Categoría: Años 40

E25. Aquel Parderrubias de la Posguerra. Por Juan Carlos Sierra Freire

E25. Aquel Parderrubias de la Posguerra. Por Juan Carlos Sierra Freire

Por Juan Carlos Sierra Freire

El fin de la Guerra Civil, en un país completamente devastado y arruinado, dio paso a un periodo de dos décadas caracterizado por enormes carencias y necesidades en la sociedad española. La autarquía económica y el intervencionismo del Estado, unido al aislacionismo internacional al que fue sometido el Régimen, dieron como resultado que se acrecentase la miseria y el atraso que había dejado la Guerra. A todo ello se añadió un severo control político e ideológico de la sociedad que reprimía cualquier crítica u oposición al sistema.

La desastrosa política agraria, unida a terribles sequías, como la del año 1946, condujo al racionamiento de alimentos básicos, situación que estuvo vigente hasta el año 1952, lo que dio lugar a un intenso mercado negro: el estraperlo. Se trataba de un comercio ilegal de artículos intervenidos por el Estado o sujetos a tasa, que se extendió como reguero de pólvora por todo el país.

España no comenzó a levantar cabeza hasta finales de los años cincuenta, por lo que no es exagerado hablar de una posguerra de dos décadas (1940-1959), periodo en el que centra su interés este artículo, entendiendo que la década con mayores índices de miseria fue la de los años cuarenta.

Aunque la miseria y las necesidades estaban presentes en todos los tejidos de la sociedad española, en el ámbito rural, como el caso de Parderrubias, se podía disponer al menos con mayor facilidad de ciertos productos básicos como la leche, el centeno o las patatas. Sin embargo, estos bienes básicos estaban expuestos a las desgracias como fue el caso del incendio originado en agosto de 1940, a las tres de la tarde, en A Aira de Parderrubias, que arrasó 14 medas de centeno valoradas en 45.000 pesetas, perdiendo trece familias del pueblo toda la cosecha de cereales, quedándose en la ruina.

En el año 1940 era nombrado párroco de Parderrubias Don José Rodríguez Barreiros (O Cura Vello), que llevaría las riendas de la Parroquia hasta 1960, comenzando a cimentarse por esas fechas una fuerte vinculación entre Parderrubias y el Seminario, hecho que queda reflejado en dos noticias que recoge la prensa escrita de la época. En primer lugar, la donación de 1.000 pesetas que el párroco Don José entrega en 1948 para su construcción, siendo una de las mayores cantidades publicadas en la prensa. Durante ese año 1948, las Partidas de Bautismo y Matrimonio de la Parroquia incluyeron sellos conmemorativos del Proyecto del Nuevo Seminario con distintos valores. Y, en segundo lugar, en la entrevista que el Rector del Seminario Mayor, don Manuel Gil Atrio, concede a La Región en el año 1954, coincidiendo con el Día del Seminario, en la que éste señala que la parroquia de la provincia que más seminaristas aporta es la de Parderrubias, junto con la de la Santísima Trinidad de Ourense, ambas con trece (La Región, 18 de marzo de 1954). Evidencia de esta buena relación entre la Parroquia de Parderrubias y el Seminario es la visita que las niñas del pueblo realizan al Nuevo Seminario en el año 1951, acompañadas del maestro Don Isolino Camba Casas (https://aparroquiadeparderrubias.wordpress.com/2015/11/27/e14-don-isolino-camba-casas-1913-2001-por-manuel-outumuro-seara/) y los seminaristas Don Aurelio Grande Fernández (https://aparroquiadeparderrubias.wordpress.com/2015/10/30/don-aurelio-grande-fernandez-1930-2001-por-merche-grande-gallego/) y Don Jaime Grande Seara.

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Visita de las niñas de Parderrubias al Nuevo Seminario en el año 1951

Dado el elevado número de seminaristas en la Parroquia, se hicieron habituales las primeras misas, que suponían actos solemnes y festivos. Así, por ejemplo, en el año 1941 José Aldea escribe sobre una de ellas, la de don Felisindo Grande Seara (https://aparroquiadeparderrubias.wordpress.com/2015/10/05/entrada-7-parderrubias-a-principios-de-la-decada-de-los-cuarenta-desde-una-particular-perspectiva/):

…concurren veintitantos sacerdotes, casi todos los de los Ayuntamientos de Barbadanes, La Merca y Cartelle, y algunos otros… Todo el pueblo, toda la parroquia está allí. Es la fiesta mayor de uno de sus hijos más queridos”.

 No se queda atrás, en cuanto a pomposidad, el copioso almuerzo servido a continuación para tal ocasión:

 “Volvemos a la casa de los Garrido un poco tarde. Hay allí tres o cuatro mesas inmensas. En la nuestra, la más grande, están el nuevo presbítero y sus padrinos y los más de los sacerdotes. A mí me toca comer frente al cura de Loiro y al lado de Merino. “Veña a comida, que o pan rabea”. A todos los que estamos allí nos ha dado Dios por lo visto un buen apetito. Pasan las fuentes, incansablemente”.

En la década de los años cuarenta destaca también la figura de Don José Rodríguez Portela (“O Có”), quien obtenía el cargo de maestro de Parderrubias en 1942, dejando su impronta en los niños del pueblo desde ese año hasta 1957, fecha en la que permuta la escuela de Parderrubias con Don Isolino Camba Casas (https://aparroquiadeparderrubias.wordpress.com/2015/11/27/e14-don-isolino-camba-casas-1913-2001-por-manuel-outumuro-seara/). En ese mismo año 1942, a raíz de lo que se podía leer en el diario La Región del 29 de mayo, la Parroquia se olvidaba de la dura posguerra para centrarse en las fiestas del Corpus:

El día 3 del próximo mes de junio se celebrarán en esta localidad los tradicionales festejos de Corpus, que durarán varios días. Amenizarán los festejos las afamadas bandas de música de Sobrado del Obispo y Souto Penedo, al mando del director don Antonio Valdés. También habrá animadas verbenas. El día cuatro, festividad del Santísimo Christi, se celebrará una misa solemne a toda orquesta en la Iglesia Parroquial con asistencia de las autoridades locales. El Padre don José Sueiro pronunciará un sermón. Este mismo día saldrá la procesión del Corpus que recorrerá las principales calles de la villa. Existe gran animación en todo el pueblo. Durante los festejos se disparará profusión de fuego fijo y volador” (La Región, 29 de mayo de 1942).

Una vez referenciados algunos de los acontecimientos relevantes de esos años, vamos a centrarnos en dos hechos, cuyo análisis realizado a partir de los registros llevados a cabo en los Libros Parroquiales, nos permitirá conocer mejor la realidad de Parderrubias durante la Posguerra: las  bodas celebradas en la Parroquia y los nacimientos.

