Categoría: Siglo XX

Reuniones («xuntanzas») solidarias de los vecinos de Parderrubias

Reuniones («xuntanzas») solidarias de los vecinos de Parderrubias

Por José Manuel Justo Grande

La vida cotidiana en pequeños núcleos rurales, como es el caso de Parderrubias, se caracteriza a lo largo del año por diferentes actividades grupales, tanto lúdicas como laborales, así como por una gran variedad de actos solidarios entre vecinos.

En este artículo, José Manuel Justo Grande describe, rescatando del olvido, algunas de estas actividades que, como consecuencia del progreso, prácticamente han desaparecido o se llevan a cabo de manera muy distinta a como las hemos vivido en nuestra infancia. Documentos como este sirven para preservar la memoria colectiva de nuestro pueblo cargada de tradiciones y que, por responsabilidad, debemos encargarnos de salvaguardar y dar a conocer a las generaciones venideras.

Muchas gracias, José Manuel, por este magnífico aporte.

Juan Carlos Sierra Freire


Si “unión” es la acción y efecto de “unir” o “unirse”, en nuestra parroquia de Parderrubias este acto ha tenido (y tiene) lugar en múltiples ocasiones, tanto a nivel laboral como psicosocial, apreciándose una actitud de solidaridad, ayuda y empatía hacia los demás. Sin menoscabo de los actos que suponen una unión festiva o de celebración, caso de las fiestas patronales del Corpus Christi, capítulo análogo merecerían las fiestas de Santa Eulalia y de San Antonio, que siguen teniendo gran tradición religiosa en nuestra parroquia.

“Eulalia” combina los términos de origen griego “eu”, que significa bien, propicio o favorable, y “lalia” o “laléo”, que significa “hablar”, por lo que combinándolos, Eulalia («Olaia») se traduciría en “bien hablada”, “elocuente” y “convincente”, motivos más que suficientes para sentirse orgullosos de nuestra Patrona y de su conmemoración el 10 de diciembre; aunque más multitudinaria en el pasado, en la actualidad se sigue manteniendo su tradición en forma de Novena.

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Baile popular en el primer tercio del siglo XX. Probablemente se trate de la Festividad de la Patrona Santa Eulalia. Fotografia de Manuel Garrido, cedida por Xulio Outumuro

Por su parte, la festividad de San Antonio llegó a celebrarse durante muchos años, con más efusión en Nigueiroá si cabe, pueblo que siempre destacó por su unión con el resto de la parroquia, la cual continúa con tanta intensidad o más en nuestros días. Y ello, pese a la distancia, que antiguamente era muy significativa, pero que nunca fue óbice para que sus vecinos cruzasen A Fonteiriña para acercarse a concelebrar los actos que tenían lugar en otros lugares de la parroquia, hecho que continúa hoy en día. Nigueiroá celebraba el San Antonio, siempre de forma multitudinaria a principios de septiembre.

San Antonio venerado en Nigueiroá

Otro acto de unión, relación y armonía entre los vecinos, arraigado en la época actual, es el Magosto, jornada magistralmente organizada por la Comisión de Montes del pueblo con la colaboración de los vecinos, que tiene lugar todos los meses de noviembre, por San Martiño, en donde todos los vecinos, tanto jóvenes como veteranos, pasan un buen rato de confraternización.

Una vez hecha una breve alusión a este tipo de “uniones” religioso-festivas, quisiera referirme a otro tipo de reuniones de vecinos, menos numerosas, dado que no suponían actos necesariamente festivos, pero que mostraban el carácter solidario que implicaban muchos de los trabajos y acciones que se realizaban con gran esfuerzo debido a las limitaciones técnicas de la época. Se trata de actividades que difícilmente se podrían llevar a cabo de forma individual, necesitando de la colaboración de un buen número de vecinos. Me refiero a faenas como la matanza y ciertas labores agrícolas como la “rega” o la “malla”.

La «matanza»

Trabajo solidario, casi convertido en fiesta con la que terminaba el año o comenzaba el nuevo, pues se requerían temperaturas muy bajas para el tratamiento de la carne y de sus derivados, dado que no existían medios de congelado como los actuales. Trabajo ingente y fundamental el llevado a cabo por las mujeres en el preparado de la matanza, que iba desde comprar el “fío” y el “pemento” (este siempre de buena calidad para que no se estropeara la “chourizada”) hasta picar cebolla, ajo, “cabazo”, preparar las tripas y un sinfín de pequeños trabajos que requería tal evento. El acto de la matanza en sí correspondía tradicionalmente a los hombres, que “cogían” o “agarraban” al cerdo para sacrificarlo, lavarlo, abrirlo y colgarlo, operaciones que habitualmente iban precedidas de ladegustación de unas copas de aguardiente o de licor café acompañadas por galletas o bica. La labor masculina solía terminar al día siguiente con la “desfeita”, eso sí, previa copiosa comida que, como no podía ser de otra manera era elaborada por las mujeres de la casa o sus ayudantes. La labor de la mujer continuaba con el lavado de las tripas y el picado de la carne. La “desfeita do porco”, al día siguiente, el cual había quedado colgado en una bodega o local de planta baja, a bajas temperaturas, suponía separar las carnes y seleccionarlas para hacer chorizos, salar, etc. La carne se iba cortando al gusto de cada familia, quedando casi siempre disponibles para esos días unas “frebas” que se freían. Se separaba el famoso y sabroso “lombelo”, que en más de una ocasión, junto a otras partes sabrosas del animal, iban a parar a la despensa del párroco, quien no solía despreciar el “presente”, hecho que aunque sin norma escrita, solía ser casi de obligado cumplimiento. La matanza constituía una labor de mucho trabajo, pero efectuada con sumo gusto, pues suponía en aquellos tiempos una fuente de alimentación para el resto del año. De hecho, las familias, además de por el número de miembros que las componían, también medían su nivel de vida y su capacidad económica por el número de “marraus” que mataban.

