacido, viña a arica co arado e a monda coa man, para quitarlle-las malas herbas. Pola festa de Santiago (xullo), tocaba face-la seitura, amontoando os móllos en brugueiros. Logo viña o carrexo e despois a malla para degrae-lo gran da espiga. Consistía esta,  na xuntanza de varios homes arredor das gavelas de centeo extendidas na eira embostada, baténdoas acompasadamente cos seus mallos. Rematábase coa erga, endeita propia das mulleres, ventando o gran coas cribas para despois metelo na tulla.

 A superficie cultivada era  dunhos 625 ferrados ao ano (39,30 hectáreas), cunha producción total de  500 fanegas de gran, é dicir, 26 toneladas, sendo a terceira parroquia máis productiva da Merca, despois de A Mezquita e Proente, e igualada con Vilar de Paio Muñiz.

O trigo

Aínda que preferido ao centeo, pola mellor calidade do pan (pantrigo, pan de flor, pan branco, pan candeal), o seu cultivo era escaso pola falta de adaptación a un clima excesivamente húmido. Con todo, era a terceira parroquia productiva, con 225 ferrados de cultivo (14,14 hectáreas) e 180 fanegas de gran (9,3 toneladas), despois de Corvillón e Vilar de Paio Muñiz. Os labores do seu cultivo e procura eran semellantes aos do centeo. Consta tamén documentalmente que en 1752, “Pedro Yglesia hijo de Theresa gomez vezino de par de rrubias era arriero de Trigo” (Op. Cit.).

O millo

A chegada deste cereal, alá polo ano 1630, supuxo para Parderrubias un desafogo tanto na alimentación humana, coma dos animais. Da súa planta aproveitábase todo, a palla e o pendón para o gando, o cosco ou casulo para folello dos xergóns, e os carozos, como excelente combustible. Pero sobre todo a mazorca, que proporcionaba o gran para a facenda e a fariña coa que se cocía o pan de boroa. Algunhos costumes e tradicións da súa procura, como a sacha, as quendas de rega polo día e noite, a creba dos pendóns, as esfollas ou escasulas rematadas en festa, o almacenamento no canastro e as degrañas, perduraron ata tempos que os máis vellos da parroquia aínda lembran.

Parderrubias era a parroquia máis productiva de toda a municipalidade,  cunha superficie cultivada de 812 ferrados (51 hectáreas) e un froito de 650 fanegas ao ano (42,7 toneladas), seguida de A Mezquita con 470 fanegas (31 toneladas) e Pereira de Montes, con 420 (27,6 toneladas). Parderrubias era tamén a primeira en producir millo miúdo (mijo), con 3.9 toneladas, pero este rematou totalmente  suplantado polo millo gordo.

O grande consumo de pan de millo en Parderrubias, no ano 1752, está testemuñado tamén pola existencia de tres “Panaderos de Maiz: Ysidro Outumuro, Silvestre Outumuro y Rosalia das Casas vezinos de par derrubias”. Ademais,  “Ybona de la Yglesia de par de Rubias tiene en su propia casa su orno y en el cuezen los mas de los Vezinos del Lugar” (Op. Cit.).

O viño

Parderrubias era daquela, a parroquia máis vitícola das terras da Merca,  cunha producción de 160 moios ao ano (23.600 litros), seguida de Olás, con 18.300 litros. As videiras consistían en pequenos bacelos, xeralmente cerrados con valados en chousas, ou en parras altas nos patios, fachadas e arredores da casa. As extremas xeadas que queimaban os xermolos dos follatos e as pragas de fungos que hoxe coñecemos coma oidio e mildio, para as que daquela descoñecían os actuais tratamentos do xofre e sulfato de cobre, a escaseza de sol, os tipos de cepas, malas estercas, podas, rodrigas, etc., daban como resultado un viño matute, frouxo e acedo, que ademais, tal como acontecía cos chourizos, filloas ou caldo, era diferente en cada casa e picábase fácilmente coas primeiras calores do verán. Esta falta de calidade, quedou ratificada máis tarde nos  Diccionarios de Sebastián Miñano (1826) e Pascual Madoz (1846), afirmando que “Parderrubias produce vino de inferior calidad”. O rendimento era tamén escaso, pois a superficie dunha cavadura  de bacelo (medida equivalente a 436 metros cadrados) daba dez cuartas de viño (123 litros), sendo a viñeira de primeira calidade, 6 cuartas (74 litros) a de segunda, e 3 cuartas (37 litros) a de terceira.

“… cada Cavadura de Viña de primera calidad por la Uba que rinde dara a el año diez quartas de vino la de segunda calidad seis y la de tercera tres…” (Op. Cit.).

As castañas

Custa imaxinarse unha alimentación básica sen patacas no rural de fai 250 anos. A pataca, traída do altiplano peruano a España polas hostes de Pizarro, non se cultivou como alimento humano en Parderrubias ata ben entrada a segunda metade do século XVIII. Ante tal carencia, as castañas eran esenciais na alimentación dos nosos devanceiros, sendo consumidas crúas, cocidas (mamotas, zonchos) ou asadas (bullós), mentres estaban verdes; cocidas no caldo ou leite, despois de secas (pilongas), ao longo do ano. Así o confirmaba o Bispo de Ourense, Juan Muñoz de la Cueva (1717-1728):

“La castaña además de ser regalo, a tiempos es un alimento común que suele suplir para los labradores muchos meses de pan”.

Parderrubias era a terceira parroquia da Merca en producción de castañas, con 25 fanegas, despois de Corvillón e Olás. A toponimia deixounos constancia da súa abundancia cos nomes de Souto, Souto da Seara, Souto do Lagar, Souto da Cova e Soutiño. O máis extenso deles estaba na Vacariza:

“… en el [término] de Parderrubias ai otro [monte] de siete mil novecientos y veinte y ocho ferrados de los quales ciento y veinte y seis y medio son de soto…” (Op. Cit.).

O liño

Parderrubias era tamén a parroquia máis productiva de liño, cunha superficie cultivada de 110 ferrados (6,92 hectáreas), como se expuxo ampliamente no traballo deste Blog, “As tecedeiras de Parderrubias” (https://aparroquiadeparderrubias.wordpress.com/2016/01/09/e18-las-tejedoras-de-parderrubias-por-avelino-sierra-fernandez/).

A mecanización do campo, a concentración parcelaria, o cooperativismo e a industrialización do mercado acabaron coas penurias sufridas polo labrego tradicional de Parderrubias, redimíndoo das arduas angueiras e longas xeiras agrarias ás que estaba condenado. Lonxe quedan aqueles tempos antergos nos que os nosos devanceiros, traballando de sol a sol (mellor sería dicir de estrela a estrela), regaron de suor as toxeiras rozando estrume, os restroballos dos vedros seiturando centeo, ou as veigas sachando o millo. Imaxes evocadoras do esforzo e afouteza de tantas xeracións pasadas que contribuiron a conquerer o confort e  benestar que Parderrubias goza no presente.

Valia esta lembranza como unha pequena homenaxe a todas elas,  traendo á memoria colectiva tantos afáns, desvelos e inquidanzas intensamente vividos e agora testemuñados  nesta  escolma de aveños  por elas utilizados e que forman parte dun patrimonio etnográfico vencellado á escravitude dun duro traballo que ao longo de séculos constituiu o seu único medio de subsistencia.


VERSIÓN EN CASTELLANO

Nota. Este artículo aparece publicado más arriba en su versión original en gallego

Sobre la agricultura en Parderrubias. Por Avelino Sierra Fernández

La calidad de vida de los vecinos de Parderrubias hace un cuarto de milenio era muy precaria, debido a unas condiciones enmarcadas por el contexto histórico, político, económico y social en el que les tocó vivir. Carecían de electricidad (se alumbraban con velas de sebo), de agua corriente (iban a buscarla a la fuente con cántaros), de saneamiento (corrientes superficiales de purines a falta de alcantarillado), de lavaderos (iban lavar la ropa al río Regueiriño), de carreteras (excepto una  vereda de tierra batida y caminos de herradura), de medios de transporte y locomoción (salvo el carro y el burro). El único edificio comunitario era la iglesia, y la única industria, dos molinos harineros y dos fraguas. No existía tienda, taberna ni abacería (carnicería) alguna, y el único comercio era una feria en el Campo de A Merca el día 26 de cada mes. No había una sola escuela ni Maestro en toda la comarca, y el 98% de la población era analfabeta (tan sólo sabían leer, escribir y contar el Cura y el Escribano del Juez). Tampoco existía  Médico, Cirujano o Sangrador, ni Boticario ni botica en todo el contorno. Por el contrario, los tributos y gravámenes feudales y eclesiásticos (Fueros, Diezmos, Primicias, Voto a Santiago, etc.) eran asfixiantes. La situación, sin llegar a la miseria, era de gran aislamiento, atraso y empobrecimiento. Por estas razones, las familias estaban condenadas al autoabastecimiento y consecuentemente obligadas a dedicarse en cuerpo y alma a la agricultura y ganadería para poder subsistir. La labranza en Parderrubias era, de esta manera, un destino común para todo vecino, fuera labriego, clérigo, artesano, hombre, mujer o niño. En el año 1752, sólo existían diez hombres dedicados parcialmente a trabajos remunerados distintos de la labranza (un abad, un arriero, un carpintero, dos herreros, un molinero, una hornera y tres panaderos de maíz), aparte de 32 tejedoras, pero todos ellos simultaneaban su ocupación, dedicando la mayor parte del tiempo a los quehaceres  campesinos. Todos los demás eran exclusivamente labradores o jornaleros del campo:

“… todos los demas vezinos  y sus hijos de diez yocho años arriba a excepción de los que sean de maior edad o estén ymposibilitados son Labradores y jornaleros de sus haciendas” (C. Ensenada).

Sin embargo, no todos contaban con predios suyos, ya que muchos de ellos no eran dueños de las tierras que trabajaban, pues una gran parte de éstas eran latifundios arrendados por el Obispo de Ourense, Señor del Coto de Sobrado al que pertenecía Parderrubias, y otros eran terrenos baldíos, yermos o monte, siendo escasos los alodios individuales. En cambio, abundaban los aparceros, trabajando tierras y cuidando ganados a medias.

El rendimiento de las cosechas era, además,  muy bajo, debido a la fragmentación minifundista de las tierras, la poca calidad de las semillas, la escasez de estiércol y la falta de regadío.

“…las heredades de rregadio por ser de charcos y arroios de Corto caudal que quando mas dura en año abundante de llubias es hasta san Juan que esceptuadas estas las demas tierras todas son de secano…” (Op. Cit.).

A ello había que añadirle las rudimentarias técnicas y labores empleadas, que apenas diferían de las introducidas por los romanos, tal como afirmaba Fray Martín Sarmiento en el año 1765: “…conservan inmemorial la agricultura que les enseñaron los romanos”. Así las cosas, difícilmente se lograban cosechas que quintuplicaran la semilla, y en el caso de algunas, como el lino, la linaza no pasaba de la que se había sembrado:

“…el ferrado de tierra [628,86 m. cuadrados] produze de linaza los mismos dos ferrrados [20,8 Kg.] que se le hechan…” (Op. Cit.).

Los cultivos estaban constituidos por cereales (centeno, trigo, maíz grueso, maíz menudo y cebada), lino, vid, legumbres (habas, garbanzos, cantudos o pedrones y guisantes), verduras y frutas. La patata no formaba parte de los frutos, ya que su cultivo sistemático no se iniciaría hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XVIII.

Muchas eran las tareas y los trabajos del campo, desde la preparación de la tierra para la siembra, hasta la recolección de los frutos. Y muchos eran los aparejos usados y herramientas utilizadas. De manera resumida, estos eran los principales:

1) Cavar, sachar, desterronar… valiéndose de diferentes tipos de azadas, legones, sachos, rastros, etc., según las labores y los lugares.

2 Labrego - Cavar

2) Arar, con las variantes de roturar, barbechar, surcar, aricar, entravesar, etc., utilizando el arado de palo con reja de hierro, tirado por burros, mulas, vacas o bueyes, uncidos por diferentes yugos o colleras, según el tipo de animales.

3 Labrego - Arar

3) Segar, guadañar, rozar, podar, etc., utilizando para tales menesteres guadañas, hoces de distintos tamaños y formas, podaderas, tijeras, etc.

4 Labrego - Segar

4) Trillar, trabajo en la era para sacar el grano de centeno, trigo o cebada de su espiga, o las legumbres de sus vainas. Se utilizaban escobas de retamas, horcas, rastrillos, mayales y cribas.