Desde 1940 a 1959 se celebran 46 bodas en Parderrubias apreciándose una clara tendencia descendiente a lo largo de esos años (véase el Gráfico 1), fenómeno que culminará en las dos décadas más recientes (1996-2015), en las que se contabilizan únicamente 16 bodas en la Parroquia. El promedio de edad de los novios era de 30,85 años, oscilando sus edades entre 23 y 48 años; ellas, las novias, se casaron con un promedio de edad de 26,98 años, fluctuando entre los 19 y 43 años. El 87% de las bodas fueron celebradas por Don José Rodríguez Barreiros (1941-1959), las cuatro de 1940 por Don Juan Estévez Estévez, y dos del año 1949 por el misionero Don Enrique López Rodríguez y Don Felisindo Grande Seara, respectivamente. Tal como se muestra en el Cuadro 1, en el 52% de las bodas uno de los miembros de la pareja no pertenecía a lo que actualmente es la Parroquia de Santa Eulalia de Parderrubias (recordemos que en ese momento la Parroquia incluía a Nogueira, Bouzas, Fondodevila y Solveira, cuyos datos relativos a matrimonios y bautizos no están contabilizados en este artículo). Únicamente un 5% de matrimonios tuvo lugar entre personas naturales del mismo núcleo poblacional de la Parroquia, de ellos dos estaban formados por vecinos de A Iglesia, dos por vecinos de Barrio y uno por residentes en O Outeiro. Dado que por tradición la ceremonia religiosa se celebraba -y celebra- en la Parroquia de la novia, todas estas bodas tienen en común el hecho de que la novia era natural de nuestra Parroquia, pudiendo haberse realizado bodas de vecinos de Parderrubias en otras Parroquias, las cuales no están contabilizadas en estos números que aportamos.

Los años de la posguerra en Parderrubias_1
Gráfico 1
Los años de la posguerra en Parderrubias_2
Cuadro 1

En cuanto a los nacimientos, durante el periodo 1940-1959 se produjeron 157 en lo que hoy constituye la Parroquia de Parderrubias. De esos nacimientos, 92 fueron niños (59%) y 65 niñas (41%). Su evolución a lo largo de estas dos décadas refleja también una línea descendente (véase el Gráfico 2). La caída en la tasa de natalidad se produce en realidad en la década de los años 50, en la que tienen lugar únicamente 50 nacimientos, menos de la mitad de los que habían acontecido en la década anterior (107), cifra ésta similar al período previo de los años 30 (108), tal como ya indicamos en otro artículo publicado en este Blog (https://aparroquiadeparderrubias.wordpress.com/2016/01/15/e19-parderrubias-sus-ninos-de-la-guerra/). La distribución de nacimientos por núcleos poblacionales se puede observar en el Gráfico 3: el 50% de ellos tuvo lugar en O Outeiro y A Iglesia.

Los años de la posguerra en Parderrubias_3
Gráfico 2
Los años de la posguerra en Parderrubias_4
Gráfico 3

Un índice que refleja con toda crudeza las carencias y necesidades vividas durante esos años es la tasa de mortalidad infantil, la cual castigaba mucho más a las zonas rurales debido a la ausencia de servicios médicos especializados. Las causas más importantes eran la alimentaria (diarrea y enteritis), las infecciones y la debilidad congénita. La tasa de mortalidad infantil (fallecidos menores de un año por 1.000 nacidos vivos) se situaba entre 1936 y 1950 en 97,97, muy por encima del resto de países occidentales. En Galicia, entre 1946 y 1950, estaba en 72,20, la sexta más alta de las actuales comunidades autónomas; los coeficientes de Orense oscilaban entre 71,70 y 84,30 (Dopico, 1985). En Parderrubias, durante este período analizado, fallecieron 14 niños, 11 de ellos el mismo año de nacimiento, 2 a los dos años y 1 a los tres años, siendo 1941 el año más trágico, produciendo 5 fallecimientos, todos ellos de recién nacidos. Es decir, el 8,92% de los niños nacidos entre 1940 y 1959 en Parderrubias fallecieron antes de cumplir los 3 años de edad.

En promedio, los nacidos en estas décadas, años 40 y 50, fueron bautizados a los 4 días de nacer. Los nueve bautizos del año 1941 fueron celebrados por Don Juan Estévez Estévez; los restantes 148 (1942-1959) por Don José Rodríguez Barreiros.

De igual manera que cuando abordamos el tema de los Niños de la Guerra (https://aparroquiadeparderrubias.wordpress.com/2016/01/15/e19-parderrubias-sus-ninos-de-la-guerra/), que estas líneas sirvan de tributo a esos 157 niños y niñas nacidos en Parderrubias en una época sumamente difícil y complicada. Sus nombres, por orden cronológico de su nacimiento, son: Antonia, Benigno, José, María Luisa, Aurora, Sergio, Manuel, Hortensia, María, María Teresa-Josefina, Serafín, Abelardo, Cándida, Manuel, Sergio, María de la Concepción, Julio, Manuel, María de la Concepción, José, Manuel, María, José Germán, José Raúl, Alfonso, Manuel, María, José, Juan Bautista, Manuel, Josefa, Alfredo, Ángela, Consuelo, Aurelio, Manuel, Flora, Josefa, María Eulalia, Juan, José, Jesús, Avelino, Virgilio, José, Fernando, Victorina, Filomena, Antonio, Ángela, Isidro, María del Cristal, José, Antonio, María de la Asunción, Isolino, Corona Eulalia, María de la Asunción, Sergio, Martina, José, Manuel, Serafín, José, Florinda, María Luisa, Aurora, José, Fernando, Claudio, Rosa, Manuel, Benito, Alicia, Manuel, Adolfo, José, Isolino, José, Consuelo, Avelina, María del Consuelo, Jaime, Eliseo, Celso, Nicanor, Emilio, Eulalia, Esperanza, María del Carmen, Adolfo, Manuel, Cesáreo, Teresa, Javier, Gonzalo, Josefa, José, Marina, Julita, José Luis, Josefa, Adolfo, María del Carmen, José, María del Carmen, Delmira, María del Carmen, Julia, Encarnación, José Manuel, José, José, Darío, Celso, María, Florinda, Antonio, Manuel, María del Carmen, Guillermo, María José, Amelia, Modesto, Jaime, Genoveva, María Felisa, Serafín, Piedad, Evaristo, Josefa, Manuel, Manuel, Manuela, Rosa, Natalia, Cándida, José Luis, Rosa, José, Eugenio, Enrique, Antonio, José Luis, Manuel, David, Manuel, César, José Manuel, Manuel, Manuel, María Teresa, Aurora, José Luis, María del Rosario, Eladio y Manuela.