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«A matanza». Fotografía de Virxilio Viéitez. Tomada de http://mas.farodevigo.es/galeria/galeria.php?galeria=224&foto=3204&orden=1

Muchas labores agrícolas como arar, “sachar”, “rendar o millo”, “rendar as patacas”, la “arranca”, la vendimia, sacar “esterco”, dar sulfato, “rozar toxos”, recoger “estrume”, etc. requerían habitualmente de la alianza de varios vecinos para su ejecución. Eran trabajos solidarios entre familias y entre vecinos, con el fin de hacerlos más llevaderos, suponiendo siempre un acto de solidaridad, aunque en ciertos momentos, por el esfuerzo, se producían discusiones por opiniones, roces y, llegado el caso, hasta enfados, que podían alargarse en el tiempo o a casi toda la vida. Alguno de estos enfados más intensos y de larga duración requerían de la intervención de un “mediador”, a veces un familiar, que trataba de terciar y poner fin al conflicto, dado que los litigantes o sus familiares, e incluso los vecinos, lo consideraban persona capaz para dictar laudo arbitral, aunque en ocasiones para su desconsuelo no era cumplido por las partes.

La “rega

Nuestra parroquia nunca fue muy abundante en agua, pero el respeto por parte de todos hacia unas determinadas normas, algunas no escritas, hacía que, salvo conflictos mayores -que llegó a haberlos-, se hiciese un aprovechamiento adecuado de un bien tan preciado para el riego de las tierras, que producían mayoritariamente maíz o patatas, y de los prados. Se publicaba una especie de “bando”, escrito en un papel corriente, expuesto en alguna puerta cerca de la iglesia, lugar de asistencia habitual, y a veces obligatoria, en el que todos los domingos se reencontraban todos los vecinos. En este documento se fijaba la hora de comienzo de los trabajos de limpieza del “rego”, actividad a la que al menos debía asistir un miembro de cada familia, con la finalidad de limpiarlo en todo su recorrido y así evitar fugas de agua. El “Tribunal Popular” que trabajaba en la limpieza del “rego” juzgaba, a la vez que lo limpiaba, a las personas que llegaban tarde, no acudían o su presencia no era proporcional a los miembros de la familia y a la extensión de tierras que tenían. Esta sentencia, naturalmente, sólo era verbal, pero siempre estaba presente aquello de “canto máis teñen, menos veñen” o “si todos facemos o mesmo, a auga non chega ó sitio”. Siempre se escapaba algún taco y alguna frase ajusticiadora dirigida al infractor o no colaborador. Obviamente, si la relación del “juzgador” con el “juzgado” no era buena, la sentencia era inapelable y muchas veces ratificada por más de uno. En algún caso suponía un “alto en los trabajos” para fumarse un cigarro y determinar el final del “juicio”.

Para el riego, se seguía una “tanda”, documento escrito, conservado por algunos, que suponía el reparto del agua, en proporción con la cantidad de tierra que se poseía. Se hablaba de “tanda boa e tanda mala”, dependiendo de las horas a las que correspondía el riego;  la “buena hora” era cuando hacía fresco y la “mala hora” era la de la siesta, que exigía soportar los rigores del calor, o la de la noche, asociada al rocío y a la falta de visibilidad. Para regar, previamente se hacían las “leiras”, que eran surcos por los cuales se direccionaba al agua. Eran de gran valía, sobre todo por la noche cuando apenas se veía, permitiendo de este modo aprovechar el agua, que en algún momento era insuficiente, teniendo que esperar a otra “tanda” para poder regar la parte del terreno que quedaba seco. Esta era una actividad que no necesitaba de mucha gente, normalmente se hacía a nivel familiar, pero sí gran destreza para aprovechar el agua y no desperdiciarla. Por la noche, alguna de las personas llevaba en la mano un farol de gas, para iluminar el “rego” y poder hacer que el agua corriese y llegase convenientemente a la cosecha. Este trabajo requería de bastante tiempo, suponía un gran esfuerzo físico y, a veces, el relevo de personas para poder comer un “taco”, reponer fuerzas y poder continuar. A la hora exacta del relevo, y a la hora de “cortar el agua” para cedérsela al vecino correspondiente, si este no era puntual o el que la dejaba lo hacía de forma incorrecta o tardía (aunque a veces fuese cuestión de unos escasos minutos) se producía un alegato de palabras y frases, que en la mayoría de las ocasiones se ceñían al momento de la “rega”, pero que a veces se empleaban para otros “recordatorios” en otras circunstancias de la vida cotidiana.

La “malla”

Se trata del trabajo de esfuerzo físico y solidario por excelencia, que implicaba la colaboración de prácticamente todos los miembros de la familia, no sólo en la de uno, sino también en la de los demás. La colaboración con los demás vecinos era la recompensa por parte de estos a la «malla» de uno. Las labores comenzaban con la “sega” del trigo o del centeno, labor ardua en sí, dadas las altas temperaturas alcanzadas en esa época del año, labores que en su momento suponían cierta “tensión laboral”, ya que si en ese momento llovía copiosamente como consecuencia de alguna tormenta se iba al traste parte de la cosecha que se humedecería y se pudriría. Algunos se encargaban de hacer las “medas” en las que se amontonaba la paja segada con el grano en el propio terreno, hasta finalizar la “seitura” en todas las tierras sembradas, al tiempo que se colaboraba con la de algún vecino, especialmente si este se encontraba solo o en ese año había sufrido alguna pérdida familiar significativa que mermaba la capacidad de trabajo de esa familia. Luego se “carrexaba” en carros tirados por vacas y ya más tarde con la mecanización del campo se hacía con tractores, transportando el grano hasta la “aira de mallar”, que era una especie de campo, normalmente llano y aireado, en el que se depositaba la cosecha, esperando la llegada de los “malladeiros” que recorrían los pueblos de la comarca con la máquina de “mallar y la máquina de “erguer”. Cada vecino tenía reservada su propia “aira de mallar”, habitualmente la misma todos los años, y así se conocía la “aira de… tal persona”, normalmente el cabeza de familia.