5 Labrego - Mallar

5) Pesar y medir. En las ventas, compras o intercambios de excedentes se pesaba con las romanas. Para medir cereales y legumbres se usaba el ferrado y el escás. Para medir líquidos, la cuartilla, la canada, la ola, etc. (https://aparroquiadeparderrubias.wordpress.com/2016/01/20/e20-unidades-de-medida-tradicionales-en-parderrubias-por-avelino-sierra-fernandez/)

6 Labrego - Pesar

6) Cazar. La caza era un medio de manutención, pero también una forma de eliminar a las alimañas. Se utilizaban diversas trampas de animales de monte, paxarelas, ratoneras, etc.

7 Labrego - Cazar

Tal variedad de herramientas, obligatoriamente necesitaba de herreros que las forjaran y arreglaran, pero los campesinos estaban en este aspecto bien servidos por “Juan Antonio Yglesia y Juan garrido de par de rrubias al jornal de cada uno travajando al dia por su oficio [de herrero] quatro reales de Vellon” (Op. Cit.).

Partiendo de los Diezmos satisfechos a la iglesia de Santa Eulalia, por los feligreses de la parroquia, podemos acercarnos a la producción de especies cultivadas en aquel entonces en Parderrubias. Aún con la natural reserva, por tratarse de deducciones, las cantidades expuestas a continuación nos permiten conocer el predominio y la producción  de los cultivos de mayor arraigo en Parderrubias hace unos doscientos cincuenta años.

Centeno

Era un cultivo de excelente adaptación a los cambios climáticos y a la escasa calidad del suelo. Un cereal, además, de mucha utilidad, tanto por el grano panificable (pan negro), como por la paja.

Una gran parte de él se cultivaba en los vedros, pequeñas parcelas roturadas en el monte comunal y sembradas para obtener el denominado pan de monte, que más adelante darían lugar a las searas o cupos que resultaron de repartir el monte entre los vecinos.

Su cultivo requería arduas faenas, que variaron poco a lo largo de los tiempos. Tales eran la siembra, en el mes de octubre, con el correspondiente estercado, decruado, entravesado, gradado y asucado. Ya nacido, venía el aricado con el arado y el mondado con la mano, para quitarle las malas hierbas. Por la fiesta de Santiago (julio), se realizaba la siega, amontonando los haces o  gavillas en hacinas. Luego venía  el acarreo y después la trilla para desgranar el grano de la espiga. Consistía ésta en la colocación de varios hombres alrededor de las gavillas de centeno extendidas en la era emboñigada (embostada), batiéndolas acompasadamente con los mayales (mallos). Se terminaba con el aventado, tarea  propia de las mujeres, que consistía en echar  al aire el grano con las cribas, para separarlo de los restos de paja, almacenándolo luego en las arcas.

La superficie cultivada era de unos 625 ferrados al año (39,30 hectáreas), con una producción total de 500 fanegas de grano, es decir, 26 toneladas, siendo la tercera parroquia más productiva de A Merca, después de A Mezquita y Proente, e igualada con Vilar de Paio Muñiz.

Trigo

Aunque preferido al centeno, por la mejor calidad del pan (pantrigo, pan de flor, pan blanco, pan candeal), su cultivo era escaso por la falta de adaptación a un clima excesivamente húmedo. Con todo, era la tercera parroquia productiva, con 225 ferrados de cultivo (14,14 hectáreas) y 180 fanegas de grano (9,3 toneladas), después de Corvillón  y Vilar de Paio Muñiz. Los trabajos del cultivo eran semejantes a los del centeno. Consta también documentalmente que en 1752, “Pedro Yglesia hijo de Theresa gomez vezino de par de rrubias era arriero de Trigo”.

Maíz

La llegada de este cereal, allá por el año 1630, supuso para Parderrubias un desahogo tanto en la alimentación humana, como de los animales. De su planta se aprovechaba todo, la paja y el pendón para el ganado, las vainas de la mazorca para rellenar los colchones y los zuros o raspas de las espigas desgranadas, como excelente combustible. Pero sobre todo la mazorca, que proporcionaba el grano para los animales y la harina con la que se hacía el pan de boroa. Algunas costumbres y tradiciones en su tratamiento, como la sacha, las tandas de  riega  día y noche, la recogida de pendones, las deshojas (escasullas) terminadas en fiesta, el almacenamiento en el hórreo y las desgranas, perduraron hasta tiempos en los que las personas mayores aún recuerdan.

Parderrubias era la parroquia más productiva de toda la municipalidad, con una superficie cultivada de 812 ferrados (51 hectáreas) y un fruto de 650 fanegas al año (42,7 toneladas), seguida de A Mezquita con 470 fanegas (31 toneladas) y Pereira de Montes con 420 (27,6 toneladas). Parderrubias era también la primera en producir mijo (maíz menudo), con 3,9 toneladas, pero éste terminó totalmente suplantado por el maíz grueso.

El gran consumo de pan de maíz en Parderrubias, en el año 1752, está testimoniado también por la existencia de tres “Panaderos de Maiz: Ysidro Outumuro, Sivestre Outumuro y Rosalia das Casas vezinos de par derrubias”. Además, “Ybona de la Yglesia de par de rrubias tiene en su propia casa su orno y en el cuezen los mas de los Vezinos del Lugar” (Op. Cit.).

Vino

Parderrubias era entonces, la parroquia más vitivinícola de todas las tierras de A Merca, con una producción de 160 moyos al año (23.600 litros), seguida de Olás, con 18.300. Los viñedos consistían en pequeñas viñas, generalmente valladas, o en parrales altos en los patios, fachadas y alrededores de  casa. Las extremas heladas que quemaban los brotes  de los sarmientos y las  plagas de hongos que hoy conocemos como el oídium y el mildeu, para las que desconocían los actuales tratamientos de azufre y sulfato de cobre, la falta de sol y estiércol, los tipos de cepas, podas, rodrigas, etc. daban como resultado un vino flojo y ácido, que además, tal como acontecía con los chorizos, las filloas o el caldo, era diferente en cada casa, y se picaba fácilmente con los primeros calores del verano. Esta falta de calidad quedó ratificada más tarde en los Diccionarios de Sebastián Miñano (1826) y Pascual Madoz (1846), afirmando que “Parderrubias produce vino de inferior calidad”. El rendimiento era también escaso, pues la superficie de una cavadura de viña (medida equivalente a 436 metros cuadrados) producía diez cuartas de vino (123 litros), siendo el viñedo de primera calidad, 6 cuartas (74 litros)  la de segunda, y 3 cuartas (37 litros) la de tercera.

“…cada cavadura de Viña de primera calidad por la Uba que rinde dara a el año diez quartas de vino la de segunda calidad seis y la de tercera tres…” (Op. Cit.).

Castañas

Cuesta imaginarse una alimentación básica  sin patatas en el rural de hace 250 años. La patata, traída del altiplano peruano a España por las huestes de Pizarro, no se cultivó como alimento humano en Parderrubias hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XVIII. Ante tal carencia, las castañas eran esenciales en la alimentación de nuestros antepasados, siendo consumidas crudas, cocidas (manotas, zonchos) o asadas (bullós), mientras estaban verdes; cocidas en el caldo o leche, después de secas (pilongas), a lo largo de todo el año. Así lo confirmaba  el Obispo de Ourense, Juan Muñoz de la Cueva (1717-1728):

“La castaña además de ser regalo, a tiempos es un alimento común que suele suplir para los labradores muchos meses de pan”.

Parderrubias era la tercera parroquia de A Merca en producción de castañas, con 25 fanegas, después de Corvillón y Olás. La toponimia nos dejó constancia de su abundancia con los nombres de Souto, Souto da Seara, Souto do Lagar, Souto da Cova e Soutiño. El más extenso de ellos estaba en la Vacariza:

“…en el [término] de Parderrubias ai otro [monte] de siete mil novecientos y veinte y ocho ferrados de los quales ciento y veinte y seis y medio son de soto…”. (Op. Cit.)

Lino

Parderrubias era también la parroquia más productiva de lino, con una superficie cultivada de 110 ferrados (6,92 hectáreas), como ya se expuso ampliamente en el trabajo de este Blog “Las tejedoras de Parderrubias” (https://aparroquiadeparderrubias.wordpress.com/2016/01/09/e18-las-tejedoras-de-parderrubias-por-avelino-sierra-fernandez/).

La mecanización del campo, la concentración parcelaria, el cooperativismo y la industrialización del mercado acabaron con las penurias sufridas por el labriego tradicional de Parderrubias, redimiéndolo de las arduas labores y largas jornadas agrarias a las que estaba condenado. Lejos quedan aquellos tiempos en los que nuestros antepasados, trabajando de sol a sol (mejor sería decir de estrella a estrella), regaron de sudor los tojales rozando esquilmo, los rastrojos de los vedros segando centeno o las veigas sachando el maíz. Imágenes evocadoras del esfuerzo y tesón de tantas generaciones pasadas que contribuyeron a alcanzar el confort y  bienestar que Parderrubias goza en el presente.

Valga este recuerdo como pequeño homenaje a todas esas generaciones, trayendo a la memoria colectiva tantos afanes, desvelos e inquietudes intensamente vividos y ahora testimoniados en esta pequeña selección de aperos por ellas utilizados y que forman parte de un patrimonio etnográfico vinculado a la esclavitud de un duro trabajo que a lo largo de siglos constituyó su único medio de subsistencia.

E24. Los antiguos molinos de Parderrubias. Por Avelino Sierra Fernández

E24. Los antiguos molinos de Parderrubias. Por Avelino Sierra Fernández

Nuestra generación fue la última que cumplió con el rito de “ir o muíño”, aunque bien es verdad que nuestro proceder en esta costumbre fue ya muy diferente al de nuestros antepasados. Nosotros fuimos testigos de los molinos eléctricos (yo recuerdo ir muchos viernes al de A Manchica ), pero no de los de río. El desarrollo socioeconómico del mundo rural gallego acabo extinguiendo esta tradición fundamental durante mucho tiempo en el sustento de nuestras familias y, con ello, el oficio de “muiñeiro”.

En este artículo, Avelino Sierra Fernández aborda de manera brillante la existencia de molinos (“muíños) de río en nuestra Parroquia, de los que hay documentación desde el siglo XVIII, pero que con total seguridad datan de la Edad Media, como en el resto de Galicia.

Gracias, Avelino, por actualizarnos y salvaguardar esta tradición arraigada, y desaparecida, en Parderrubias.

Juan Carlos Sierra Freire

Notas. (1) Este artículo aparece publicado en su versión original en gallego y justo a continuación el lector encontrará una versión en castellano. (2) Los objetos que aparecen fotografiados en este artículo, a excepción de la rueda de molino, pertenecen a la colección privada de Avelino Sierra Fernández.


Os antigos muíños de Parderrubias. Por Avelino Sierra Fernández

Un minucioso estudo dos Dezmos  sufragados á Igrexa no ano 1750,  por cada unha das Freguesías que na actualidade conforman o Concello da Merca, autorízanos a afirmar que, naquela andaina, Parderrubias era a maior productora de cereais de tódalas parroquias, con  42,7 toneladas de gran de millo ao ano, 26 de centeo, 9,3 de trigo, 3,9 de millo miúdo (mijo) e 0,6 de orxo. A pesares de tan considerable abastecemento cerealístico, a industria fariñácea de que dispuña era, precaria e insuficiente, contando só con dous rudimentarios muíños hidráulicos. Nas terras do actual Concello da Merca, existían daquela  18 muíños. Todos moían con auga do río Arnoia ou dalgún afluente seu, agás os dous de Parderrubias que eran movidos pola auga do río da Boutureira, como nos confirma o Catastro de Ensenada:

“… y los otros dos [molinos] se hallan en par de rrubias… y muelen con agua del citado rrio da Boutureira”.

O río da Boutureira segue existindo na actualidade, sen  que os veciños o lembren con ese topónimo, que ao noso parecer debería  recuperarse. Trátase do que nace na Cabada do Lobo, pasa polo Portatrelle, Chousiña e Ponte do Couso. Despois da Chousiña, recibe ao Regueiriño  e, pasando a Ponte, conflúe co da Labandeira que vén da Manchica, continuando curso a Loiro de Abaixo e Barbadás, para ir a desembocar no Barbaña.