Referencias

Dopico, F. (1985). Desarrollo económico y social y mortalidad infantil. Diferencias regionales (1860-1950). Dynamics: Acta Hispanica ad Medicinae Scientiarumque Historiam Illustrandam, 5, 381-396.

E22. Los carpinteros de Parderrubias. Por Avelino Sierra Fernández

E22. Los carpinteros de Parderrubias. Por Avelino Sierra Fernández

Continuando con la línea editorial centrada en los oficios tradicionales de Parderrubias, que hemos iniciado con las tejedoras [https://aparroquiadeparderrubias.wordpress.com/2016/01/09/e18-las-tejedoras-de-parderrubias-por-avelino-sierra-fernandez/], Avelino Sierra Fernández nos aproxima en esta ocasión al oficio de carpintero, el cual tuvo y tiene tanto arraigo en nuestra Parroquia. Partiendo de la premisa de que carpintero es el que trabaja la madera, sus diferentes especialidades (ebanistas, armadores, “fragueiros“, “cubeiros“, “chanqueiros“, etc.) requerían habilidades muy diferentes. De forma rigurosa, este artículo hace un recorrido desde el siglo XVIII, época en la que ya se documenta la labor de los carpinteros en nuestro pueblo, hasta la fecha de hoy.

Gracias, Avelino, por acercarnos de manera sobresaliente a la tradición de este oficio en Parderrubias.

Juan Carlos Sierra Freire

 Notas. (1) Este artículo aparece publicado en su versión original en gallego y justo a continuación el lector encontrará una versión en castellano. (2) Los objetos que aparecen fotografiados en este artículo pertenecen a la colección privada de Avelino Sierra Fernández.


Os carpinteiros de Parderrubias. Por Avelino Sierra Fernández

Na historia de Parderrubias, salientan Clérigos e Mestres, algunhos xa tratados neste Blog, que coa súa entrega e xenerosidade deixaron imborrable impronta na formación das xeracións desta parroquia. Houbo tamén outros profesionais, como tecedeiras, tamén tratadas, e costureiras, ferreiros, canteiros, etc., que seguramente algún día serán asimesmo traídos a estas páxinas pola súa senlleira aportación á mellora das condicións de vida dos seus coetáneos. Pero nesta ocasión, queremos ocuparnos dun gremio de artesáns que co seu traballo, moitas veces desinteresado, quizabes foran quen máis contribuíran á mellora-la particular vida material dos veciños ao longo da historia. Referímonos aos  carpinteiros.

Debido á abundancia de madeira en toda a zona, e á súa utilización como un dos primeiros materiais en estado natural para fabrica-los útiles necesarios para o desenrolo humano, que ían dende o berce ata o ataúde, o oficio de carpinteiro era, despois do agrogandeiro e tecedeiro, o máis estendido en toda a municipalidade. No ano 1750, exercían este oficio nas terras que actualmente constitúen o Concello da Merca, 13 artesáns, un deles, polo menos, en Parderrubias. Todos traballaban por un xornal de catro reais ao día a secas, ou dous a mantidas. O seu traballo ía dende tronza-las toradas no monte e saca-las táboas coa serra de aire, ao artellamento de apeiros e trebellos (carros, arados, anciños…), útiles domésticos (arcas, maseiras, cubas…), mobles (escanos, leitos, alacenas…) ou portas, xanelas, armazón dos teitos, etc. Hai que dicir que daquela, as casas eran case todas terreas, é dicir, dunha soa planta, distribuída en espazos adicados a cortes, lareira e leitos,  separados por estacas e táboas, ou raramente con sobrado nunha segunda planta, sobre piso tamén de madeira e tabiques de táboas verticais. As portas e fiestras eran de táboas perpendiculares, con travesas horizontais, xirando por medio de couzóns ou guiceiros,  cerradas con pancas ou pechos e aseguradas con trancas, todo ilo de madeira.

Logo, transcorren tempos escuros na historia de Parderrubias, dos que carecemos de novas sobre esta actividade, ata chegadas épocas posteriores. A comezos do século pasado, foron asentados na Manchica, que entón pertencía a Parderrubias, os serradoiros a vapor, do Baldovino, onde hoxe está a cerámica, e os dos irmáns Manuel, José e Modesto Garrido, un pouco máis abaixo. Esta industrialización da madeira veu a redimir aos serranchíns, da esgotadora tarefa de sacar á man as táboas e pontóns das toradas, valéndose dunha extenuante serra de aire de dous metros e medio de longa, manexada por dous homes. Polas mesmas datas, creáronse tamén na Manchica os obradoiros de imaxinería relixiosa dos propios irmáns Garrido (coñecidos dende entón como Os Escultores), e os de Eliseo Garrido, seu irmán, situados entre A Manchica e Parderrubias. Obradoiros que pola súa relevancia e o seu cuño empresarial, merecen estudo aparte. Da mesma andaina, eran os carpinteiros artesáns, Avelino Martínez na Manchica, Hixinio Grande na Aldea, Manuel Grande no Valdemouro, Felipe Garrido e Paulino Sierra, na Carretera, e Modesto González en Nigueiroá.

O señor Avelino (así era coñecido) traballou durante 25 anos nos obradoiros dos Escultores (1918-1943). Tras independizarse, seguiu adicado á escultura pola súa conta, tallando, modelando, decorando e restaurando arte sacro. Obras súas son, ducias de imaxes, viacrucis, altares e dourados de retábulos de igrexas nas provincias de Ourense e Pontevedra, pero entre as últimas, están a imaxe da Virxe de Lourdes que preside o altar maior da Manchica, así como as 14 estacións do Viacrucis, os confesionarios e outros decorados da mesma igrexa, obras todas elas talladas, pintadas e doadas gratuitamente por el.

O Señor Hixinio estaba considerado como Mestre Carpinteiro entendido en tódalas especialidades e aplicacións da madeira. Un profesional coñecido, recoñecido e apreciado en toda a bisbarra, onde era solicitado para aqueles traballos máis técnicos, de grande envergadura e  maior responsabilidade.

Manuel Grande era o único carpinteiro de Parderrubias adicado a unha soa especialidade de carpintería, a de toneleiro. Experto en armar, pero sobre todo reparar e restaurar todo tipo de cubas, barrís, tonéis, pipotes, etc., acudía solícito a cantas adegas o necesitaran, ben pertrechado das súas especiais ferramentas de cubeiro, como eran as aixolas curvas, cepillos de volta, xabreadores, chazos e martelos alcotana.