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«A malla». Fotografía de Virxilio Viéitez. Tomada de http://mas.farodevigo.es/galeria/galeria.php?galeria=224&foto=3204&orden=1

Comenzaban las mallas, y los niños ayudados de alguna otra persona bajaban los “mollos” de la “meda”, tarea que suponía un menor esfuerzo físico, por lo que los más pequeños eran candidatos a ella, que tal como ocurre actualmente no hacían trabajos impropios de su edad, sino que colaboraban en los trabajos que posteriormente les darían de comer a ellos y a sus padres. Cogían los “mollos” y los colocaban encima de la máquina de “mallar”, la cual separaba la “palla”, que a la postre tendría muchas aplicaciones a lo largo del año, del grano, que posteriormente había que “erguelo” con la máquina de “erguer”, trabajo que hacía el “erguedeiro”, separando el polvo, la paja y las impurezas del dorado grano. Las mujeres solían recoger la “palla” que salía de la máquina, una vez separado el grano, mientras que los hombres con un “vincallo” la ataban, surgiendo en ciertas ocasiones la picaresca al producirse el “arrimado” entre las mujeres que ponían la “palla” cerca del “vincallo” del hombre, lo cual implicaba cierto acercamiento físico para que no se deshiciese el “mollo”, pues se trataba de un trabajo casi en cadena, de lo contrario se entorpecía el mismo. Tras la “erga” se transportaban para la casa los sacos de grano depositándolos en las “arcas”, para conservarlo e ir consumiéndolo a lo largo del año. El esfuerzo físico exigido por estos trabajos requería a veces de un alto en el camino para tomar unas sardinas en conserva con pan y un buen trago de vino, por supuesto bebiendo todos de la misma “xarra”, lo mismo que hacían las mujeres con el agua, compartiendo la misma “xarra”, en el mejor de los casos, o el mismo “caldeiro”, que se traía de casa dada la falta de agua en la “aira”. El hecho de terminar el tiempo de las “mallas”, que no suponía ni mucho menos el fin de los trabajos agrícolas, significaba un cierto alivio, ya que la recogida del grano suponía tener parte del alimento del año a buen recaudo.

A “escasulla”

La “escasulla” consistía en “espigar o millo”, separando el “casullo” de la espiga, trabajo considerado de menor esfuerzo físico. Se llevaba a cabo en algún espacio de la casa, a cubierto, y solía hacerse por las noches, una vez terminados los trabajos domésticos. Normalmente se realizaba sentado y su ejecución solía ir acompañado de muchos “chascarrillos”, alguna “frase un poco impropia” y mucha picaresca, que normalmente tenía como objetivo a las mozas casaderas que se encontraban haciendo el trabajo.

Otros trabajos

Otros trabajos con tradición en la parroquia que requerían de la unión y colaboración de los vecinos eran la poda, tanto de árboles frutales como de las viñas -en épocas pasadas, a los árboles ornamentales se les prestaba menos atención-, la “recollida do millo”, la “fornada”, hacer el jabón, etc. Se realizaban también trabajos individuales, pero al mismo tiempo solidarios, como “crabuñar a guadaña”, “afiar os coitelos”, “trallar a madeira”, “arranxar un arado” y otros muchos, realizados por vecinos con una cierta destreza personal, tanto a la hora de aprenderlos como a la de ejecutarlos, y que ponían a disposición de los demás.

Con esta exposición he pretendido recordar algo de la historia de nuestro pueblo, pueblo que sin duda es rico en actos solidarios y lúdicos.

Magosto de Parderrubias: exaltación de la castaña

Magosto de Parderrubias: exaltación de la castaña

Por Juan Carlos Sierra Freire

Once de noviembre. Ourense honra a San Martiño. El día de San Martiño aparece en el calendario asociado a la llegada del frío y al inicio de la época de las matanzas de cerdo (“A todo porco lle chega o seu San Martiño”).  Pero, sobre todo, San Martiño significa magosto o exaltación de la castaña, una de las fiestas tradicionales más populares de toda la provincia ourensana. El refranero gallego así lo acredita: “Polo San Martiño, castañas e viño” y “Castañas, noces e viño son a ledicia de San Martiño”. En el magosto se asan castañas, se degusta el vino nuevo, se comen chorizos. Y todo ello, a ser posible, al aire libre, en el monte. El magosto es sinónimo de hogueras en el monte, alrededor de las cuales se reúnen los amigos. Los montes de Ourense se llenan de fuegos mágicos que delatan la preparación de purificadoras brasas que servirán de lecho a los aquenios que posteriormente serán degustados tanto por vivos como por muertos. Porque el magosto es mágico, el magosto se impregna de tradiciones ancestrales de los celtas, en las que ambos mundos interactúan, el nuestro y el de los que se han ido, pero vuelven.