Descoñecemos a etimoloxía da palabra Boutureira. Particularmente, ocúrresenos que ben puidera provir dos vocábulos “bouta” e “eira”. Bouta, chamábaselle á costra impermeable que se formaba con bosta de vaca disolta en auga para extender sobre a eira, co fin de endurece-lo chan no tempo da malla. Eira, era o nome do lugar onde se realizaban os labores da malla. É posible que o caudal do citado río adoitara levar disoltos ou flotando, sobre todo no estío, resíduos do citado excremento, non só pola bouta das eiras, senón tamén porque  as mandas de vacas e rabaños de ovellas que bibían (e libraban) diariamente no río, indo, andando e vindo da Vacariza, eran numerosos. Segundo as Primicias  pagadas no ano 1752 á Igrexa de Santa Olaia polos fregueses que tiñan xugada de bois ou vacas, sabemos que nese ano había en Parderrubias, cando menos, 128 reses. A Vacariza tiña unha extensión de 7.928 ferrados (preto de 500 hectáreas) de souto e monte “propio de los vezinos… y todos en Comun los aprovechan y estan Baldios y Comun abiertos para entrar y salir los Ganados de los Vezinos sin que aiga separacion que se utiliza del fruto y Pasto que produzen”.   

Voltando aos muíños, sabemos que os dous pertencían ao Bispo de Ourense, daquela Frei Ramón Francisco Agustín de Eura, Prelado da diócese entre 1738 e 1763, que os traía alugados aos veciños, co resto das terras e casas, pois cabe recordar que Parderrubias pertencía ao Couto de Sobrado, feudo do debandito Bispo. Ambolosdous muíños eran atendidos polo muiñeiro “Bartholome Martínez Vecino de dho Lugar de par de rrubias”, estimándose que “cada uno dava de ganancia y producto al año cien rreales de Vellon”. Escaso rendimento, pero hai que considerar que tan só moían catro meses ao ano, por falta de caudal suficiente para move-lo rodicio, fóra do inverno.

“…muelen con agua del citado rrio da Boutureira solo la tercera parte del año por no estar en tambuena situazión…”.

Os dous muíños eran de rodicio horizontal, negreiros, é dicir, coa moa ordinaria para poder moer calquera tipo de gran (millo, centeo, trigo, orxo ou fabas). Os dous eran tamén maquieiros, que cobraban maquía (parte do gran á moer). A cantidade de fariña moída por cada un deles era igual á de calquera outro muíño  da zona que tivera unha soa moa: dúas fanegas entre día e noite, ou sexa, unhos 130 Kg. de millo, ou 104 de centeo, cada 24 horas, moendo sen parar.

“… tiene una rueda de Piedra negra y muele entre dia y noche dos fanegas”.

Con toda probabilidade, estes dous muíños foron os precursores dos dous pertencentes á familia dos Venturas de Parderrubias,  que as persoas maiores da Parroquia lembran no mesmo río, ocupando  seguramente o mesmo sitio. Un deles, coñecido como Muíño Vello ou Muíño do Evaristo, estaba situado trala confluencia co río da Labandeira, a unhos trescentos pasos despois da Ponte do Couso. O outro estaba antes, no río Regueiriño, a escasos pasos da súa desembocadura no Boutureira, a medio camiño entre a Ponte do Couso e A Chousiña, e pertencía a Benigno Seara, veciño de Barrio, do que os seus herdeiros gardan aínda certas pezas. Os dous eran tamén “negreiros” e “maquieiros”, o primeiro con dúas moas de moer e o outro con unha. A construcción de ambolosdous era moi semellante. Esta consistía básicamente nunha humilde caseta con muros  anchos feitos de pequenas lousas, lascas e cachotes asentados con barro, con teito dunha soa auga,  tella do país e unha única porta. Estaban situados a escasa distancia do río e ligados a el por unha corta canle (lovada) que conducía a auga encorada nunha cativa presa (ceña). No soto, ou parte baixa (inferno), dispuñan dunha grande roda de madeira dun metro de diámetro aproximadamente (rodicio), por cada pedra de moer, con radios en forma de pá (penas), que coa forza da auga puñan o rodicio en movimento, imprimindo o xiro a un eixe vertical (beo) provocando, xa na parte superior do muíño, a rotación da pedra de moer (moa), á que estaba xunguido mediante unha peza de ferro (segorella). A moa era unha pedra circular de un metro de diámetro aproximadamente e unhos 25 centímetros de groso, cun ollal no medio por onde entraba o gran verquido pola moega (adella), sendo triturado co rozamento da moa contra outra pedra inferior fixa (), do mesmo diámetro que a moa, pero dun expesor moito maior. A fariña, co impulso da moa, saía despedida ao chan (tremiñado).

Roda Muiño
Roda do muíño

Consideramos que tan só dous muíños de río, moendo únicamente  catro meses ao ano, eran insuficientes para toda a moenda dunha parroquia cunha poboación de 548 habitantes, como lle atribúe o Diccionario de Sebastián Miñano a Parderrubias no ano 1826, ou como mínimo de 234 almas, segundo lle outorga Pascual Madoz no 1846. Coidamos, polo tanto, que tal como sucedía nas parroquias veciñas de Pereira de Montes, Vilar de Paio Muñiz ou A Mezquita, que non contaban con río, e xa que logo tampouco con muíño hidráulico algún, debía obrigatoriamente valerse de muíños caseiros de man, consonte á información e descrición que nos proporciona  o  andarego bieito Frei Martín Sarmiento:

“…era común aquel género de molinos para sacar la harina del centeno… una pobre mujer movía circularmente la muela superior que, al menos, tenía el diámetro de un harnero (criba)”.

Os muíños hidráulicos  referidos, foron no seu tempo parte esencial na vida dos nosos devanceiros de Parderrubias, pero logo, foron abandonados e paseniñamente fóronse esmorecendo ata ser derruídos e desaparecer, porque a modernidade relevounos polos muíños do Baldovino, que comezaron a funcionar na Manchica (Parderrubias) co mesmo vapor do serradoiro, xa antes de chega-la  electricidade, seguíndo despois con eles “O Benito”, á par cos  dos irmáns Garrido (Os Escultores). Pero tamén estes remataron desaparecendo máis tarde, porque xa  non eran ncesarios. Agora, xa non se precisa cargar co saco de gran ao lombo ou no burro, anda-lo camiño cheo de lama ata o muíño, bota-lo gran na moega, agarda-la moenda, a veces toda a noite, mete-la fariña no costal e voltar á casa para amasala na artesa, busca-lo fermento onda algún veciño que o tivera, pedi-lo forno, quentalo con leña e coce-lo pan. E todo para poder levar á boca unhas rebandas de boroa, cando agora pasa o panadeiro a diario pola porta con “pantrigo” quentiño. Claro que, se non fora así, coas ansias, présas e impaciencias con que vivimos hoxe, tampouco teriamos  vagar sequera de porlle o cabeceiro ao burro.

Pertrechos Muiño.JPG
Pertrechos do muíño

Escribindo estas liñas, pecho os ollos un cantiño e o maxín lévame ao muíño vello do Evaristo que eu vira de neno, coaquela atronadora caída de auga no inferno, obrigando ao rodicio a dar voltas coma un tolo. Coaquela indeleble escuridade  que apenas deixaba albiscar a adella do gran, tremeleando co vaivén do tarangaño, e as moas ciscando a fariña polo tremiñado. Coaquelas inxénitas teas de araña, embranquecidas e domeadas polo po da fariña, pendurando das tellas e paredes. E imaxino a tanta xentiña de Barrio, do Outeiro, da Iglesia e de Nigueiroá indo e vindo a pé ou a cabalo do burro, co saco medio cheo ou medio vacío, e a tantas xeracións de nenos e anciáns migando bica no caldo, á carón da lareira, en tempos de subsistencia. Abro os ollos e penso que, por algo o benquerido amigo de sempre, o José do Benigno de Barrio, conserva aínda con tanto agarimo, no seu museo doméstico, os restos daquel muíño que o seu pai tiña no Regueiriño, e que tantas necesidades remediou naquela andaina de pan duro e viño acedo.


VERSIÓN EN CASTELLANO

Nota. Este artículo aparece publicado más arriba en su versión original en gallego.

Los antiguos molinos de Parderrubias. Por Avelino Sierra Fernández

 Un minucioso estudio de los Diezmos sufragados a la Iglesia en el año 1750, por cada una de las Feligresías que en la actualidad conforman el Concello de A Merca, nos autoriza  a afirmar que, en aquella época, Parderrubias era la mayor productora de cereales de todas las parroquias, con 42,7 toneladas de grano de maíz al año, 26 de centeno, 9,3 de trigo, 3,9 de maíz menudo (mijo) y 0,6 de cebada. A pesar de tan considerable abastecimiento de cereales, la industria harinera de que disponía era, precaria e insuficiente, contando sólo con dos rudimentarios molinos hidráulicos. En las tierras del actual Concello de A Merca, existían entonces 18 molinos. Todos molían con agua del río Arnoia o de algún afluente suyo, excepto los dos de Parderrubias que eran movidos con agua del río Boutureira, como nos confirma el Catastro de Ensenada:

“… y los otros dos [molinos] se hallan en par de rrubias… y muelen con agua del citado rrio Boutureira”.

El río Boutureira sigue existiendo en la actualidad, sin que los vecinos lo recuerden con este topónimo, que a nuestro parecer debería recuperarse. Se trata del que nace en Cabada do Lobo, pasa por Portatrelle, A Chousiña y A Ponte do Couso. Después de A Chousiña, recibe al Regueiriño y, pasando A Ponte, confluye con el de A Labandeira que viene de A Manchica, continuando curso a Loiro de Abaixo y Barbadás, para ir a desembocar en el Barbaña.

Desconocemos la etimología de la palabra Boutureira. Particularmente, se nos ocurre que bien pudiera provenir de los vocablos “bouta” e “eira”. Con el nombre de bouta se conocía la costra impermeable que se formaba con excrementos de vaca disueltos en agua para extender sobre la era, a fin de endurecer el suelo en los tiempos de la trilla. Eira, significa era, lugar donde precisamente se realizaban las labores de la trilla para separar el grano de la paja. Es posible que el caudal del citado río acostumbrara llevar disueltos o flotando, sobre todo durante el estío, residuos del citado excremento, no sólo por la bouta de las eiras, sino también porque las manadas de vacas y rebaños de ovejas que bebían (y libraban) diariamente en el río, yendo, estando y regresando del monte de la Vacariza, eran numerosos. Según las Primicias pagadas en el año 1752 a la Iglesia de Santa Eulalia por los feligreses que poseían yunta de bueyes o vacas, sabemos que en aquel año había en Parderrubias, cuando menos, 128 reses. La Vacariza tenía una extensión de 7.928 ferrados (cerca de 500 hectáreas) de sotomonte “propio de los vecinos… y todos en Común los aprovechan y están Baldios y Comun abiertos para entrar y salir los Ganados de los Vezinos sin que aiga separación que se utiliza del fruto y Pasto que producen”.

Volviendo a los molinos, sabemos que los dos pertenecían al Obispo de Ourense, entonces Fray Ramón Francisco Agustín de Eura, Prelado de la diócesis entre 1738 y 1763, que los traía arrendados a los vecinos, con el resto de las tierras y casas, pues cabe recordar que Parderrubias pertenecía al Coto de Sobrado, feudo de dicho Obispo. Ambos molinos eran atendidos por el molinero “Bartholome Martinez Vecino de dho Lugar de par de rrubias”, estimándose que “cada uno dava de ganancia y producto al año cien reales de Vellon”. Escaso rendimiento, pero hay que considerar que tan sólo molían cuatro meses al año, por falta de caudal suficiente para mover el rodicio, fuera del invierno.

“… muele con agua del citado rrio da Boutureira solo la tercera parte del año por no estar en tambuena situazión…”.

Los dos molinos eran de rodicio horizontal, “negreiros”, es decir, con muela (moa) ordinaria para poder moler cualquier tipo de grano (maíz, centeno, trigo, cebada o habas). Los dos eran también “maquieiros”, que cobraban maquila (porción del grano a moler). La cantidad de harina molida por cada uno de ellos era igual a la de cualquier otro molino de la zona que tuviera una sola muela: dos fanegas entre día y noche, es decir, unos 130 kg. de maíz, o 104 de centeno, cada 24 horas, moliendo sin parar.

“… tiene una rueda de Piedra negra y muele entre día y noche dos fanegas”.