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Cónstanos que, xa a mediados do século XVIII, Parderrubias era a parroquia máis vitícola de todo o Concello da Merca. Concretamente, no ano 1752, satisfacía 16 moios de viño á igrexa de Santa Olaia, en concepto de Dezmos, o que supón, polo menos,  unha producción de 23.616 litros anuais. Isto significa que as cubas, únicas presexas de almacenamento do viño para o consumo anual, tiñan que ser usuais en tódalas casas, así que tamén a Manuel Grande precedéronlle outros toneleiros en Parderrubias. Ben é verdade que, dito sexa de paso, inda que o viño abundaba, este non era de grande calidade, tal como certifica Sebastián Miñano no ano 1826 ao afirmar que “Parderrubias produce vino de inferior calidad”, cuestión que corrobora Pascual Madoz vinte anos despois, ratificando que unha das principais produccións de Parderrubias era “vino inferior”.

O tío Paulino, como cariñosamente era coñecido, home creativo e mañoso, traballou tamén durante os seus anos mozos nos obradoiros dos Escultores, pero finalmente adicouse a outras ocupacións industriais, sen deixar de tallar e armar roupeiros, cómodas ou leitos no seu obradoiro particular. El facía, sempre de balde, as maletas de madeira para os mozos de Parderrubias que ían a cumplir o servicio militar.

O tío Felipe era o carpinteiro ebanista máis inxeñoso e habelencioso coñecido en toda a contorna. Home de pouco traballo, pero de senlleira e abraiante realización. De neno, oín dicir del (supoño que sarcásticamente) que era quen de facer cofres para gardar tesouros, tan seguros que unha vez pechados coa chave por fóra, só se podían abrir secretamente por dentro (¿?). En todo caso, a súa  maña quedou manifesta nunha chea de inxeños que, aínda sen chega-la electricidade, funcionaban automáticamente, como era o caso dun barril de viño que, segundo o seu antollo, manipulando unha pequena panca a distancia, desprazábase el só por un raíl dende a adega ata o obradoiro onde traballaba e, unha vez servido o seu vaso de viño, o barril tornaba el soíño á adega polo mesmo carril. Isto, segundo contaba a xente.

O tío Modesto de Nigueiroá, era un ebanista arteiro, mañoso e curioso coma poucos, que traballaba a madeira de castiñeiro como naide. Os últimos anos adicouse á especialidade de fragueiro, armando carros  para toda a contorna, no seu obradoiro de As Campinas.

A estes seis Mestres artesáns, sucedéronlle  cinco dignos e salientables discípulos do Sr. Hixinio, como foron os irmáns Benito, Hermenegildo e Manolo Outomuro, e os seus curmáns Julio e José Seara, todos veciños da Aldea. Deles pódese dicir que eran verdadeiros “milmañas”, que o mesmo amoblaban unha casa nova con madeiras nobres, que botaban un remendo nunha palleira, ou amañaban o chedeiro dun carro. Para eles, ningunha especialidade de carpinteiro, ebanista, fragueiro, toneleiro, etc. lles era allea. Sempre facendosos e xenerosos, nunca rexeitaron  arranxarlle, de xeito desinteresado, calquera pequeno problema surxido a un veciño. Aínda que pasaban a maior parte do tempo nas obras, dispuñan de obradoiro nas súas casas, onde abundaban os apeiros e ferramentas, iso sí, sempre ben afiadas, lizadas, ordenadas e coidadas como ouro en pano.

Sendo tan numerosas e variadas as ferramentas utilizadas por este gremio de carpinteiros de Parderrubias, máis que relacionalas polo seu nome, coidamos que é preferible mostra-la súa imaxe nunha colección ordenada, segundo as funcións de serrar, tradear, labrar, cepillar, cravar, etc. de cada unha.

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A tradición da carpintería continúa en Parderrubias con versados profesionais da madeira e obradoiros de carácter industrial, dotados das tecnoloxías máis vanguardistas, pero non debemos esquecer que as súas raíces están na aixola e no berbequí dos protagonistas desta crónica, escrita coa única intencíon de traelos á memoria colectiva das actuais e futuras xeracións.


 

VERSIÓN EN CASTELLANO

Nota. Este artículo aparece publicado más arriba en su versión original en gallego

Los carpinteros de Parderrubias. Por Avelino Sierra Fernández

En la historia de Parderrubias destacan Clérigos y Maestros, algunos ya tratados en este Blog, que con su entrega y generosidad dejaron imborrable impronta en la formación de las generaciones de esta Parroquia. Hubo también otros profesionales, como tejedoras, también tratadas, y costureras, herreros, canteros, etc., que seguramente algún día serán asimismo traídos a estas páginas por su singular aportación a la mejora de las condiciones de vida de sus coetáneos. Pero en esta ocasión, queremos  ocuparnos  de un gremio de artesanos que con su trabajo, muchas veces desinteresado, quizás fueran quienes más contribuyeran a mejorar la particular vida material de los vecinos a lo largo de la historia. Nos referimos a los carpinteros.

Debido a la abundancia de madera en toda la zona, y a su utilización como uno de los primeros materiales en estado natural para fabricar los útiles necesarios para el desarrollo humano, que iban desde la cuna hasta el ataúd, el oficio de carpintero era, después del agroganadero y tejedor, el más corriente en toda la municipalidad. En el año 1750, ejercían este oficio en las tierras que actualmente constituyen el Ayuntamiento de La Merca, 13 artesanos, uno de ellos, por lo menos, en Parderrubias. Todos trabajaban por un jornal de cuatro reales al día, a secas, o dos y mantenidos. Su trabajo iba desde cortar los troncos de los árboles en el monte y hacer las tablas con la sierra de aire, a la elaboración de aperos y aparejos (carros, arados, rastrillos…), útiles domésticos (arcas, artesas, cubas…), muebles (bancos, camas, armarios…) o puertas, ventanas, armazón de tejados, etc. Hay que decir que entonces, las casas eran casi todas terrenas, es decir, de una sola planta distribuída en espacios dedicados a cuadras, cocina y dormitorios, separados por estacas y tablas, o excepcionalmente con un sobrado en una segunda planta, sobre piso también de madera y tabiques de tablas verticales. Las puertas y ventanas eran de tablas perpendiculares  con traviesas horizontales, girando por medio de quicios, cerradas con pestillos o pasadores y aseguradas con trancas, todo ello de madera.

Luego transcurren tiempos oscuros en la historia de Parderrubias, de los que carecemos de noticias sobre esta actividad, hasta la llegada de épocas posteriores. A principios del siglo pasado fueron asentados en A Manchica, que entonces pertenecía a Parderrubias, los aserraderos a vapor de Baldovino, en donde hoy está la cerámica, y los de los hermanos Manuel, José y Modesto Garrido, un poco más abajo. Esta industrialización de la madera vino a redimir a los serranchines, de la agotadora tarea de sacar a mano las tablas y pontones de los troncos de los árboles, valiéndose de una extenuante sierra de aire de dos metros y medio de largo, manejada por dos hombres. Por las mismas fechas, se crearon también en A Manchica los talleres de imaginería religiosa de los propios hermanos Garrido (conocidos desde entonces como Os Escultores) y los de Eliseo Garrido, su hermano, situados entre A Manchica y Parderrubias. Talleres que por su relevancia y su cuño empresarial merecen estudio aparte. De la misma época, eran los carpinteros artesanos Avelino Martínez, en A Manchica, Higinio Grande en A Aldea, Manuel Grande en Valdemouro, Felipe Garrido y Paulino Sierra, en A Carretera, y Modesto González en Nigueiroá.