Su origen se remonta, como otras muchas tradiciones de Galicia, a la Cultura Celta. Los celtas no tenían grandes templos y muchas de sus ceremonias tenían lugar en el monte. El magosto se hace en el monte. A principios de noviembre, con la fiesta de  Samaín, se celebraba el fin de las cosechas, inaugurándose oficialmente el invierno, el inicio de la época oscura, la apertura del año nuevo y la intercomunicación entre el mundo de los vivos y el de los muertos. En Samaín, el 1 de noviembre, los celtas encendían el primer fuego, el origen de todos los fuegos. Las castañas se asaban sobre una gran hoguera visible desde todos los puntos (Mandianes, 2006). Como ocurrió con otras muchas fiestas paganas, la celebración del magosto acabó cristianizándose con la festividad de Todos los Santos (1 de noviembre) o la de San Martiño (11 de noviembre). Por ello, ambas jornadas son días de magostos. En Ourense, probablemente debido a que las castañas tardan más tiempo en secarse que en otros lugares de Galicia, el día del magosto por excelencia es el día de San Martiño.

El magosto requiere de dos elementos indispensables: fuego y castañas. El uso de las castañas como alimento básico de supervivencia se remonta al Paleolítico, pero serán los romanos quienes se encarguen de generalizar su consumo entre la población gallega y, por tanto, la propagación de las plantaciones de castaños, especialmente por todo el interior de Galicia. Sin duda, una de las estampas más bellas de la provincia de Ourense la dibujan sus “soutos”: bosques de castaños. Todo pueblo, toda aldea, del interior de Galicia tiene su “souto”. Bien dice el refrán que “Polo San Martiño vai ver o teu soutiño”. En Parderrubias no podía ser menos, aunque algunos hayan ya desaparecido, como el que se ubicaba entre los pueblos de Barrio y O Outeiro a principios del siglo pasado, y que llegó a acoger maniobras militares y misas de campaña, La tradición dice que cuando un “souto” está al lado de un camino, las castañas que a él caen, no se recogen, son de los pobres y los peregrinos.

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La castaña está presente en Galicia desde hace miles y miles de años, aunque serán los romanos los que extienden su cultivo. A partir del siglo XVIII, la patata y el maíz traídos de América hacen que la castaña pierda parte de su relevancia en la alimentación de los gallegos. El magosto trata de reivindicar ese protagonismo perdido.

El término “magosto” probablemente tenga su origen en el vocablo Magnus Ustus (gran fuego) o tal vez Magnum Ustum (carácter mágico del fuego). Básicamente, el magosto consiste en encender una gran hoguera, a ser posible perceptible desde cualquier punto del entorno, que permita obtener una buena cantidad de brasas sobre las que se puedan asar, las costillas de cerdo, los chorizos y las castañas, y todo ello regado con el vino nuevo que semanas atrás ya dejó de fermentar. A todo esto se unen los cuentos, las leyendas, las risas, los cánticos y la música. ¿Quién no entonó al ocaso de las castañas asadas y el vino, y ya degustando la purificadora queimada, aquello de “vivir en Ourense qué bonito é, andar de parrando e dormir de pé” o un “ai Pepiño adiós, ai Pepiño adiós, ai Pepiño, por Dios non te vaías”? Las castañas deben pincharse antes de ser colocadas sobre las brasas, aunque siempre alguna acabará explotando en la cara de quien las remueve, hecho que obviamente es celebrado de forma efusiva por el resto de comensales.

Es habitual que una vez degustadas las castañas, los comensales se tiznen las caras unos a otros, canten, bailen y salten sobre el fuego. No faltan supersticiones relacionadas con la celebración, especialmente relativas al carácter sagrado del fuego: no se puede escupir sobre él, no se puede echar ningún resto sobre él y no se puede, bajo ningún concepto, apagar el fuego, las brasas deberán apagarse solas, pues las ánimas las necesitarán esa noche para calentarse. Es costumbre también dejar algunas castañas entre las brasas para alimento de los espíritus. ¿Y las que nos comemos? Por cada castaña que nos comemos liberamos un alma del purgatorio.

En Parderrubias, al igual que en muchas parroquias cercanas, e independientemente de las celebraciones particulares -es habitual que en cada casa se hagan magostos familiares en la “lareira” a lo largo de todo el mes de noviembre-, desde hace más de dos décadas se viene celebrando un magosto popular que reúne a todos los vecinos de la Parroquia en torno a las castañas. El sábado más próximo a San Martiño todos aquellos que tienen vinculación con la Parroquia se congregan para dar culto a las castañas y al fuego. La churrascada, a base de costillas y chorizos, da paso a las castañas asadas, todo ello regado con vino de la nueva cosecha. Una queimada purificadora y protectora contra maleficios y malos espíritus clausura el banquete. En una primera época, el evento tenía lugar al anochecer y se celebraba en A Carretera. Posteriormente, pasó a hacerse en el pueblo de A Iglesia y, finalmente, debido al elevado número de asistentes volvió a la Carretera, teniendo lugar a mediodía y alargándose hasta bien entrado el anochecer.

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Queimada en el Magosto de 2012

En una época previa a esta celebración popular, allá por la década de los años 80, los jóvenes del pueblo ya nos reuníamos en el monte, al frío atardecer de noviembre, allá en O Trabazo, a celebrar el magosto, alargando la velada hasta bien entrada la noche, a la espera de que las últimas brasas diesen calor a aquellos espíritus con los que habíamos compartido las horas de una gélida noche.

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Magosto año 1982

Como epílogo a este texto de aprendiz de etnografía de magostos, cito textualmente al gran antropólogo ourensano Florentino Cuevillas:

Dirédesme que os follatos murchos das viñas son sinal da morte que o inverno trae consigo. Dirédesme que o magosto é o final do froito dos castiñeiros; e teredes razón; mais teredes que confesar que as viñas trocadas en xardín son ben belidas, e que as castañas se queiman entre risas e entre amores. Porque na nosa terra, astra a morte ten engado. E se non o credes, vinde ver a Galicia, no mes de San Martiño”  (Prosas Galegas, 1948).