Con toda probabilidad, estos dos molinos fueron los precursores de los dos pertenecientes a la familia de Os Venturas de Parderrubias, que las personas mayores de la Parroquia recuerdan en el mismo río, ocupando seguramente el mismo sitio. Uno de ellos, conocido como Muíño Vello o Muíño do Evaristo, estaba situado tras la confluencia con el río de la Labandeira, a unos trescientos pasos después de A Ponte do Couso. El otro estaba antes, en el río Regueiriño, a escasos pasos de su desembocadura en el Boutureira, a medio camino entre A Ponte do Couso y A Chousiña, y pertenecía a Benigno Seara, vecino de Barrio, del que sus herederos guardan aún algunas piezas. Los dos eran también “negreiros” y “maquieiros”, el primero con dos muelas de moler y el otro con una. Ambos eran de semejante construcción. Esta consistía básicamente en una humilde caseta con anchos muros hechos de pequeñas losas, lascas y cascotes asentados con barro, con techo de una sola agua, de teja del país y una única puerta. Estaban situados a escasa distancia del río y a él ligados por una corta acequia (lovada) que conducía el agua embalsada en una pequeña presa (ceña). En el sótano (inferno), disponían de una gran rueda de madera de un metro de diámetro aproximadamente (rodicio, rodezno), por cada muela, con radios en forma de pala (penas), que con la fuerza del agua ponían al rodicio en movimiento, imprimiendo el giro a un eje vertical (beo) provocando, ya en la parte superior del molino, la rotación de la piedra de moler (muela), a la que estaba unido mediante una pieza de hierro (segorella). La muela era una piedra circular de un metro de diámetro aproximadamente y unos 25 centímetros de grueso, con un ojo en el centro por donde entraba el grano vertido por la tolva, siendo triturado con el rozamiento de la muela contra otra piedra inferior fija (pie), del mismo diámetro que la muela, pero de un espesor mucho mayor. La harina, con el impulso de la muela, salía despedida al suelo (tremiñado).

Roda Muiño
Rueda de molino

Consideramos que tan sólo dos molinos de río, moliendo únicamente cuatro meses al año, eran insuficientes para toda la molienda de una parroquia con una población de 548 habitantes, como le atribuye el Diccionario de Sebastián Miñano a Parderrubias en el año 1826, o como mínimo de 234 almas, según le otorga Pascual Madoz en 1846. Pensamos, por lo tanto, que tal como sucedía en las parroquias vecinas de Pereira de Montes, Vilar de Payo Muñiz o A Mezquita, que no contaban con río, y por lo tanto tampoco con molino hidráulico alguno, debía obligatoriamente valerse de molinos caseros de mano, tal como nos informa y describe el andariego benedictino Fray Martín Sarmiento:

“… era común aquel género de molinos para sacar la harina del centeno… una pobre mujer movía circularmente la muela superior que, al menos tenía el diámetro de un harnero (criba)”.

Los molinos hidráulicos referidos fueron en su tiempo parte esencial en la vida de nuestros antepasados de Parderrubias, pero luego, fueron abandonados y poco a poco se fueron desmoronando hasta desaparecer, porque la modernidad los relevó por los molinos de Baldovino, que comenzaron a funcionar en A Manchica (Parderrubias) con el mismo vapor del aserradero, ya antes de llegar la electricidad, siguiendo después con ellos “O Benito”, a la par con los de los hermanos Garrido (Os Escultores). Pero también estos terminaron despareciendo más tarde, porque ya no eran necesarios. Ahora ya no se precisa cargar con el saco de grano a cuestas o en el burro, andar el camino lleno de barro hasta el molino, vaciar el grano en la tolva, esperar la molienda, a veces toda la noche, meter la harina en el costal y regresar a casa para amasarla en la artesa, buscar la levadura junto a algún vecino que la tuviera, pedir el horno, calentarlo con leña y cocer el pan. Y todo para poder llevar a la boca unas rebanadas de boroa, cuando ahora pasa el panadero todos los días por la puerta con “pantrigo” caliente. Claro que si no fuera así, con las ansias, prisas e impaciencias con que vivimos hoy, siquiera tendríamos tiempo de ponerle el cabezal al burro.

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Pertrechos de un molino

Escribiendo estas líneas, cierro un momento los ojos y la imaginación me lleva al “Muíño Vello do Evaristo” que yo viera siendo niño, con aquella atronadora caída de agua en el “inferno”, obligando al “rodicio” a dar vueltas como un loco. Con aquella indeleble oscuridad que apenas dejaba vislumbrar la tolva del grano oscilando con el  vaivén del “tarangaño”. Con aquellas ingénitas telarañas emblanquecidas y arqueadas por el polvo de la harina, colgando de las tejas y las paredes. E imagino a tanta gente de Barrio, de O Outeiro, de A Iglesia y de Nigueiroá yendo y viniendo a pie o en burro, con el costal medio lleno o medio vacío, y a tantas generaciones de niños y ancianos migando bica en el caldo, arrimados a la lumbre, en tiempos de subsistencia. Abro los ojos y pienso que, por algo el bienquerido amigo de siempre, “o José do Benigno de Barrio”, conserva aún con tanta estima, en su museo doméstico, los restos de aquel molino que su padre tenía en el Regueiriño, y que tantas necesidades remedió en aquella época de pan duro y vino ácido.

E20. Unidades de medida tradicionales en Parderrubias. Por Avelino Sierra Fernández

E20. Unidades de medida tradicionales en Parderrubias. Por Avelino Sierra Fernández

 

Uno de los objetivos que nos hemos planteado con este Blog es el de preservar las costumbres y los conocimientos de nuestros antepasados en Parderrubias, y difundirlos entre las actuales y futuras generaciones. Fruto del desarrollo de cualquier sociedad, un gran número de hábitos, prácticas y tareas típicas en nuestro pueblo dejaron de realizarse, existiendo un riesgo real de que se pierdan y olviden en el túnel del tiempo. Este artículo, elaborado por Avelino Sierra Fernández, cumple fielmente con este objetivo, describiéndonos de forma clara las unidades de medida que tradicionalmente empleaban en el pasado nuestros vecinos. Probablemente nuestra generación sea la última que haya sido testigo del uso de la “tega”, la “fanega” o los “copelos”, por ejemplo; otras medidas ya se habían perdido con anterioridad. Sirva por tanto este documento para salvaguardarlas.

Gracias, Avelino, por contribuir a la preservación de nuestra cultura.

 Juan Carlos Sierra Freire

 Notas. (1) Este artículo aparece publicado en su versión original en gallego y justo a continuación el lector encontrará una versión en castellano. (2) Los objetos que aparecen fotografiados en este artículo pertenecen a la colección privada de Avelino Sierra Fernández.


Unidades de medida tradicionais en Parderrubias. Por Avelino Sierra Fernández

No ano 1849, España aceptou oficialmente o Sistema Métrico Decimal, implantándose definitivamente no 1880. Ata esta última data, e incluso ata moitos lustros despois, as unidades  utilizadas para medir magnitudes de lonxitude, superficie agraria, capacidade e peso, eran diversas e variables en cada territorio. As utilizadas en Parderrubias nas vendas, mercas e trocos de mercadurías, eran arcaicas, confusas, imprecisas e variables. Cambiantes coas bisbarras lindantes, e mesmo dunha Freguesía á outra, con diferentes valores e tratamentos, podían prestarse a manipulacións dos compradores e vendedores, sendo a veces motivo de  desavinzas entre eles, nas transaccións dun mercado primitivo e rudimentario. Dentro dunha mesma magnitude, había un sistema de medida para cada cousa, e así, a distancia entre Parroquias medíana  en leguas, o longo ou ancho dunha leira en pasos, o dun lenzo de liño en varas, o dunha mesa en cuartas e o dunha sepultura en pés. Noutros casos, unha mesma unidade, como sucedía coa fanega, tega ou ferrado, valía tanto para medi-lo volume dos grans, coma a superficie das terras. Algunhas medidas, como a dos cereais, podían ser acuguladas (con cogulo) ou pasándolle o rebolo, segundo  costumes. Outras dependían do individuo que as aplicara, pois o paso, pé ou palmo non tiñan a mesma lonxitude en tódalas persoas. Estas disparidades víñanse mantendo dende remotos tempos, a pesares das reiteradas pragmáticas reais tentando dotar a todo o Reino dunha estructura homoxénea de medidas. Nin que dicir tén, que tales tentativas fracasaron de cheo, subsistindo o problema de forma indefinida ata máis alá da chegada do Sistema Métrico Decimal. En Parderrubias, a entrada en vigor deste novo sistema non impediu que as antigas unidades seguiran vixentes durante décadas, quedando aínda rastros  dalgunhas delas na actualidade, como é o caso  do copelo. A súa definición  era tan ambigua, que nos dificultou determinar con precisión matemática as súas equivalencias coas unidades de uso actual, dado que os seus valores tampouco foron inmutables ao longo dos anos, incluso dentro da propia Parroquia. Estas eran as  comúnmente usadas polos nosos antepasados de Parderrubias, coas súas correspondentes paridades.

 Unidades de lonxitude

  • Vara. Aínda que variaba segundo os territorios, en Parderrubias utilizábase a vara castelá, unha regra ou listón de madeira equivalente a 3 pés ou a 0,835905 metros do actual sistema.
  • . Era a 1/3 da vara, é dicir, 0,2786 metros.
  • Legua. Unha legua estaba considerada como a distancia que unha persoa adulta andaba a pé nunha hora. Aínda que era relativa e variante, estímase que equivalía a 5,50 kilómetros.

O uso destas medidas en Parderrubias, consta nos interrogatorios celebrados o 16 de outubro de 1752 no Couto de Sobrado do Bispo (Catastro de Ensenada), ao que pertencía a Parroquia de Santa Olaia.

“…todos los vecinos que tienen yugada y carro le hacen un dia de acarreo a dha dignidad [Bispo] de una o dos leguas de distancia…”.

“…cada ferrado de tierra en quadro tiene treinta varas castellanas…”.

Aparte da vara e  legua, ordinariamente utilizábase tamén o paso, o cóbado (2/3 de vara), e acuarta ou palmo (1/4 de vara).

Unidades de superficie agraria

  • Fanega. Utilizada para grandes extensións, como eran os montes e chairas, equivalía a cinco ferrados ou tegas. En metros cadrados, serían 3.144,30.
  • Tega ou ferrado. Consistía nun cadrado de terra de 30 x 30 varas, o que equivalía a 628,86 metros cadrados.
  • Cuarto/a. Era 1/6 da tega, é dicir, 104,81 metros cadrados. Dito doutro xeito, unha tegaou ferrado tiña seis cuartos.
  • Copelo. Era 1/5 do cuarto ou 1/30 da tega ou ferrado, é dicir 20,96 metros cadrados. Un cuartotiña, xa que logo, cinco copelos, e unha tega ou ferrado, trinta.

Así consta documentalmente o uso destas medidas en Parderrubias:

“… la medida de que se usa es la de ferrado o tega que es lo mismo uno que otra cinco hazen una hanega cada ferrado tiene seis quartos y cada quarto cinco copelos…”.

Para os bacelos e parras, en vez do ferrado utilizábase a cavadura. A diferencia estaba en que esta medía 192,15 metros cadrados menos que aquela, é dicir, 436,71 metros cadrados, e tiña só catro cuartos (en vez de seis) de 109,17 metros cadrados cada un.

“… que cada cavadura de Viña o Parral que es la medida porque se entiende en quadro tiene veinte y cinco Varas lo qual se divide en quatro quartos…”. Op. Cit.

Unidades para medi-lo viño

  • Moio. Era unha medida nominal ou de conta, que carecía de recipiente pola súa elevada capacidade, pero que servía para coñece-lo volume das cubas e bocois, ou para cuantifica-las colleitas e transacións. O seu volume variaba, segundo as parroquias, e ímolos citar para constancia da versatilidade antes apuntada. En Parderrubias, Pereira de Montes e Mezquita, tiña a maior capacidade de toda a contorna, equivalendo a 147,60 litros do actual sistema; en Proente, Faramontaos, Entrambosríos e Forxas das Viñas, 139,40 litros; en Olás e Corvillón, 131,20 litros; en Vilar de Paio Muñiz, 123 litros. Nas tres primeiras Freguesías, o moiodividíase en 12 cuartas, de 24 cuartillos dos de entón (cuartillo= 0,5125 litros). No resto das Freguesías, o moio dividíase en 10 cuartas ou 8 olas, así que a ola de Proente, Faramontaos, Entrambosríos e Forxas das Viñas equivalía a 17,40 litros; a de Olás e Corvillón, a 16,40 litros; e a de Vilar, a 15,30 litros. En Parderrubias e Pereira de Montes, tamén se usaba o canado, que era a cuarta parte do moio, con 36,90 litros. Así se refiría a documentación citada ás medidas do viño en Parderrubias:

“… en el Vino la medida regular es la de moio el qual tiene doce quartos y cada quarto veinte y quatro quartillos que quatro canados componen un Moio”.