El Señor Avelino (así era conocido) trabajó durante 25 años en los talleres de Os Escultores (1918-1943). Tras independizarse, siguió dedicado a la escultura por su cuenta, tallando, modelando, decorando y restaurando arte sacro. Obras suyas son docenas de imágenes, viacrucis, altares y dorados de retablos de iglesias en las provincias de Orense y Pontevedra, pero entre las últimas, están la imagen de la Virgen de Lourdes que preside el altar mayor de A Manchica, así como las 14 estaciones del Viacrucis, los confesionarios y otros decorados de la misma iglesia, obras todas ellas talladas, pintadas y donadas gratuitamente por él.

El Señor Higinio estaba considerado como Maestro Carpintero entendido en todas las especialidades y aplicaciones de la madera. Un profesional conocido, reconocido y apreciado en toda la comarca, donde era solicitado para aquellos trabajos más técnicos,  de gran envergadura y mayor responsabilidad.

Manuel Grande era el único carpintero de Parderrubias dedicado a una sola especialidad de la carpintería, la de tonelero. Experto en armar, pero sobre todo reparar y restaurar todo tipo de cubas, barriles, toneles, pipotes, etc., acudía solícito a cualquier bodega donde lo necesitaran, bien pertrechado de sus especiales herramientas de cubero, como eran las azuelas curvas, cepillos de vuelta, “xabreadores”, “chazos” y martillos “alcotana”.

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Nos consta que, ya a mediados del siglo XVIII, Parderrubias era la parroquia más vitivinícola de todo el Municipio de A Merca. Concretamente, en el año 1752, satisfacía 16 moyos de vino a la Iglesia de Santa Eulalia, en concepto de Diezmos, lo que supone una producción, al menos, de 23.616 litros anuales. Esto significa que las cubas, únicos recipientes de almacenamiento del vino para el consumo anual, tenían que ser usuales en todas las casas, así que también a Manuel Grande le han precedido otros toneleros en Parderrubias. Bien es verdad que, dicho sea de paso, aunque el vino abundaba, éste no era de gran calidad, tal como certifica Sebastián Miñano en el año 1826 al afirmar que “Parderrubias produce vino de inferior calidad”, cuestión que corrobora Pascual Madoz veinte años después, ratificando que una de las principales producciones de Parderrubias era “vino inferior”.

El tío Paulino, como cariñosame era conocido, hombre creativo y mañoso, trabajó también durante sus años mozos en los talleres de Os Escultores, pero finalmente se dedicó a otras ocupaciones industriales, sin dejar de tallar y armar roperos, cómodas o camas en su taller particular. El hacía, siempre gratis, las maletas de madera para los mozos de Parderrubias que iban a cumplir el servicio militar.

El tío Felipe era el carpintero ebanista más ingenioso y habilidoso conocido en todo el contorno. Hombre de poco trabajo, pero de singular y asombrosa realización. De niño, oí decir (supongo que sarcásticamente) que era capaz de hacer cofres para guardar tesoros, tan seguros que una vez cerrados con llave por fuera, sólo se podían abrir secretamente por dentro (¿?). En todo caso, su maña quedó patente en cantidad de ingenios que, aún sin llegar la electricidad, funcionaban automáticamente, como era el caso de un barril de vino que, a su antojo, manipulando una pequeña palanca a distancia, se desplazaba el solo por un raíl desde la bodega hasta el taller donde trabajaba y, una vez servido su vaso de vino, el barril regresaba solito a la bodega por el mismo carril. Esto, según contaba la gente.

El tío Modesto de Nigueiroá era un ebanista artero, mañoso y curioso como pocos, que trabajaba la madera de castaño como nadie. En los últimos años se dedicó a la especialidad de “fragueiro”, armando carros para todo el contorno, en su taller de As Campinas.

A estos seis Maestros artesanos, les sucedieron cinco dignos y destacados discípulos de Señor Higinio, como fueron los hermanos Benito, Hermenegildo y Manolo Outumuro, y sus primos Julio y José Seara, todos vecinos de A Aldea. De ellos se puede decir que eran verdaderos “milmañas”, que igual amueblaban una casa nueva con maderas nobles, que echaban un remiendo en un pajar o componían el lecho de un carro. Para ellos, ninguna especialidad de carpintero, ebanista, “fragueiro”, tonelero, etc. les era ajena. Siempre diligentes y generosos, nunca rehusaron arreglarle, de forma desinteresada, cualquier pequeño problema surgido a un vecino. Aunque pasaban la mayor parte del tiempo en las obras, disponían de taller en sus casas, donde abundaban los aperos y herramientas, eso sí, siempre bien afiladas, lizadas, ordenadas y cuidadas como oro en paño.

Siendo tan numerosas y variadas las herramientas utilizadas por este gremio de carpinteros de Parderrubias, más que relacionarlas por su nombre, pensamos que es preferible mostrar su imagen en una colección ordenada según las funciones de serrar, tradear, labrar, cepillar, clavar, etc. de cada una.

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La tradición de la carpintería continúa en Parderrubias con versados profesionales de la madera y talleres de carácter industrial, dotados de las tecnologías más vanguardistas, pero no debemos olvidar que sus raíces están en la azuela y en el berbiquí de los protagonistas de esta crónica, escrita con la única intención de traerlos a la memoria colectiva de las actuales y futuras generaciones.

E19: Parderrubias: sus “Niños de la Guerra”. Por Juan Carlos Sierra Freire

E19: Parderrubias: sus “Niños de la Guerra”. Por Juan Carlos Sierra Freire

Sin duda alguna, la infancia de nuestros padres estuvo marcada por la mayor barbarie que un país pueda padecer: una guerra civil. Algunos de nuestros abuelos, y en algún caso también alguno de nuestros padres, la sufrieron en el frente de batalla. No obstante, la mayor parte de nuestros progenitores fueron testigos callados de esta brutalidad siendo niños de muy corta edad, e incluso algunos recién nacidos en esas fechas. Aunque oficialmente la guerra duró desde el año 1936 hasta 1939, los años previos se caracterizaron por fuertes convulsiones y un clima casi, o sin casi, prebélico. Este artículo aporta información acerca de los niños que nacieron durante esos años en la Parroquia de Parderrubias, abarcando desde el año en el que se instaura la II República (1931) hasta el año en que finaliza la guerra (1939). Son los “Niños de la Guerra” nacidos en Parderrubias, aunque vaya por delante que el significado oficial de esta expresión no se corresponde con lo que aquí se va a tratar (de ahí el entrecomillado): son niños que no tuvieron que exiliarse, pero que sí a los que les tocó nacer y crecer en una de las épocas más funestas de España. Dado que el acontecimiento más importante de este período entre 1931-1939 es la propia guerra en sí, vamos en primer lugar a aportar algunos datos sobre este hecho en nuestra comarca.