Referencias

Mandianes, M. (2006). El origen del magosto. Recuperado de http://www.delmorrazo.com/tribuna/origen-del-magosto.html.

Don José Manuel Fernández Rúas: impulsor de la modernización de Parderrubias

Don José Manuel Fernández Rúas: impulsor de la modernización de Parderrubias

Por Manuel Outumuro Seara

Las actuales generaciones de Parderrubias hemos escuchado en múltiples ocasiones el nombre de don Manuel Rúas asociado a un cambio de ciclo y a la llegada de la modernidad a la parroquia. Las generaciones que precedieron a la nuestra tuvieron la oportunidad de ser, junto a él, parte activa de ese proceso en la década de los sesenta del pasado siglo.

A pesar de la tenebrosa dictadura que padecíamos, la España de los años sesenta empezó a experimentar algunos cambios sociales significativos como consecuencia de la ligera apertura que se estaba produciendo. Cualquier innovación que se produjese, por pequeña que fuese, se hacía más llamativa en pueblos pequeños, tradicionales, y arraigados en la moral y en las costumbres del pasado, como era el caso de Parderrubias en los años sesenta. Todo cambio requiere de un impulsor, un líder, que a pesar de las enormes reticencias y dificultades, muestra capacidad para llevar a la práctica sus ideales. Esa persona que cambió Parderrubias fue don José Manuel Fernández Rúas, conocido por todos como don Manuel Rúas.

En esta colaboración para el Blog, Manuel Outumuro Seara, vecino de Parderrubias y amigo de don Manuel, describe mejor que nadie la figura de don Manuel Rúas y todo lo que supuso su breve, pero intenso y fructífero, paso por la parroquia.

Muchas gracias, Manolo, por este brillantísimo aporte, que nos ayuda a conocer de primera mano una etapa de nuestra historia y reconocer en su justa medida la figura de un cura que será siempre bien recordado.

Juan Carlos Sierra Freire


Nota. Se publica el documento original en gallego y, a continuación, su correspondiente traducción al castellano.

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Fachada de la iglesia de Parderrubias

Coñecido por todos como don Manuel Rúas, párroco de Parderrubias entre os anos 1962 e 1967. De aspecto fráxil, alegre, con ollos agudos e unha mirada limpa a través dos seus lentes, de verbo fácil e rápido, bo conversador, memoria impresionante, espléndido, cosmopolita, nada encorsetado, de pensamento libre e ilustrado, crente mais non dogmático, comprometido coa xente e en especial cos máis desfavorecido. Deste xeito, é como se pode definir este cura de 82 anos nacido na comarca do Carballiño, que lle tocou vivir na súa etapa moza unha das épocas máis penosas da nosa historia recente, pero que tivo o don maila sabedoría de sabela interpretar e de facerlle a vida máis doada a todos aqueles que tiveron e tivemos a sorte de coñecelo e tratalo.

Chegou a Parderrubias alá polo ano 1962 xunto coa súa inseperable irmá “Maruja”, recén saído do forno como quen di xa que, cos seus 29 anos, só lle dera tempo de facer parada e fonda preto de tres anos na parroquia de Fátima (Ourense). Viña para substituír ao coñecido como “cura vello” don José, que debido a súa idade mailos seus achaques retirouse para súa terra de Allariz. Os seus primeiros recordos lembran a situación de atraso e de miseria daquela primeira parroquia do rural (en contradicción coas abundantes “caixas fortes” instaladas entre as pedras das paredes das palleiras) interiorizando como lembranza simbólica de todo aquel mundo a foto fixa da xente andando de noite co candil e co fachuco para alumearse polos camiños e carreiras. Daquela foi cando se decatou da cal debía ser a súa misión neste lugar.

Traía nun dos ocos da súa alforxa vital as ensinanzas eclesiásticas dun Seminario ríxido, clásico e culto, aderezado co tremendismo relixioso daquela época, mais no outro oco da alforxa, e como se fora para compensar, viña toda a ilusión dun cura xove disposto a romper con “corsés” e dogmatismos, e facer a súa Igrexa máis humanizada, tratando de influír directamente na realidade social daquela parroquia rural, atávica, chea de supesticións e mitos, que ben parecían recrear algúns dos episodios da propia Idade Media.

Aquela bocalada de aire fresco, osixenou as relacións sociais e de convivencia dos veciños da parroquia, aínda que, por outra banda, arrefriou algúns dos seus colegas do arciprestazgo instalados no inmovilismo e no status-quo establecido que non entendían tanto empeño e entusiasmo para rachar aquela situación de atraso que estaban a vivir moitos daqueles labregos. Total, ¿para qué?

Polo tanto, a idea de axuda, de modernización, de rachar con mitos e supersticións, de servir a xente, de culturizar, de sacar do atraso e da miseria, de abrir novos horizontes aos nenos e xente moza foron as metas que se marcou don Manuel ao seu paso pola nosa parroquia. Neste afán de cambio e mellora da calidade de vida da veciñanza mostrouse decidido e eficaz, mais non temerario, tal e como se caracteriza aos prudentes, tendo que deixar para mellor ocasión e seguir consentindo, moi ao seu pesar, tradicións tales como cobrar os responsos, coller o millo e mailo trigo que os veciños lles levaban ofrecidos aos santos ou a “paga” en especies que lle daban ao cura.