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Olas

Unidades para medi-los grans

  • Tega ou Era unha caixa trapezoidal de madeira, cunha asa nun lado e o outro inclinado, para facilita-lo volcado do gran nos sacos. Soía ir acompañado dun rebolo para rasalo, se fora mester. Con esto, medíanse tódolos cereais, legumes, liñaza (semente de liño) e castañas. Era, quizabes, a medida máis variable de todas, polo tamaño da caixa, a diversidade de grans e sementes a medir e maila maneira de proceder con cogulo ou conrebolo. Por estas razóns, e porque os froitos podían estar máis ou menos verdes e secos, e as colleitas ser de máis ou menos calidade, a súa equivalencia en litros ou en quilos é sempre algo relativa. Con todo, unha tega ou ferrado de trigo ou centeo en Parderrubias, equivalía moi aproximadamente a 13,88 litros (10,41 kg.), porque era costume pasarlle o rebolo,rasando o gran a rentes do borde. Sendo de millo, legumes e castañas, equivalía a 18,79 litros (15,15 kg.), por tratarse sempre de tega  acugulada ao máximo.

“… de todas las espezies de frutos la medida es colmada que llaman con cogulo excepto en el Centeno y trigo que es arasada”.

  • Cuarta/o. Era 1/6 da tega ou ferrado, é dicir, que unha tega tiña seis cuartos/as de 2,31 litros, con un peso de 1,73 kg., sendo trigo ou centeo.
  • Equivalía a cinco tegas ou ferrados, é dicir, 69,40 litros de centeo ou trigo (52,05 kg.), e 93,95 litros, sendo millo, legumes ou castañas. Era unha medida meramente teórica, porque non existía presexa para ela, pero valía para sabe-la abundancia das colleitas ou a capacidade das arcas e tullas, entre outras cousas. Así consta documentalmente a súa utilización:

“…el Abad y cura de par de rrubias que lo es don Juan perez percive de trigo diez y ochoanegas… de mijo maiz sesenta y cinco fanegas…de cevada seis ferrados..”.

“… en el partido de par derrubias… la primicia la percive la fabrica de la iglesia… y por ella paga cada vezino que tiene yugada quinze quartos por mitad mijo menudo y Centeno”.

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Tegas (ferrados)

Unidades de peso

A magnitude de peso en Parderrubias era de uso infrecuente. Aparte dos cereais, legumes e castañas, que se medían coa tega ou ferrado, os restantes froitos trocábanse, vendíanse e mercábanse por pezas, restras, ducias, centos, cestas, tazas, etc. Existía, non obstante, aromana, co seu brazo graduado en arrobas ou libras, pero de uso moi restrinxido, como podía ser no caso da carne.

  • Equivalía a 11,339 kg. do actual sistema, e estaba dividida en 25
  • Equivalía a 0,453 kg.
  • Cuarterón. Era 1/3 da libra, ou sexa, 0,113 kg.
  • Tiña catro arrobas, é dicir, 45,356 kg.
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Romanas

A medida do tempo

O tempo era para os nosos devanceiros, calmoso, continuo e prolongado, vivindo con absoluta indiferencia á precisión cronolóxica, da que actualmente somos escravos. Ata o século XIX, naide tivo medios persoais para coñece-la hora. E seguro que en Parderrubias tampouco naide disporía deles, cando menos, ata principios do seguinte. Para os nosos paisanos antepasados, o tempo era natural, con dous únicos referentes: o Sol e as campás da igrexa, amoldando o día a estas dúas referencias. Co abrente, tralo canto do galo, comezaba o día,  e co solpor, remataba, pois non existían medios, máis alá da vela de sebo ou cera e do candil de graxa, para prolongalo artificialmente. A noite era sinónimo de acougo, escuridade, tebras e perigos. A xeira de traballo estaba guiada a diario polos dous únicos reloxos existentes na Freguesía: o Sol (cando o día non estaba anubrado) e as campás da igrexa de santa Olaia. Estas, mediante os toques de Angelus ao amencer, mediodía e solpor, e o de Ánimas á noitiña, anunciaban as horas máis importantes do día, marcando o ritmo dos labores do campo. O toque de Angelus consistía en tres badaladas de tres golpes de badalo cada unha, seguidas dunha pausa e nove golpes máis lixeiros a continuación. O primeiro toque do día, chamado Alba ou Angelus da aurora, viña sendo ás seis da mañá, hora de comeza-la actividade. Á mediodía, Angelus propiamente dito, hora do xantar. Ás seis da tarde, toque de Oración, hora de abandona-los labores do campo. Na hora final do serán (ás 9 no inverno ou ás 10 no verán), producíase o derradeiro toque do día, o de Ánimas,cinco campanadas dobres e pausadas, alternando a campá grande coa pequena, que convidaban a rezar polas Benditas Ánimas  do Purgatorio. O Angelus de mediodía e o toque deOración producían escenas de grande tenrura. Á hora de soa-las campás, todos suspendían os seus traballos, estiveran onde fora, descubrían a cabeza respectuosamente e rezaban o Angelusou Ave María, en memoria da Anunciación e o Misterio da Encarnación.

Existían, nembargante, algún que outro reloxo ou cuadrante solar fixo, como era o caso dun, nunha solaina do Alcouzo, e outro na cara meridional da igrexa, que aínda perdura. Tales enxeños consistían nunha pedra plana e lisa orientada ao sur que, mediante un gnomon ou estilo no centro, proxectaba sombra sobre unha escala numerada no perímetro, indicando a posición solar. Dependendo do Sol e estando fixos e distantes,  estes reloxos, aparte de  imprecisos, non eran prácticos nin efectivos.

Reloj de sol
Reloxo solar na igrexa parroquial de Santa Olaia

A semana era para os veciños, un espazo de días iguais e rutinarios entre unha misa dominical e a seguinte. O marco temporal do ano era alleo a calquera almanaque, estando normalmente vencellado aos ritmos naturais, ás prácticas relixiosas e ás actividades agrícolas. Así, calquera   acontecemento datábase nas súas efemérides: polo San Martiño, polo San Xoan, no  inverno, na Coresma, pola sega, pola vendima…

Outra unidades

A nivel caseiro, soían utilizarse outras medidas coma a cuartilla, canada, cunca, xerra, cesto, balde, etc., pero non eran  convencionais.

Lonxe quedaban aínda o cronómetro, o GPS, o angström ou o nanosegundo, pero tamén os  escusaban.


VERSIÓN EN CASTELLANO

Nota. Este artículo aparece publicado más arriba en su versión original en gallego

Unidades de medida tradicionales en Parderrubias. Por Avelino Sierra Fernández

En el año 1849, España acepta oficialmente el Sistema Métrico Decimal, implantándose definitivamente en 1880. Hasta esta fecha, e incluso muchos lustros después, las unidades empleadas para medir magnitudes de longitud, superficie agraria, capacidad de peso eran diversas y variables en cada territorio. Las empleadas en Parderrubias en las compra-ventas y cambios de mercancías eran arcaicas, confusas, imprecisas y variables. Eran distintas entre comarcas limítrofes e incluso de una Parroquia a otra, con diferentes valores y tratamientos, lo cual  prestaba a las manipulaciones de los compradores y de los vendedores, constituyendo en ocasiones motivo de desavenencias en las transacciones de un mercado primitivo y rudimentario. Dentro de una misma magnitud existía un sistema de medida para cada elemento y así, por ejemplo, la distancia entre Parroquias se medía en leguas, el largo o el ancho de una tierra labrada en pasos, el de un lienzo de lino en varas, el de una mesa en cuartas y el de una sepultura en pies. En otros casos, una misma unidad, como por ejemplo ocurría con la fanega, “tega” o ferrado, era válida tanto para medir el volumen de grano como la superficie de las tierras. Algunas medidas, como las de los cereales, podían ser colmadas (“acuguladas”) o se le pasaba el “rebolo” (cilindro con el que se rasa o mide el grano), según la costumbre. Otras dependían de la persona que las aplicara, pues el paso, el pie o la cuarta (palmo) no tenían la misma longitud en todas las personas. Esta disparidad se venía manteniendo desde tiempos remotos, a pesar de las reiteradas pragmáticas reales tratando de dotar a todo el Reino de una estructura homogénea de medidas. Ni que decir tiene que tales tentativas fracasaron completamente, subsistiendo el problema de manera indefinida hasta más allá de la llegada del Sistema Métrico Decimal. En Parderrubias, la entrada en vigor de este nuevo sistema no impidió que las antiguas medidas siguieran vigentes durante décadas, quedando aún los vestigios de alguna de ellas en la actualidad, como es el caso del “copelo”. La definición de estas medidas era tan ambigua que nos dificultó determinar con precisión matemática sus equivalencias con las unidades de uso actual, dado que sus valores tampoco fueron inmutables con el paso del tiempo, incluso dentro de la propia Parroquia. Estas eran las medidas más habituales empleadas por nuestros antepasados en Parderrubias, con sus correspondientes paridades.

Unidades de longitud

  • Vara. Variaba dependiendo de los territorios en los que se empleaba. En Parderrubias se utilizaba la vara castellana, una regla o listón de madera equivalente a tres pies o 0,835905 metros del actual sistema.
  • Pie. Era 1/3 de vara, es decir, 0,2786 metros.
  • Legua. Estaba considerada como la distancia que una persona adulta andaba a pie en una hora. Aunque se trataba de una medida relativa y variante, se estima que equivalía a 5,5 kilómetros.

El uso de estas medidas en Parderrubias consta en los interrogatorios celebrados el 16 de octubre de 1752 en el Coto de Sobrado do Bispo (Catastro de Ensenada) al que pertenecía la Parroquia de Santa Olaia.

“…todos los vecinos que tienen yugada y carro le hacen un día de acarreo a dha dignidad [Bispo] de una o dos leguas de distancia…”.

“…cada ferrado de tierra en quadro tiene treinta varas castellanas…”.

Aparte de la vara, el pie y la legua, ordinariamente se empleaba también el paso, el “cóbado” (2/3 de vara) y la cuarta o palmo (1/4 de vara).

Unidades de superficie agraria

  • Fanega. Se utilizaba en grandes extensiones como montes y vegas, y equivalía a cincoferradoso “tegas”. Su equivalencia en metros cuadrados sería de 3.144,30.
  • Tega” o ferrado. Consistía en un cuadrado de tierra de 30 x 30 varas, lo que equivalía a 628,86 metros cuadrados.
  • Cuarto/a. Era 1/6 de la “tega”, es decir, 104,81 metros cuadrados. Dicho de otra manera, una “tega” o ferradotenía seis cuartos.
  • Copelo”. Era 1/5 del cuarto, 1/30 de la “tega” o ferrado, es decir, 20,96 metros cuadrados. Un cuarto tenía por tanto cinco “copelos”, y una “tega” o ferrado, treinta.

Así consta documentalmente el uso de estas medidas en Parderrubias:

“… la medida de que se usa es la de ferrado o tega que es lo mismo uno que otra cinco hazen una hanega cada ferrado tiene seis quartos y cada quarto cinco copelos…”.

Para los viñedos y parras, en lugar de ferrado se empleaba la “cavadura”. La diferencia estaba en que ésta medía 192,15 metros cuadrados menos que aquélla, es decir, 436,71 metros cuadrados, y tenía solo cuatro cuartos (en vez de seis) de 109,17 metros cuadrados cada uno.

“… que cada cavadura de Viña o Parral que es la medida porque se entiende en quadro tiene veinte y cinco Varas lo qual se divide en quatro quartos…”. Op. Cit.