Se estima que entre 1936 y 1939 se cometieron 8.000 asesinatos en Galicia; Prada Rodríguez (2004) señala que en Ourense se pueden llegar a contabilizar 626 víctimas. Al quedar toda la provincia en la zona nacional, su práctica totalidad fueron personas con ideología de izquierdas. El punto neurálgico de la Guerra Civil en la Comarca Terras de Celanova, a la que pertenece la Parroquia de Parderrubias, se sitúa en la cárcel de Celanova, que se ubicó en el Monasterio de San Salvador, permaneciendo activa desde el estallido de la guerra en 1936 hasta el año 1943. Comenzó como Prisión Habilitada Provisional, convirtiéndose en Prisión Central en 1938 (Vieira Outumuro, 2013). Por ella pasaron 1.300 presos políticos, provenientes principalmente del norte de España. Por tanto, cabe presuponer que una imagen habitual durante esos años en la carretera que cruza Parderrubias sería la de vehículos transportando reclusos dirección a Celanova. En los primeros años, muchos de estos presos políticos fueron “paseados” hasta el monte Furriolo en donde eran vilmente ejecutados. Otros muchos no tuvieron este cruel final, pero sí su particular “longa noite de pedra” entre cadenas, la cual terminaban pagando con el tifus, la tuberculosis, la sarna, la anemia hemorrágica, la bronquitis asmática, la neumonía gripal, la gastroenteritis, la caquexia, la septicemia, etc., y… la muerte. Resultan conmovedoras las fotografías publicadas en la obra de Piñeiro (2007) en las que se puede observar el patio del Monasterio de San Salvador en el año 1910 ocupado por estudiantes de los Escolapios y años después, en 1938, por presos políticos.

La base de datos Nomes e Voces de la Universidade de Santiago de Compostela (2006) registra 194 víctimas relacionadas directamente con Celanova durante el período 1936-1939. Su historia va desde ejecuciones fruto de “paseos” a Viveiro, A Bola, Ansemil, Furriolo, Amorece, Ourille, Entrimo, etc., hasta muertes por múltiples enfermedades en la cárcel, condenas a muerte con ejecuciones en Celanova, cumplimientos de condenas perpetuas o de varios años, deportaciones a campos de concentración como el de la Illa San Simón o Mauthausen, y exilio a países hispanoamericanos (Cuba o México).

Por lo que respecta al Concello de A Merca, en dicha base de datos únicamente aparecen referidos cinco casos: 1) Julio Manuel C. R., labrador de 28 años, vecino de A Merca, juzgado en 1936 en Lugo, condenado a muerte y ejecutado en la tapia del Cuartel de la Guardia Civil; 2) dos varones de 40 y 35 años, respectivamente, de los que se desconocen sus nombres y orígenes, “paseados” en agosto de 1936 en Pereira de Montes, con resultado de fallecimiento por conmoción cerebral traumática; 3) Víctor V. vecino de A Merca, de 50 años, de profesión sastre, “paseado” en la carretera Ourense-Reza con resultado de fallecimiento a causa de hemorragia interna; 4) Albino Núñez Domínguez, maestro de 35 años, natural de A Merca, escondido durante tres años y apartado del servicio (posteriormente se convertiría en un afamado escritor y pedagogo); y 5) Juan Manuel Arias Jares, médico de 46 años, natural de Viana de Bolo, fundador de la Agrupación Local del PSOE, cesado de su cargo y desterrado en A Merca durante siete meses.

A la luz de este registro, parece ser que Parderrubias no llegó a ser un lugar destacable por su actividad bélica y represiva durante el desarrollo de la Guerra Civil, aunque personas mayores de la Parroquia, y vecinos del pueblo próximo de Montelongo, relatan como algunas noches se oían en el puente de O Seixal (As Campinas) gritos desgarradores y disparos de ejecuciones de reclusos, presumiblemente de la cárcel de Ourense, que eran “paseados” hasta este lugar. Al tiempo de escucharse los disparos, se oía el paso de una camioneta que se encargaba de recoger los cadáveres. Incluso no llegó a ser extraño que vecinos madrugadores de los alrededores que salían en sus mulas hacia Ourense se encontrasen en este lugar con cadáveres a la espera de ser retirados. La manifestación más relevante del conflicto bélico en Parderrubias posiblemente sea el llamamiento a filas de varios de sus vecinos. Ya una vez finalizada la guerra, fue significativa la persecución por “depuración” que sufrieron algunos maestros nacionales, incluido Don Isolino Camba, maestro durante décadas en la Escuela de Parderrubias, tal como muy bien relata Outumuro Seara en este mismo Blog (https://aparroquiadeparderrubias.wordpress.com/2015/11/27/e14-don-isolino-camba-casas-1913-2001-por-manuel-outumuro-seara/).

Descrita esta imagen general de la guerra, vayamos al objetivo que nos hemos planteado con este artículo. Entre los años 1931 y 1939 (ambos inclusive), es decir el período completo en el que está vigente la II República, se produjeron en la Parroquia de Parderrubias 109 nacimientos (45 niños y 64 niñas). Si comparamos esta cifra con la de la última década de ese siglo XX nos damos cuenta de su magnitud: de 1991 a 1999 únicamente se registraron en la Parroquia 10 nacimientos. Tal como se recoge en el Libro Parroquial de Bautizos, esos 108 niños fueron bautizados en la iglesia parroquial. Don Alfonso Losada Fernández realizó todos los bautizos del año 1931 a 1935. De los ocho celebrados en 1936, los cuatro últimos fueron oficiados por Don Antonio Seara García (1) y Don Castor Gayo Arias (3), pues como ya hemos descrito en otro artículo publicado en este Blog (https://aparroquiadeparderrubias.wordpress.com/2016/01/08/e17-crimen-en-la-casa-rectoral-de-parderrubias-en-el-ano-1936/), Don Alfonso Losada fue asesinado en junio de 1936. Todos los bautizos de los años 1937, 1938 y 1939 fueron celebrados por Don Juan Estévez Estévez, a excepción de uno de ellos que llevó a cabo Don Antonio Seara García. Del 61% de los bautizados consta como testigo el sacristán Francisco Seara. En promedio, transcurrían tres días desde su nacimiento hasta que eran bautizados; un 9,3% fueron bautizados el mismo día en que nacieron y un 25% al día siguiente. En la Figura 1 se puede observar la evolución anual de los nacimientos, mostrándose ésta relativamente estable hasta el inicio de  la Guerra y apreciándose un claro descenso durante los dos primeros años de la contienda, con un repunte en el último año.