Nesta tarefa de modernización e compromiso coa xente, en especial cos nenos e nenas, contou cun aliado inestimable, o “Señor Maestro” don Isolino Camba, facendo un tándem perfecto. Como lle gusta recordar a súa consigna: “Isolino ti aquí e eu alá”, ao referirse a que a el lle tocaba pedir e influenciar nas autoridades civis e eclesiásticas da época en Ourense  e a don Isolino mobilizar e motivar a xente para que asumiran e colaboraran nas melloras que tentaban implantar.

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Don Isolino Camba e don José Manuel Fernández Rúas

Así lembra,  aínda con amargura, cando o deixou plantado o Xefe de Colonización Agraria de Ourense logo de terlle prometido facer unha balsa coa súa canalización de auga para mellorar o regadío e ter a tódolos homes armados con petas e sachos para recibilo e poder comenzar a obra. Pero como non hai mal que por ben non veña, conseguiu outra axuda para levar a auga dende a fonte do Outeiro e facer un tanque na Aldea para non ter que ir buscala ao río da Chousiña.  Recorda tamén con orgullo cando o Delegado de Información e Turismo (utilizando a obrigatoria recomendación previa dun amigo) lle informou persoalmante dunha subvención que lle outorgaba para realizar o coñecido como “Tele-club”, lugar de encontro e reunión dos veciños. Foi alí onde moitos descubrimos xogos tan “raros” coma o parchís, as  damas ou o xadrez, e onde puidemos ver por primeira vez aquel aparato rectangular que ademais de escoitar, tamén podíamos ver aos que estaban falando, e que entraba nas nosas vidas con tanta forza que recordo asombrado como a tía Elena lle respondía educadamente cun “buenas tardes” cando dende o outro lado da pantalla saudaba o presentador do telexornal. Outra das súas contribucións foi a das melloras na reitoral, aínda que tivo que custear parte da galería co seu arañeirado  peto; mais o que se lle resistiu foi a autorización do Señor Bispo (Rvdo. Ángel Temiño Sáiz) para facer un cuarto de baño, xa que dende a curia ourensá considerábano un luxo terreal, condenándoo a seguir tirando da trapela do sobrado cando tiña que relaxar os esfínteres e depositar directamente no curral.

Os nenos daquela descubrimos con ledicia que a catequese entraba mellor na “horta do cura” debaixo dunha cerdeira ca nos bancos da igrexa; ou que aquel “repoboado” onde nos obrigaban a ir ao monte coas vacas, ou buscar piñas e “candos”, tiña outro encanto cando o cura nos levaba de excursión ao Castro e zampabamos de xantar aquela rebanda de pan con sardiñas acompañadas coa aquela bebida que facía cóxegas na boca feita de sobres de “sanitex”; ou cando de mañanciña cantaba o galo e nos erguiamos desacougados por chegar primeiro á igrexa e poder gañar unha peseta que nos daba o Señor Abade por axudar á misa das sete; ou aqueles partidos de fubol que organizaba os domingos, onde puidemos ver por primeira vez un balón de coiro, dos de verdade, que segundo me lembra don Manuel fora un regalo persoal de “Ibarreche” aquel porteiro famoso do Clube Deportivo Ourense da época prodixiosa dos 60, cando militaba en Segunda División, logo de perder unha eliminatoria da copa do Xeneralísimo contra a Unión Deportiva Salamanca.

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Equipo de fútbol de Parderrubias nos anos sesenta

Non me quero esquecer do labor que levou a cabo tamén coa mocidade e coa xente maior. Dá fe desta prolífera tarefa o arquivo fotográfico que tiven a honra que me cedera no ano 2008 e que xa no seu día o dei a coñecer a toda parroquia no Local Social Don Isolino Camba, quedando en exposición permanente, e que contribuíu a lubricar os nosos recordos. Así se fixeron famosas as súas obras de teatro interpretadas pola propia mocidade, repartindo os papeis segundo as características de cada quen; aquelas comidas na Chousiña onde nos xuntabamos as familias compartindo mesa e mantel con tódolos veciños; as carreiras de burros que se engalanaban para a ocasión, ou as de bicicletas que se facían pola estrada nacional sen permiso expreso das forzas da orde, para non ter que cortar o escaso tráfico da época; aqueles concursos de doces que facían as mulleres entre as localidades de Aldea, Barrio, Outeiro e Nigueiroá, e onde as nenas facían de espías para descubrir que cocían as rivais.

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Don José Manuel Fernández Rúas con mozos e mozas de Parderrubias

Tamén recordo as excursións que facía cos maiores, chegando a medio financialas co seu propio peto (algunhas con ata 600 pesetas). Os maiores aínda lembran a feita a Vigo onde quedaron impresionados con aquelas cidades flotantes amarradas no porto, descubrindo alguns e algunhas por primeira vez o mar e deixándose acariñar por aqueles aires que, segundo dicía o médico, abrían o apetito e eran bos para o reuma. A de Coruña onde as nosas nais e avoas escandalizábanse coa xente case espida que estaba na praia de Riazor, indicándolle a que, como cura, non mirara para aquelas “puercas” que só invitaban a tentación da carne; aínda que no fondo a tía María chegoulle a confesar: “Don Manuel, ¡e eu ía morrer sen coñecer mundo!”.

Como todo bo ten data de caducidade, o de don Manuel non ia ser menos. A él non o colleu por sorpresa, xa que a súa andaina por Parderrubias era unha interinidade; e dicir, algo de paso. O Señor Bispo tiñalle destinado que debía pastorear na súa terra. E así foi, marchouse para parroquia de Santa María de Arcos no Carballiño (terra de polbeiras) a ali leva exercendo a súa pastoral preto de 48 años que compaxinou con outras tarefas tales coma a de dar clases, xa que tamén fixo Maxisterio, tendo a honra de coincidir con él e intercambiar apuntes alá por finais da época dos 70. Actualmente, e debido os seus ben levados 82 anos, aparte da parroquia tamén presta auxilio espiritual nunha residencia de monxas alí no Carballiño.