Unidades para  medir el vino

  • Moyo. Constituía una medida nominal o de cuenta, que carecía de recipiente por su elevada capacidad, pero que servía para conocer el volumen de las cubas y lo toneles, o para cuantificar las cosechas y transacciones. Su volumen variaba según las Parroquias. Los vamos a citar como constancia de la versatilidad antes señalada. En Parderrubias, Pereira de Montes y Mezquita tenía la mayor capacidad de todo el entorno, equivaliendo a 147,60 litros del actual sistema. En Proente, Faramontaos, Entrambosríos y Forxas das Viñas, 139,40 litros. Een Olás y Corvillón, 131,20 litros; y en Vilar de Paio Muñiz, 123 litros. En las tres primeras feligresías el moyose dividía en 12 cuartas, de 24 cuartillos de los de entonces (cuartillo = 0,5125 litros). En el resto de feligresías el moyo se dividía en 10 cuartas u ocho “olas”, así que la “ola” de Proente, Faramaontaos, Entrambosríos y Forxas das Viñas equivalía a 17,40 litros; la de Olás y Corvillón, a 16,40 litros; y la de Vilar, a 15,30 litros. En Parderrubias y Pereira de Montes, también se usaba el cañado, que era una cuarta parte del moyo, con 36,90 litros. Así se refería la documentación citada las medidas del vino en Parderrubias:

“… en el Vino la medida regular es la de moio el qual tiene doce quartos y cada quarto veinte y quatro quartillos que quatro canados componen un Moio”.

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Olas

Unidades para medir los cereales

  • Tega” o ferrado. Era una caja trapezoidal de madera, con un asa en uno de los laterales y el otro inclinado para facilitar el volcado del grano en los sacos. Solía ir acompañado de un “rebolo” para rasar si fuese necesario. Con esta caja se medían todos los cereales, legumbres, linaza (semilla del lino) y castañas. Era tal vez la medida más variable de todas, por el tamaño de la caja, la diversidad de granos y semillas a medir, y por la  manera de proceder con el colmado o con el “rebolo”. Por estas razones y porque los frutos podían estar más o menos verdes y secos, y las cosechas ser de más o menos calidad, su equivalencia en litros o en kilogramos es siempre algo relativa. Con todo, una “tega” o ferradode trigo o centeno en Parderrubias equivalía aproximadamente a 13,88 litros (10,41 kilogramos) porque era costumbre pasarle el “rebolo” rasando el grano a ras del borde. Siendo de maíz, legumbres y castañas, equivalía a 18,79 litros (15,15 kilogramos) por tratarse de “tega” colmada al máximo.

“… de todas las espezies de frutos la medida es colmada que llaman con cogulo excepto en el Centeno y trigo que es arasada”.

  • Cuarto/a. Era 1/6 de “tega” o ferrado, es decir, una “tega” tenía seis cuartos/as de 2,31 litros, con un peso de 1,73 kilogramos si se trataba de trigo o centeno.
  • Fanega. Equivalía a cinco “tegas” o ferrados, es decir, 69,40 litros de centeno o trigo (52,05 kilogramos), y 93,95 litros, tratándose de maíz, legumbres o castañas. Era una medida básicamente teórica, dado que no existía recipiente para ella, pero servía para determinar la abundancia de las cosechas o la capacidad de las arcas, entre otras cosas. Así consta documentalmente su empleo:

“…el Abad y cura de par de rrubias que lo es don Juan perez percive de trigo diez y ochoanegas… de mijo maiz sesenta y cinco fanegas…de cevada seis ferrados..”.

“… en el partido de par derrubias… la primicia la percive la fabrica de la iglesia… y por ella paga cada vezino que tiene yugada quinze quartos por mitad mijo menudo y Centeno”.

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Tegas (ferrados)

Unidades de peso

La magnitud del peso en Parderrubias era de uso infrecuente. Mientras que cereales, legumbres y castañas se medían, con ya hemos señalado, en “tegas” o ferrados, el resto de frutos se cambiaban, vendían y compraban por piezas, ristras, docenas, cientos, cestas, tazas, etc. No obstante, existía la romana con su brazo graduado en arrobas o libras, pero de uso muy restringido como podía ser en el caso de la carne.

  • Arroba. Equivalía a 11,339 kilogramos del actual sistema y estaba dividido en 25 libras.
  • Libra. Equivalía a 0,453 kilogramos.
  • Cuarterón. Era 1/3 de libra, es decir, 0,113 kilogramos.
  • Quintal. Tenía cuatro arrobas, es decir, 45,356 kilogramos.
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Romanas

Medida del tiempo

Para nuestros antepasados, el tiempo era parsimonioso, continuo y prolongado, y vivían con absoluta indiferencia la precisión cronológica, de la que actualmente somos esclavos. Hasta el siglo XIX, nadie tenía medios personales para conocer la hora, por lo que es seguro que en Parderrubias nadie disponía de ellos, cuanto menos hasta principios del siguiente siglo. Para nuestros paisanos el tiempo era natural, con dos únicos referentes (el sol y las campanas de la iglesia), organizando el día a partir de estas dos referencias. Con la salida del sol, tras el canto del gallo, comenzaba el día, y con su puesta, terminaba, pues no existían medios más allá de la vela de sebo o cera y el candil de grasa para prolongarlo artificialmente. La noche era sinónimo de serenidad, oscuridad, tinieblas y peligros. La jornada laboral estaba guiada diariamente por los dos únicos relojes existentes en la Feligresía: el sol (cuando el día no estaba nublado) y las campanas de la iglesia de Santa Olaia. Éstas mediante los toques de Ángelus al amanecer, mediodía y puesta del sol, y el de Ánimas al anochecer, anunciaban las horas más importantes del día, marcando el ritmo de las labores agrícolas. El toque del Ángelus consistía en tres campanadas de tres golpes de badajo cada una, seguidas de una pausa y nueve golpes más ligeros a continuación. El primer toque del día, denominado Alba o Ángelus de la aurora, se realizaba a las seis de la mañana, hora de comienzo de la actividad diaria. A mediodía, el Ángeluspropiamente dicho, significaba hora de almorzar. A las seis de la tarde, toque de Oración, era hora de abandonar las faenas en el campo. Al final de la tarde (a las 9 en invierno o las 10 en verano) se producía el último toque del día, el de Ánimas, que consistía en cinco campanadas dobles y pausadas, alternando la campana grande con la pequeña, convidando a rezar por las Benditas Ánimas del Purgatorio. El Ángelus del mediodía y el toque de Oración producían escenas de gran ternura. Al momento de sonar las campanas todos los vecinos suspendían sus trabajos, estuvieran en donde estuvieran, descubrían sus cabezas respetuosamente y rezaban elAngelus o el Ave María en memoria de la Anunciación o el Misterio de la Encarnación.

No obstante, existía algún que otro reloj o cuadrante solar fijo como el que había en una azotea de O Alcouzo o el que existe todavía en la cara meridional de la iglesia. Estos ingenios consistían en una piedra plana y lisa orientada hacia el sur que, mediante un gnomon o estilo en el centro, proyecta sombra sobre una escala numerada en el perímetro, indicando la posición solar. Al depender del sol, y al ser fijos y distantes, estos relojes, aparte de imprecisos, no eran prácticos ni efectivos.

Reloj de sol
Relol solar en la iglesia parroquial de Santa Olaia

La semana era para los vecinos un espacio de días similares y rutinarios entre una misa dominical y la siguiente. El marco temporal del año era ajeno a cualquier almanaque, estando normalmente vinculado a ciclos naturales, a prácticas religiosas y a las actividades agrícolas. Así, cualquier acontecimiento se fechaba en sus efemérides: por San Martiño, por San Xoán, en invierno, en Cuaresma, por la siega, por la vendimia, etc.

Otras unidades

A nivel doméstico se solían emplear otras medidas como la cuartilla, cañada, taza, jarra, cesto, cántara, etc., pero no eran convencionales

Lejos quedaban aún el cronómetro, el GPS, el angstrom o el nanosegundo, pero tampoco los necesitaban nuestros antepasados.

 

E18. Las tejedoras de Parderrubias. Por Avelino Sierra Fernández

E18. Las tejedoras de Parderrubias. Por Avelino Sierra Fernández

El mundo rural gallego no se puede comprender sin sus oficios. El oficio es un trabajo manual que perdura en el tiempo y para el que se precisa una determinada preparación, que habitualmente se obtenía estando al lado de un maestro experimentado. Parderrubias no es diferente y así esta Parroquia fue testigo del quehacer de carpinteros, albañiles, tratantes, costureras, etc. Lamentablemente, muchos de estos oficios desaparecieron con el transcurrir de los tiempos y en el peor de los casos las generaciones actuales ni siquiera tienen conocimiento de su existencia entre nuestros antepasados. El ejemplo más claro son las tejedoras de lino que tuvieron un enorme arraigo y tradición en nuestra Parroquia, y cuyo trabajo prácticamente es desconocido para la gran mayoría.

En este excelente artículo, Avelino Sierra Fernández, quien lleva años investigando esta temática, nos acerca al proceso del cultivo y manufacturación del lino en Parderrubias, actividad que llegó a ser un referente en toda la comarca durante mucho tiempo, así como al habilidoso trabajo llevado a cabo por las tejedoras. Sirva este documento como oportunidad para conocer mejor y no olvidar nuestro pasado, y como homenaje a estas infatigables mujeres de Parderrubias.

Gracias, Avelino, por esta brillante colaboración.

Juan Carlos Sierra Freire

Notas. (1) Este artículo aparece publicado en su versión original en gallego y justo a continuación el lector encontrará una versión en castellano. (2) Los objetos que aparecen fotografiados en este artículo pertenecen a la colección privada “Seguindo o fío” de Avelino Sierra Fernández.


As tecedeiras de Parderrubias. Por Avelino Sierra Fernández

Algunhos dos que xa nos van quedando poucas canas que peitear, aínda lembramos con agarimo, aglaio e nostalxia, entre outras veciñas, á Pepa da Manadela, a tía Ánxela da Carreira, á Sara do Elpidio, ou as irmáns Pepa e María Outomuro de Barrio,  cos pés nas premedeiras dos seus rústicos teares e coas mans na lanzadeira, tecendo, con monótono pero acompasado son dos pentes, a trama dun abraiante lenzo de liño ou estopa, ou dunha colorida colcha de liño e lá. Eran as últimas tecedeiras que aínda quedaban en Parderrubias a comezos da década dos 50.

Na actualidade, non tendo necesidade daqueles tecidos tradicionais nin de tan arcaica industria tear, as novas xeracións esqueceron os enleados procesos, as duras angueiras, e en xeral a cultura téxtil do liño dos nosos devanceiros. Todo ilo obríganos, aos que dalgún xeito fomos testemuñas dos  últimos latexos daquela historia, a recordar tan senlleira tradición,  co azo de mantela viva na memoria colectiva, como legado da nosa raizame e cerne da nosa propia identidade.

Aínda que carecemos de documentos que o verifiquen, non hai nada que nos impida pensar que a orixe do cultivo, fiado e tecido do liño en Parderrubias, fora cronoloxicamente parella á do resto das terras ourensás, sendo razoable polo tanto, que a situemos, cando menos, na época romana. Outro tanto acontece coas técnicas empregadas no seu proceso, sendo estas caseiras, manuais e semellantes ás de toda a bisbarra, sen que apenas mudaran ao longo dos tempos. Exemplo de canto dicimos, témolo nas fusaiolas e pondus atopados no veciño castro de Castromao (preto de Celanova).

O cultivo e a manufacturación do liño en Parderrubias,  caracterizáronse dende sempre, por ser actividades desenroladas individualmente por cada familia e pola falta de recursos económicos para a súa medra e mellora, causas do  inmobilismo case absoluto nas técnicas de produción empregadas ao longo dos séculos.

Fai 264 anos (1752), había en Parderrubias 32 mulleres tecedeiras con outros tantos obradoiros e teares. Dez delas vivían no lugar da igrexa (na Aldea), chamada así xa daquela, por estar no cerco do antigo oratorio adicado ao culto, que foi substituído no 1765 pola actual igrexa. Outras sete, moraban no lugar coñecido como As Casas, que presumiblemente debía se-lo actual Barrio. As quince restantes residían entre os  outros asentamentos da parroquia (O Outeiro e Nigueiroá). Sabemos tamén que catorce  delas eran casadas e unha, viuva.

De tódolas parroquias daquela data, que actualmente conforman o Concello da Merca, era Parderrubias a que máis tecedeiras tiña, seguida da Mezquita con 17, e Vilar de Paio Muñiz con 13. Se consideramos os datos poboacionais que o Diccionario Estadístico de Pascual Madoz lle atribúe a Parderrubias no 1846 (67 casas e 234 almas), debía corresponder un tear por cada dúas casas.