Figura_1
Figura 1

Si atendemos  a la distribución por sectores poblacionales de la Parroquia, observamos que justo un tercio de los nacimientos se produjeron en A Iglesia. Entre A Iglesia y Barrio coparon el 60% de los nacimientos de la Parroquia durante este período analizado. Véase la distribución en la Figura 2. Un hecho a destacar es que 16 de esos niños nacidos entre 1931 y 1939 fallecieron antes del inicio de la década de los 40, es decir, un 15% nunca dejaron de ser niños.

Figuras_2
Figura 2

Sirvan estas líneas como humilde reconocimiento y homenaje a estos 109 “Niños de la Guerra” nacidos en Parderrubias, gracias a los que hoy nosotros somos lo que somos. Siendo niños fueron testigos de una de las épocas más dramáticas de nuestra historia; ya de jóvenes, una durísima posguerra les obligó a realizar enormes esfuerzos de todo tipo. Lo que hoy sus hijos somos y tenemos se lo debemos en gran medida a sus esfuerzos, sacrificios, privaciones y, especialmente, a su afán de superación y avance.

Los 109 “Niños y Niñas de la Guerra” son, por orden cronológico, Antonio, María, Aquilina, María Ascensión, Julio, Eusebio, Emilio, Celso, Celsa, María Consuelo, David, María, Bernardina, María, Ramón, Delmiro, Filomena, Herminia, José, Bernardina, Marina, María, Olimpia, Celsa, Paulino, María, Benito, Josefa, Ángela, Manuel, María del Carmen, Genoveva, María Clamores, María Dolores, María Livia, María, Isauro, José, Baltasar, María, Carmen, Castor, Valentín, María, Eliseo, Sira, Manuel, María de las Nieves, María, Domingo, Ludivina, Josefa, Carlos, Rosa, Remedios, Indalecio, María, Manuel, José Nicanor, María de la Coronación, María, Delmira, Cristalina, Elisa, María del Carmen, Jesusa, María del Consuelo, Rosa, Jaime y Rosa (nacidos todos ellos antes del año del inicio de la Guerra); María de la Concepción, Eugenio, María Blanca, Rosa, Hermenegildo, José, Serafina, María Dolores, Virginia, Jesús, Pilar, Tomás, César, Manuel, José Benito, María Milagros, Castor, José, Josefa, Manuela, Joaquín, Claudino, Antonio, José, Manuel, Pilar, Manuel, Modesto, José, Serafín, Remedios, María Teresita, Esperanza, María Livia, María, Adelina, Antonio, Ana y Rosa (nacidos durante los años de la Guerra).


Referencias

Piñeiro, A. (2007). Celanova 1900-1981. Memoria fotográfica. Ourense: Diputación Provincial.

Prada Rodríguez, J. (2004). Ourense, 1936-1939: alzamento, guerra e represión. Lugo: Ediciós do Castro.

Universidad de Santiago de Compostela (2006). Nomes o Voces. Recuperado el 14 de octubre de 2015, de http://vitimas.nomesevoces.net/gl/axuda/presentacion/.

Vieira Outumuro, S. (2013). Los archivos de las instituciones penitenciarias. La prisión central de Celanova. Fronda, 47.

E7. Parderrubias a principios de la década de los cuarenta desde una particular perspectiva. Por Juan Carlos Sierra Freire

E7. Parderrubias a principios de la década de los cuarenta desde una particular perspectiva. Por Juan Carlos Sierra Freire

Hablar de la España de la Posguerra es hablar de necesidades, miseria, atraso y aislamiento. En Parderrubias no era diferente. Más allá de la memoria colectiva de nuestros abuelos y de nuestros padres, apenas existe documentación que describa la realidad de la Parroquia de Parderrubias durante la década de los años cuarenta del pasado siglo.

Buceando en las hemerotecas me encontré  con una columna publicada en el diario La Región, firmada por José Aldea el 30 de julio de 1941, en la cual, a partir de un hecho muy concreto, como es la primera misa de un sacerdote de la Parroquia, el autor realiza un relato social del Parderrubias de aquellos años. Siendo consciente del discurso rancio que impregna a todo el texto, me he otorgado la libertad de hacer una transcripción literal del mismo, pues creo que permite vislumbrar algo, o mucho, acerca de cómo era ese Parderrubias que vio nacer y/o crecer a nuestros padres.

Descripción


 

DE ESTO Y DE LO OTRO. UNA MISA NUEVA (Por José Aldea)

“Estos días han ido diciendo su primera misa los diez u once recien ordenados ahora para el sacerdocio. A una de ellas fui yo el domingo ahí en Parderrubias. A las once de la mañana montamos en una camioneta con sillas porque en otros lujos quién hoy piensa, y bastante bien se fue, aunque un poco estrujaditos.

Allí iban entre otros, doña Elena Arias viuda de Cerviño la grande doña Elena, para quien una primera misa es la mayor alegría de su alma. Pero cuán pocos este año, doña Elena cuán pocos. Año venga, que usted vea en que sean tantos los nuevos sacerdotes cuantos el mejor día que usted tuvo soñó su misión ilusionada. Buenos son éstos y escogidos, pero ¡es tanta la mies no recogida y que se pierde…! Los niños que usted ahora llama para el Seminario Dios quiera que arriben todos a feliz puerto y El quiera también que usted muera feliz con la gloria que usted quiso que alcanzaran.

Otro era don Fernando, el coadjutor de Santo Domingo. El y doña Elena son los que en esta iglesia mandan y todo lo disponen, y así la tienen de lucida y de bonita. Buenas manos tiene el  otro don Fernando, el grande, buenas, buenas. Con los tres la parroquia está completa, según juzgan los feligreses, y sin cualquiera de ellos tal vez estos se la imaginaran otra porque les faltara algo.

Otro era Jaime Fernández López, que conoce casi a todos los curas de la diócesis y con muchos pasa grandes ratos. Gran compañero de viaje y de mesa. De viaje porque nos va pintando la munificiencia de los anfitreones, los hermanos Garrido, y regalándonos el gusto con la memoria de las comidas que le tienen dado, y de mesa porque con su buen apetito no cesa de espolearnos el nuestro. Y no es que coma ni beba mucho, sino porque lo que come y bebe lo encarece tanto, que uno se avergonzara un poco si se lo encarceciera menos.