Por toda esta historia viva, que eu non sería quen de recordar na súa totalidade (debido á miña escasa idade que tiña cando don Manuel era párroco de Parderrubias) senón fora polo que me tivo contado xa de mozo a miña tía María (q.e.p.d.) e polas longas e gratas conversas que levo tido con don Manuel nestes últimos anos cando quedamos de cando en vez cuns bos amigos que temos en común, eu quero adicarlle este recordatorio a ese home, a ese cura bo e xeneroso, que, abofé, deixou forte pegada na parroquia de Parderrubias e dun xeito notable contribuíu a engrandecer a súa historia e a ser o que hoxe é, tanto no seu contorno coma a súa xente.

Vaia a miña e a nosa gratitude para vostede.


VERSION EN CASTELLANO

Conocido por todos como don Manuel Rúas, párroco de Parderrubias entre los años 1962 y 1967. De aspecto frágil, con vista aguda y una mirada limpia a través de sus gafas, de verbo fácil y ágil, buen conversador, impresionante memoria, espléndido, cosmopolita, nada encorsetado, de pensamiento libre e ilustrado, creyente, pero no dogmático, comprometido con la gente y, en especial, con los más desfavorecidos. Así es como se puede definir a este cura de 82 años, nacido en la comarca de Carballiño, que le ha tocado vivir en su juventud una de las épocas más penosas de nuestra historia reciente, pero que tuvo el don y la sabiduría de saberla interpretar y hacer la vida más fácil a todas aquellas personas que tuvieron o tuvimos la suerte de conocerle y tratarle.

Llegó a Parderrubias en el año 1962 junto con su inseparable hermana, Maruja, recién salido del horno, pues a sus 29 años solo había tenido tiempo para hacer una breve parada de tres años en la parroquia de Fátima (Ourense). Venía para sustituir al que conocíamos como “cura vello”, don José, que debido a su edad y a los achaque se retiró a su tierra, Allariz. Sus recuerdos de esos primeros momentos reflejan una situación de atraso y de miseria en aquella su primera parroquia rural, en contradicción con las abundantes “cajas fuertes” instaladas entre las piedras de las paredes de los pajares. Un recuerdo simbólico de aquella sociedad en forma de foto fija es la gente yendo de noche con un candil o un hacho para alumbrarse por caminos y senderos. En ese momento se dio cuenta de cuál debía ser su misión en la parroquia.

En uno de los huecos de su alforja vital traía las enseñanzas eclesiásticas de un Seminario rígido, clásico y culto, aderezadas con un tremendismo religioso propio de aquella época. En el otro hueco de la alforja, como si fuera para compensar, traía toda la ilusión de un cura joven dispuesto a romper con “corsés” y dogmatismos, y humanizar su Iglesia, tratando de influir directamente sobre la realidad social de aquella parroquia rural, atávica, cargada de supersticiones y mitos, que bien podrían recrear algunos de los episodios de la propia Edad Media.

Aquella bocanada de aire fresco oxigenó las relaciones sociales y la convivencia de los vecinos de la parroquia, aunque ello supusiese “resfriar” a algunos de sus colegas del Arciprestazgo, instalados en el inmovilismo y en el status quo establecido, y que no entendían tanto empeño y entusiasmo por romper con aquella situación de atraso que experimentaban muchos de los agricultores de esa época. Total, ¿para qué?

Por lo tanto, la idea de ayuda, de modernización, de acabar con mitos y supersticiones, de servir a la gente, de culturizar, de sacar del atraso y la miseria, de abrir nuevos horizontes a los niños y a los jóvenes fueron las metas que se marcó don Manuel en su paso por la parroquia, En este afán de cambio y mejora de la calidad de vida del vecindario se mostró decidido y eficaz, pero nunca temerario, tal como se caracteriza a los prudentes, teniendo que dejar para mejor ocasión y seguir consintiendo, muy a su pesar, tradiciones como cobrar por los responsos, recibir el maíz y el trigo que los vecinos le llevaban como ofrenda a los santos o como paga en especies por la labor de cura.

En esta tarea de modernización y compromiso con la gente, en especial con los niños, contó con un aliado inestimable, el “Señor Maestro”, don Isolino Camba, haciendo un tándem perfecto. Todavía recuerda su consigna de “Isolino, tú aquí y yo allá”, refiriéndose a que a él le tocaba pedir e influir en las autoridades civiles y eclesiásticas de la época en Ourense, mientras que don Isolino debía movilizar y motivar a la gente para que asumieran y colaborasen en las mejoras que trataban de implantar.

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Don Isolino Camba y don José Ramón Fernández Rúas

Así, todavía recuerda con amargura cuando le dio plantón el Jefe de Colonización Agraria de Ourense, después de haberle prometido la construcción de una balsa con su correspondiente canalización de agua para mejorar el regadío, estando los hombres del pueblo preparados con picos y azadas para recibirlo y empezar inmediatamente la obra. Pero como no hay mal que por bien no venga, consiguió otra ayuda para llevar el agua desde la fuente del Outeiro y hacer un tanque en la Aldea, para que de este modo los vecinos no tuvieran que ir a buscarla al río de A Chousiña. Don Manuel recuerda también con orgullo al Delegado de Información y Turismo, que, después de emplear la obligatoria recomendación previa de un amigo, le informó personalmente de una subvención que le otorgaba para construir el Teleclub, lugar de encuentro y reunión de los vecinos. Fue aquí donde muchos descubrimos juegos tan “raros” como el parchís, las damas o el ajedrez, y donde pudimos encontrar por primera vez aquel aparato rectangular que además de escuchar, también podíamos ver a los que hablaban, y que entraba en nuestras vidas con tanta fuerza, que recuerdo asombrado como la tía Elena le respondía educadamente con unas “buenas tardes” cuando desde el otro lado de la pantalla saludaba el presentador del telediario. Otra de las contribuciones de don Manuel fueron las mejoras realizadas en la casa rectoral, a pesar de que tuvo que costear parte de la galería con su hucha cargada de telarañas. Pero lo que se le resistió fue la autorización del Señor Obispo (Rvdo. Ángel Temiño Sáiz) para construir un cuarto de baño, ya que desde la curia ourensana lo consideraban un lujo terrenal, condenándolo a seguir tirando de la trampilla del piso cuanto tenía que relajar los esfínteres depositando directamente en el corral.