As 32 tecedeiras eran independentes, co obradoiro na súa casa, con cadanseu tear, aínda que algunha casa podía contar con dous. Tecían para cubri-las necesidades de vestimenta e enxoval da propia familia e do entorno inmediato, se fora o caso, sendo posible que algunhas delas produciran tamén para o mercado, como nos suxire a existencia de dous mercaderes (Antonio Seara e Rosendo Fernández) que con tres “machos” percorrían as aldeas “con el trato y comercio que manexan de Paños pardos y Baietas…”, obtendo a frioleira de “cinco mil reales de vellón de utilidad y ganancia a el año”. Tamén é factible que acudiran cos seus productos á feira mensual da Merca o 26 de cada mes, pois tal era o costume doutras zonas con feira, como Allariz ou Xinzo.

Regularmente, só traballaban no tear 5 ou 6 meses ao ano, a partir de xuño ou xullo, cando xa tiñan os novelos listos, pois hai que dicir que o proceso do liño consistía en 16 angueiras moi laboriosas. Comezaba coa sementeira  entre abril e maio, producíndose  a arriga ou recolleita  entre  xullo e agosto. Durante os meses de outono, realizaban unha chea de endeitas para transformar o liño bruto en finas estrigas, listas para fiar (ripa, empozado, seca, maza, espadela, tasca e aseda). Todo o inverno, ocupábano logo no fiado, coa roca e fuso, e entre abril e maio tiña lugar o ensarillado, branqueado e devanado do fío, para levalo ao tear entre xuño e xullo, onde se procedía ao canelado, urdido e tecido. Cada tear podía chegar a tecer ao día entre 3, 4 ou 5 varas de lenzo (vara = 0,8359 metros). O rendimento económico  de cada tecedeira era moi escaso, por se-lo seu traballo maioritariamente doméstico, oscilando en torno aos 40 reais de vellón anuais, segundo manifesta Antonio Martínez, veciño de Parderrubias e Perito nos interrogatorios do Catastro de Ensenada relativos ao Couto de Sobrado do Bispo ao que pertencía Parderrubias.

Mercé ás certificacións requeridas no ano 1752 ao entón Abade de Parderrubias, Don Juan Pérez, pola Intendencia do Reino, durante o proceso da enquisa fiscal promulgada por Zenón Somodevilla, coñecemos os dezmos do liño percibidos daquela pola igrexa de Santa Olaia, o que nos permite deducir a superficie cultivada e a producción total en toda a parroquia. Os fregueses de Parderrubias pagaban os dezmos do liño en afusais. Un afusai era un atado de estrigas. Unha estriga era un mañizo de liño restrelado ou asedado, listo para suxeitalo na roca e fialo. O número de estrigas dun afusal variaba dunhos lugares a outros, pero en Parderrubias era de 36:

“…cada ferrado de heredad de Regadio, primera calidad, produze seis afusales embruto de a diezyocho pares de estrigas cada uno…”.

 Segundo as actas baseadas nas citadas certificacións, o Abade de Parderrubias percibía dos seus fregueses 55 afusais de liño ao ano, en concepto de dezmos:

 “…el Abad y cura de par de rrubias que lo es actual don Juan perez percive de trigo diez y ocho anegas – de centeno cinquenta – de vino diez y seis moios – de mijo maíz sesenta y cinco fanegas – de mijo menudo seis – de Cevada seis ferrados de cantudos o pedrones quinze de abas siete ferrados de Lino cinquenta y cinco afusales de Castañas veinte y cinco anegas de Garvanzos un ferrado…”.

Esta cantidade de 55 afusais satisfeita en concepto de dezmos polos parroquianos, supuña soamente a décima parte da producción, o que nos leva a convir que a colleita anual na parroquia alcanzaría os 550 afusais como mínimo. Se temos en conta, como consta na primeira cita, que cada ferrado de terra de regadío producía 6 afusais, e o de secaño 4 (unha media de 5 afusais por ferrado), é doado deducir que a superficie cultivada era, cando menos, de 110 ferrados, ou sexa 69.175 metros cadrados, unhas 692 áreas, que equivalen á extensión de unhos 15 campos de futbol reglamentarios actuales. Parderrubias, que fai algo máis dun cuarto de milenio (1750) era, de tódalas parroquias que actualmente conforman o Concello  da Merca, a primeira productora  en millo gordo, millo miúdo (mijo) e viño, e a terceira en trigo e castañas,   era  tamén  a que máis liño cultivaba en toda a municipalidade, en consonancia coa  súa manufacturación que tamén era a meirande, seguida a distancia por Vilar de Paio Muñiz e Pereiras de Montes. En comparación con outros cultivos, a superficie adicada ao cultivo do liño en Parderrubias roldaba o 13,5% da do millo (812 ferrados), o 17,5% da do centeo (625 ferrados) e o 48,8% da destinada a trigo (225 ferrados).

No tocante á liñaza (semente do liño), o rendemento, con lixeiras fluctuacións segundo a esterca, calidade da terra, rega, etc., era escaso, non sobrepasando os dous ferrados de gran sementados (28 litros) por cada ferrado de superficie cultivada (628,86 metros cadrados). Un ferrado ou tega de liñaza (13,88 litros) tiña nas parroquias dos arredores un valor de 5,5 reais de vellón, pero en Parderrubias custaba 7, quizabes porque, sendo a área de maior producción, contaría tamén coa mellor semente, como pasaría tempos despois coas patacas da Limia.

Pero a historia do liño en Parderrubias non se limita soamente á época tratada, senón que a tradición, que viña de tempos remotos, continuou manténdose con igual ou maior intensidade ao longo dos douscentos anos seguintes. Durante a segunda metade do século XVIII, mantívose ao mesmo nivel, pero a finais da centuria e comezos da seguínte, a producción debeu aumentar lixeiramente coa mellora dalgúns aveños coma os tornos de fiar que nalgunhos lares deron en substituír ao fuso. O Diccionario Xeográfico Estadístico de Sebastián de Miñano (1827), referíndose a toda a xurisdicción, afirma:

“… produce  lino… hay telares de lienzos ordinarios que fabrican  las mugeres (sic) y no hay casa donde no haya uno o dos”.

O Diccionario Estadístico de Pascual Madoz (1846-1850) segue considerando ao liño coma un dos principais cultivos de Parderrubias, e referíndose a toda a municipalidade, afirma:

“…hay muchos telares de lienzo ordinario, pues apenas hay casa donde no exista uno o dos de esta clase”.

Na segunda metade do século XIX, comezou a devecer en toda Galicia a manufacturación tradicional, debido á introducción do algodón e dos panos leoneses chegados a través da venda ambulante dos arrieiros maragatos, pero en Parderrubias os teares seguiron traballando arreo. Incluso na primeira metade do XX, episodios recesivos, como a Primeira Guerra Mundial (1914-1918) e a Guerra Civil Española (1936-1939), propiciaron un repunte da producción. Nembargante, a partir da posguerra, foi esmorecendo tamén en Parderrubias e, a partir do ecuador do século, a Revolución Industrial, coa aparición de febras sintéticas con medidas xeométricas, diversidade de cores, tallas variadas e prezos asequibles, rematou desprazando ao liño, quedando o cultivo e as técnicas tradicionais do seu proceso reducidos ao oficio dunhas poucas tecedeiras de avanzada idade, como apuntabamos ao principio deste artigo.

Na actualidade, ano 16 do terceiro milenio, de toda esta historia só nos queda lembranza e señardade. Todo foi cambiando, desaparecendo. Mudaron as aldeas, anováronse os poboadores, perdéronse os costumes. O tempo levou canda si o liño, a roca, o fuso, o tear…, e con eles a arte e mañas das habelenciosas fiadeiras e tecedeiras, arrastrando con elas ao fondo do esquecemento, os usos e costumes dunha secular tradición, deixándonos tan só unha esquirla de saudade en algunha crónica ou en algún museo etnográfico particular que sería oportuno facer público. Exigua reserva dunha cultura material, popular e tradicional propia, caída na desmemoria.

Os traballos das fiadeiras e tecedeiras de Parderrubias, nunha andaina de subsistencia, en moitos casos límite, foi de capital importancia para o devir das súas familias. Implicadas principalmente nas arduas tarefas do campo, en coida-lo gando miúdo, pastorea-lo armentío, cultiva-las cortiñas e chousas e cumpri-las restantes angueiras domésticas, estas amas de casa empregaban calquera acougo, mentres lles quedaran folgos, aínda que fora de noite, nas tarefas do fiado, calceta e tecido, para cubri-la demanda familiar ou completa-los recursos mínimos que garantiran a súa supervivencia. Sin pretendelo, a súa figura, coma artesanas creativas independentes, tivo tamén a súa influencia e relevancia na propia cultura local. Valian estas liñas coma un pequeno recoñecemento ao seu arduo e artesanal labor, como reivindicación a un protagonismo históricamente ignorado e coma humilde homenaxe póstuma a todas elas de quen durmiu en sabas de estopa na súa nenez.

Relación das 32 tecedeiras de Parderrubias no ano 1752, transcritas  coa mesma grafía que consta nos documentos:

Benita das Casas (hixa de Jacobo)

Maria das casas (hija de Pedro)

Manuela de la Yglesia (nuera de Antonio de san pedro)

Antonia de san pedro (hixa de Josepha grande)

Ysavel de la Yglesia (hija de Ambrosio)

Ysavel das Casas (hermana de Domingos)

Josepha das Casas (hermana de Domingo)

Ysavel das casas (soltera)

Rosa da Yglesia (nuera de Juan Martinez)

Isavel de outumuro (nuera de Miguel pascual)

Clara doniz (mujer de Santiago Dom.ez)

Fran.ca  doniz (hixa de Estevan)

Ana maria das Casas (nuera de Maria ca…)

Ysavel da carreira (mujerde Juan fernandez)

Lucía da Yglesia (hija de Antonio)

Josepha doniz (mujer de Juan fernandez)

Benita de Barros (hija de Ibona da Yglesia)

Isavel garrido (nuera de Joseph Outumuro)

Ana das Casas (Viuda)

Maria da Yglesia (hija de Isabel das Casas)

Josepha Pasql. (Nuera de carlos martinez)

Francisca das Casas (mujer de Pedro Borrajo)

Barbara outumuro (hija de Rosalía das casas)

Andrea Gonzalez (mujerde Juan de Outumuro)

Ysavel seara (hija de Joseph)

Polina seara (hija de Joseph)

Agustina de la Ygla. (nuera de Juan de outumuro)

Magdalena rrodriguez (madrasta de Pedro outumuro)

Josepha de san pedro (nuera de Juan Antonio da Yglesia)

Birxida da Veiga (hija de miguel)

Agustina de maside (hija de Manuel)

Ysavel de la Yglesia (cuñada de Joseph doniz).


VERSIÓN EN CASTELLANO

Nota. Este artículo aparece publicado más arriba en su versión original en gallego

Las tejedoras de Parderrubias. Por Avelino Sierra Fernández

Algunos de los que ya nos quedan pocas canas que peinar aun recordamos con cariño, admiración y nostalgia, entre otras vecinas, a Pepa de la Manadela, a la tía Angela de la Carreira, a Sara del Elpidio o a las hermanas Pepa y María Outumuro de Barrio con los pies en las “premedeiras” de sus rústicos telares y con sus manos en la lanzadera, tejiendo con monótono pero acompasado sonido de los peines la trama de un asombroso lienzo de lino o estopa o de una colorida colcha de lino y lana. Fueron las últimas tejedoras que quedaban en Parderrubias a comienzos de la década de los años 50.

En la actualidad, no existiendo ya necesidad de aquellos tejidos tradicionales ni de tan arcaica industria telar, las nuevas generaciones olvidaron los enredados procesos, las duras tareas y, en general, la cultura textil del lino de nuestros antepasados. Todo ello nos obliga a los que de alguna manera fuimos testigos de los últimos latidos de aquella historia a recordar tan honrosa tradición con el fin de mantenerla viva en la memoria colectiva como legado de nuestras raíces y ciernes de nuestra propia identidad.

A pesar de que carecemos de documentos que lo verifiquen, no hay nada que nos impida pensar que el origen del cultivo, hilado y tejido del lino en Parderrubias fue cronológicamente parejo al del resto de tierras ourensanas, siendo razonable por tanto situarlo, cuando menos, en la época romana. Otro tanto ocurre con las técnicas empleadas en su proceso, siendo éstas domésticas, manuales y semejantes a las de toda la comarca, sin que apenas cambiasen con el transcurrir del tiempo. Ejemplo de ello lo tenemos en las “fusaiolas” y “pondus” encontrados en el vecino castro de Castromao (cerca de Celanova).