En Barbadanes se nos adjuntó Ingusto Merino, el médico de allí. Otro gran compañero muchacho excelente, cuya amistad, como la de Jaime, es una honra y una delicia para cualquiera, buen animador de fiestas gratas y comidas entre unos pocos amigos, aunque no bebe sino agua, si bien no tanta como yo: una verdadera calamidad ésta porque toda alegría sin vino lanquidece y se hace sosita al cabo. Pero un día es un día, y aquel del domingo Merino y yo empinamos lo nuestro, porque Jaime no dijera.

Acaban poco más arriba de Barbadanes las tierras de vino, y empiezan las de maiz y pan en Loiro, reanundándose también la viña ya cerca de Parderrubias, tierra roja. Excusado decir que en todas éstas también patatas. Era cosa de hacer un canto a la patata ahora, pero conténtense ustedes con comérselas.

Llegamos a la casa principal de los Garrido, que salen a recibirnos como ellos saben hacerlo. Nos presentan a los que no le conocíamos al nuevo sacerdote, que está inquieto y anda de un lado para otro un poco turbado y un mucho conmovido. Tiene el rostro aniñado aun y se halla tan recogido en sí, que de la animación y alegría que le rodea tal vez se de cuenta solo por rasgos y trazos sueltos.

Allí saludamos a muchos amigos. Concurren veintitantos sacerdotes, casi todos los de los Ayuntamientos de Barbadanes, La Merca y Cartelle, y algunos otros.

A las doce partimos todos, en grupos, para la iglesia de Parderrubias. No sé por qué le llaman así al pueblo que abunda en morenas, y morenas bonitas. Nos lleva allá un camino bastante empinado y arcilloso, bordeado de muros de piedra y de taludes cortados con el pico. Llegamos al atrio. ¡Qué iglesa hermosa! Fachada lindísisma con una ornamentación llena de gracia recoleta y de esbeltez airosa, y arriba una espadaña robusta y partida en los dos vanos de arco redondo y amplio para las campanas, y encima el frontón calado con un ojo muy rasgado hacia acá, y de la punta surgiendo la cruz de hierro delicadamente labrada y a su pie el gallo de los vientos de finas patas y cresta muy dentada y orgullosa.

Todo el pueblo, toda la parroquia está allí. Es la fiesta mayor de uno de sus hijos más queridos. Pueblo de acendrada religiosidad, de fe grande, tan metida dentro de sus almas, que solo por ella se explica la pureza y mucha honra que en él hay y siempre hubo.

Los hermanos Garrido ejercen aquí una especie de patronato con su palabra, su fe, su ejemplo, su obra, su amor a todo lo que de tan grandes padres estos hombres suyos recibieron. Sin ellos acaso no se pudieran mantener en los tiempos difíciles las grandes virtudes de esta tierra sin desmayos y quebrantos. Todas las vocaciones para el más grande misterio que aquí apuntan ellos las recogen y estimulan, y las guían y protegen hasta el día feliz igual a éste. Hay que oirlos cuando hablan de sus seminaristas, con el mismo cariño y la misma ilusión que si fueran hijos, suyos.

El párroco de aquí asiste al misacantano y le son padrinos Modesto Garrido y su esposa. Vase animando y robusteciendo la voz que al principio aparecía poco segura y tranquila del nuevo sacerdote.

Desde el púlpito nos habla de la dignidad y grandeza del sacerdocio un compañero de estudios, convecino y pariente de él, y luego del Felisindo, hijo de esta parroquia, del Felisindo seminarista, del Felisindo ungido ya con el don más excelso del Señor.

Sigue la misa. Viene la consagracion de la divina Víctima, y al alzarla las manos tiemblan de pavor y maravilla. Ahora el nuevo formado en la divina institución se atreve a decir el Padre Nuestro y luego consumir el Pan y el Vino. Ya la mano suya se vuelve y traza en el aire el signo que recibimos sobre nuestras cabezas, postrados. Pasamos todos después a besar aquella mano que ya todo lo puede en la tierra y en el cielo.

Volvemos a la casa de los Garridos un poco tarde. Hay allí tres o cuatro mesas inmensas. En la nuestra, la más grande, están el nuevo presbítero y sus padrinos y los más de los sacerdotes. A mi me toca comer frente al cura de Loiro y al lado de Merino. “Veña a comida, que o pan rabea”. A todos los que estamos allí nos ha dado Dios por lo visto un buen apetito. Pasan las fuentes, incansablemente.

Jaime, maestro de diplomacia, doctorado en nuestra vida campesina, se sienta al lado de un señor con el que estaba reñido hacía años, y a los dos minutos el señor le deshace en obsequios y cumplidos y está pendiente de su vaso de vino para colmárselo a cada paso. Al despedírsele al final para volver a su aldea  le quitó el sombrero hasta los pies no sé cuantas veces.

El de Loiro me habla de don Isaac, el de la Trinidad, cuando era cuadjunto de Santa Eufemia, él sacristán menor y don Indalecio Rodríguez,  mayor; don Indalecio, tan grande cacho de pan con el que se puede llenar un libro de las cosas que de él se cuentan.

En los postres entran en la sala en donde estábamos las muchachas que habían comido en otra mesa y las señoras cantando al son de un acordeón que terciaba un joven los fulgurantes alalás de nuestra noche de San Juan y de nuestras trillas y rastrojeras, música para mi divina. Salen luego al paseo emparrado, y allí ajustan una joven y otra que ya hacía un rato largo que no lo era el punto suelto y vagarosa de una gentil muñeira.

En una de las mesas de afuera que la fronda entoldaba del sol ceniciento no habían esperado a los postres y ya se habían puesto cuatro a jugar al tresillo y los demás a mirarlos. En la cocina ya acaba el ajetreo y las mozas de brazos remangados se ponían a su vez a la mesa que allí había. Entra en el patio de la casa una pequeña banda que nos regala con el tonante metal de sus instrumentos un buen rato.

¡Cuánto me gustan a mi estas músicas de pueblo! Algún día habrá que hablar de la vida heróica de estos hombres de la aldea. ¡Qué gloria de ver como los rapazuelos a los que cruzan sus madres las tiras con las que sostienen sus pantaloncillos que ya lo fueron remendados de sus padres o abuelos, qué gloria de verlos tan seriotes y engallados sostener con los brazos desplegados el papel pautado muy estiradito, pinzándolo con las puntas de los dedos por el escaso margen, los ojos clavados de admiración y pasmo en el rostro del músico a que sirven de atril, y tan envidiosos de la maravilla de aquellos dedos que suben y bajan y van y vuelven y corren pulsando el teclado sonoro, que gloria de verlos…”.

José Aldea