El cultivo y la manufacturación del lino en Parderrubias se caracterizó desde siempre por tratarse de actividades desarrolladas individualmente por cada familia y por la falta de recursos económicos para su desarrollo y mejora, causas del inmovilismo casi absoluto en las técnicas de producción empleadas a lo largo de los siglos.

Hace 264 años, en 1752, había en Parderrubias 32  mujeres tejedoras con otros tantos talleres y telares. Diez de ellas vivían en A Iglesia (en A Aldea), lugar denominado ya así de aquella por estar en el entorno del antiguo oratorio dedicado al culto, que fue reemplazado en el año 1765 por la actual iglesia. Otras siete moraban en el lugar conocido como As Casas, que presumiblemente sería el actual Barrio. Las quince restantes residían en los otros asentamientos de la Parroquia (O Outeiro y Nigueiroá); se sabe también que catorce de ellas estaban casadas y una era viuda.

De todas las parroquias de aquella época, que en la actualidad conforman el Concello de A Merca, era Parderrubias la que más tejedoras tenía, seguida de A Mezquita con 17 y Vilar de Paio Muñiz con 13. Si consideramos los datos poblacionales que el Diccionario Estadístico de Pascual Madoz le atribuye a Parderrubias en 1846 (67 casas y 234 personas), debía corresponder un telar por cada dos casas.

Las 32 tejedoras eran independientes, con su propio taller en casa equipado con su telar, aunque en alguna casa podría haber dos. Tejían para cubrir las necesidades de vestimenta y ajuar de la propia familia y del entorno inmediato, si fuese el caso, siendo posible que algunas de ellas produjeran también para la venta, tal como nos sugiere la existencia de dos mercaderes (Antonio Seara y Rosendo Fernández) que con tres “machos” recorrían las aldeas “con el trato y comercio que manexan de Paños pardos y Baietas…”, obteniendo la friolera cuantía de “cinco mil reales de vellón de utilidad y ganancia a el año”. También es factible que acudieran con sus productos a la “feira” mensual de A Merca el 26 de cada mes, pues tal era la costumbre en otras zonas con “feira” como Allariz o Xinzo.

Regularmente, solo trabajaban en el telar 5 o 6 meses al año, a partir de junio o julio, cuando ya tenían preparados los ovillos, pues cabe señalar que el proceso del lino consistía en 16 tareas muy laboriosas. Comenzaba con la siembra entre abril y mayo, produciéndose la recogida entre julio y agosto. Durante los meses de otoño se llevaba a cabo un gran número de faenas para transformar el lino bruto en finos manojos listos para hilar (ripiado, enriado, secado, machacado, espadado, tascado y asedado). Todo el invierno era dedicado al hilado con la rueca y el huso, y entre abril y mayo tenía lugar el enmadejado, blanqueado y devanado del hilo para llevarlo al telar entre junio y julio, en donde se procedía al encanillado, urdido y tejido. Cada telar podía llegar a tejer en un día entre 3 y 5 varas de lienzo (vara = 0,8359 metros). El rendimiento económico de cada tejedora era muy escaso, por tratarse de un trabajo básicamente doméstico, oscilando en torno a los 40 reales de vellón anuales, según señala Antonio Martínez, vecino de Parderrubias y Perito en los interrogatorios del Catastro de Ensenada relativos al Coto de Sobrado do Bispo, al cual pertenecía Parderrubias.

Merced a las certificaciones requeridas en el año 1752 al entonces Abad de Parderrubias Don Juan Pérez por la Intendencia del Reino, durante el proceso de la investigación fiscal promulgada por Zenón Somodevilla, conocemos los diezmos de lino percibidos en aquel tiempo por la Parroquia de Santa Olaia, lo cual nos permite deducir la superficie cultivada y la producción total en toda la parroquia. Los feligreses de Parderrubias pagaban los diezmos de lino en “afusais”. Un “afusai” era un atado de “estrigas”, es decir, un manojo de lino rastrillado y asedado, listo para sujetarlo en la rueca e hilarlo. El número de “estrigas” de un “afusal” variaba de unos lugares a otros, pero en Parderrubias era de 36:

“…cada ferrado de heredad de Regadio, primera calidad, produze seis afusales embruto de a diezyocho pares de estrigas cada uno…”.

Según las actas fundamentadas en las citadas certificaciones, el Abad de Parderrubias percibía de sus feligreses 55 “afusais” de lino por año en concepto de diezmos:

“…el Abad y cura de par de rrubias que lo es actual don Juan perez percive de trigo diez y ocho anegas – de centeno cinquenta – de vino diez y seis moios – de mijo maíz sesenta y cinco fanegas – de mijo menudo seis – de Cevada seis ferrados de cantudos o pedrones quinze de abas siete ferrados de Lino cinquenta y cinco afusales de Castañas veinte y cinco anegas de Garvanzos un ferrado…”.

Esta cantidad de 55 “afusais” satisfecha en concepto de diezmos por los parroquianos suponía solamente la décima parte de la producción, lo que nos lleva a concluir que la cosecha anual en la Parroquia alcanzaría los 550 “afusais” como mínimo. Si tenemos en cuenta, tal como consta en la primera cita, que cada “ferrado” de tierra de regadío producía seis “afusais” y el de secano cuatro (una media de cinco afusais por ferrado), es fácil deducir que la superficie cultivada era, cuanto menos, de 110 “ferrados”, es decir, 69.175 metros cuadrados o unas 692 áreas, lo que equivale a la extensión de unos 15 campos de fútbol reglamentarios actuales. Parderrubias, que hace algo más de un cuarto de milenio (en el año 1750) era, de todas las parroquias que actualmente conforman el Concello de A Merca, la primera productora de maíz gordo, maíz menudo (mijo) y vino, y la tercera en trigo y castañas, era también la que más lino cultivaba en toda la municipalidad, en consonancia con su manufacturación que también era la más grande, seguida a distancia por Vilar de Paio Muñiz y Pereira de Montes. En comparación con otros cultivos, la superficie dedicada al cultivo del lino en Parderrubias rondaba el 13,5% de la del maíz (812 “ferrados”) o el 17,5% de la del centeno (625 “ferrados”) y el 48,8% de la destinada al trigo (225 “ferrados).

Por lo que respecta a la linaza (semilla del lino), el rendimiento, con ligeras fluctuaciones según el estercado, la calidad de la tierra, el riego, etc., era escaso, no sobrepasando los dos ferrados de grano sembrado (28 litros) por cada “ferrado” de superficie cultivada (628,86 metros cuadrados). Un “ferrado” o “tega” de linaza (13,88 litros) tenía en las parroquias de los alrededores un valor de 5,5 reales de vellón, pero en Parderrubias costaba 7, quizás porque siendo el área de mayor producción, contaría también con la mejor semilla, tal como sucedería tiempos después con las patatas de A Limia.

Pero la historia del lino en Parderrubias no se limita solamente a la época abordada, sino que la tradición, que venía ya de tiempos remotos, se continuó manteniendo con igual o mayor intensidad a lo largo de los dos siguientes siglos. Durante la segunda mitad del siglo XVIII se mantuvo al mismo nivel, pero a finales de ese siglo y comienzos del siguiente la producción debió aumentar ligeramente con la mejora de algunos aperos como los tornos de hilar, que en algunas casas sustituyeron al huso. El Diccionario Estadístico de Sebastián Miñano (1827), referiéndose a toda la jurisdicción, afirma:

“… produce  lino… hay telares de lienzos ordinarios que fabrican las mugeres (sic) y no hay casa donde no haya uno o dos”.

El Diccionario Estadístico de Pascual Madoz (1846-1850) continúa considerando al lino como uno de los principales cultivos de Parderrubias, y refiriéndose a toda la municipalidad, afirma:

“…hay muchos telares de lienzo ordinario, pues apenas hay casa donde no exista uno o dos de esta clase”.

En la segunda mitad del siglo XIX comenzó a decrecer en toda Galicia la manufacturación tradicional como consecuencia de la introducción del algodón y de los paños leoneses llegados a través de la venta ambulante de los arrieros maragatos, pero en Parderrubias los telares siguieron funcionando sin interrupción. Incluso en la primera mitad del siglo XX, episodios recesivos como la Primera Guerra Mundial (1914-1918) o la Guerra Civil Española (1936-1939), propiciaron un repunte en la producción. Sin embargo, a partir de la posguerra fue desfalleciendo también en Parderrubias y a partir del ecuador del siglo la Revolución Industrial, con la aparición de las fibras sintéticas con medidas geométricas, diversidad de colores, tallas variadas y precios asequibles, acabó desplazando al lino, quedando el cultivo y las técnicas tradicionales de su proceso reducidos al oficio de algunas pocas tejedoras de avanzada edad, tal como apuntábamos al principio del artículo.

En la actualidad, año 16 del tercer milenio, de toda esta historia solamente nos quedan recuerdos y “morriña”. Todo fue cambiando, desapareciendo. Cambiaron las aldeas, se renovaron los pobladores, se perdieron las costumbres. El tiempo llevó consigo al lino, a la rueca, al huso, al telar… y, con ellos, el arte y la maña de las habilidosas hiladoras y tejedoras, arrastrando con ellas al fondo del olvido los usos y las costumbres de una secular tradición, dejándonos tan solo una esquirla de “morriña” en alguna crónica o en algún museo etnográfico particular que sería oportuno hacer público. Exigua reserva de una cultura material, popular y tradicional propia, caída en la desmemoria.

El trabajo de las hiladoras y tejedoras de Parderrubias, en un recorrido de subsistencia, en muchos casos límite, fue de capital importancia para el devenir de sus familias. Implicadas principalmente en las arduas tareas del campo, en cuidar el ganado menudo, pastorear el vacuno, cultivar las tierras y los montes, y llevar a cabo los restantes quehaceres domésticos, estas amas de casa empleaban cualquier descanso, mientras les quedara aliento, aunque fuese de noche, en la tareas del hilado, calceta y tejido para cubrir la demanda familiar o completar los recursos mínimos que garantizasen su supervivencia. Sin pretenderlo, su figura, como artesanas creativas independientes, tuvo su influencia y relevancia en la propia cultura local. Valgan estas líneas como un pequeño reconocimiento a su arduo y artesanal labor, como reivindicación de un protagonismo históricamente ignorado y como humilde homenaje póstumo a todas ellas de quien durmió en sábanas de estopa en su infancia.

Termino con la relación de nombres de las 32 tejedoras de Parderrubias en el año 1752, transcritos con la misma grafía que consta en los documentos:

Benita das Casas (hixa de Jacobo)

Maria das casas (hija de Pedro)

Manuela de la Yglesia (nuera de Antonio de san pedro)

Antonia de san pedro (hixa de Josepha grande)

Ysavel de la Yglesia (hija de Ambrosio)

Ysavel das Casas (hermana de Domingos)

Josepha das Casas (hermana de Domingo)

Ysavel das casas (soltera)

Rosa da Yglesia (nuera de Juan Martinez)

Isavel de outumuro (nuera de Miguel pascual)

Clara doniz (mujer de Santiago Dom.ez)

Fran.ca  doniz (hixa de Estevan)

Ana maria das Casas (nuera de Maria ca…)

Ysavel da carreira (mujerde Juan fernandez)

Lucía da Yglesia (hija de Antonio)

Josepha doniz (mujer de Juan fernandez)

Benita de Barros (hija de Ibona da Yglesia)

Isavel garrido (nuera de Joseph Outumuro)

Ana das Casas (Viuda)

Maria da Yglesia (hija de Isabel das Casas)

Josepha Pasql. (Nuera de carlos martinez)

Francisca das Casas (mujer de Pedro Borrajo)

Barbara outumuro (hija de Rosalía das casas)

Andrea Gonzalez (mujerde Juan de Outumuro)

Ysavel seara (hija de Joseph)

Polina seara (hija de Joseph)

Agustina de la Ygla. (nuera de Juan de outumuro)

Magdalena rrodriguez (madrasta de Pedro outumuro)

Josepha de san pedro (nuera de Juan Antonio da Yglesia)

Birxida da Veiga (hija de miguel)

Agustina de maside (hija de Manuel)

Ysavel de la Yglesia (cuñada de Joseph doniz).