En aquel tiempo, los niños descubrimos con alegría que la catequesis entraba mejor en la Huerta del Cura, debajo de un cerezo, que en los bancos de la iglesia, o que aquel repoblado a donde nos obligaban a ir con las vacas “al monte” o a buscar piñas y leña tenía otro encanto cuando el cura nos llevaba de excursión al Castro y zampábamos de almuerzo una rebanada de pan con sardinas acompañada de aquella bebida hecha a base de sobres de “sanitex” que producía cosquillas en la boca. O cuando al alba cantaba el gallo y nos levantábamos inquietos por llegar el primero a la iglesia y así poder ganar una peseta que nos daba el Señor Abad por ayudar a misa de siete. O aquellos partidos de fútbol que organizaba los domingos, en los que pudimos ver por primea vez un balón de cuero, de los de verdad, que tal como recuerda don Manuel, había sido un regalo personal de Ibarreche, aquel portero famoso del Club Deportivo Ourense de la época prodigiosa de  los años sesenta, cuando militaba en Segunda División, después de perder la eliminatoria de Copa del Generalísimo contra la Unión Deportiva Salamanca.

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Equipo de fútbol de Parderrubias en los años sesenta

No me quiero olvidar de la labor que también llevó a cabo con la juventud y la gente mayor. De esta prolífera tarea da fe el archivo fotográfico que tuve el honor de que me cediera en el año 2008 y que ya en su día di a conocer a toda la parroquia en el Local Social don Isolino Camba, quedando en exposición permanente y que contribuyó a lubricar nuestros recuerdos. Así, fueron famosas sus obras de teatro interpretadas por los mozos y mozas del pueblo, distribuyéndose los papeles en función de las características de cada cual. Aquellas comidas en A Chousiña, en donde nos reuníamos las familias compartiendo mesa y mantel todos los vecinos. Las carreras de burros que se engalanaban para la ocasión, o las de bicicletas que se hacían por la carretera nacional sin permiso expreso de las fuerzas del orden público para no tener que cortar el escaso tráfico de la época. Los concursos de dulces que hacían las mujeres de A Aldea, Barrio, Outeiro y Nigueiroá, y en los que las niñas ejercían de espías para descubrir que preparaban las rivales.

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Don Manuel Rúas con mozos e mozas de Parderrubias

También recuerdo las excursiones que hacía con las personas mayores, llegando a cofinanciarlas con su propia hucha, alguna hasta con 600 pesetas. Los mayores aun recuerdan la que se hizo a Vigo, en donde quedaron impresionados con aquellas ciudades flotantes amarradas en el puerto, descubriendo algunos y algunas el mar por primera vez, dejándose acariciar por aquella brisa que, tal como decía el médico, abría el apetito y era buena para el reuma. Y la excursión a Coruña, en donde nuestras madres y abuelas se escandalizaron con las personas casi desnudas que tomaban el sol en la playa de Riazor, indicándole a don Manuel que como cura no mirara a aquellas “cochinas” que solo invitaban a la tentación de la carne. De todas maneras, la tía María le llegó a confesar: “Don Manuel, ¡y yo iba a morirme sin conocer mundo!”

Como todo lo bueno tiene fecha de caducidad, lo de don Manuel no iba a ser menos. A él no le cogió por sorpresa, ya que su paso por Parderrubias era una interinidad, algo de paso. El Señor Obispo le tenía preparado como destino pastorear en su tierra. Y así fue, se marchó para la parroquia de Santa María de Arcos en la comarca de Carballiño (tierra de «pulpeiras»), y allí sigue ejerciendo su pastoral desde hace 48 años, la cual compaginó con otras actividades como la de dar clases, ya que también hizo Magisterio, teniendo uno la honra de coincidir con él e intercambiar apuntes allá por finales de los años setenta. Actualmente, y debido a sus bien llevados 82 años, aparte de la parroquia también presta auxilio espiritual en una residencia de monjas en Carballiño.

Por toda esta historia viva, que yo no sería quien de recordar en su totalidad (debido a mi edad cuando don Manuel fue párroco de Parderrubias) sino fuera por lo que me ha contado, ya de mozo, mi tía María (q.e.p.d.) y por las largas y gratas conversaciones que vengo teniendo con don Manuel en estos últimos años cuando quedamos de vez en cuando con unos buenos amigos comunes, quiero dedicar este recordatorio a este hombre, a este cura bueno y generoso, que sin lugar a dudas dejó una fuerte huella en la parroquia de Parderrubias y de una manera muy notable contribuyó a engrandecer su historia y a ser lo que hoy es, tanto en su contorno como en sus gentes.

Mi gratitud, nuestra gratitud para usted.

Sucesos relacionados con Parderrubias publicados en prensa

Sucesos relacionados con Parderrubias publicados en prensa

Por Juan Carlos Sierra Freire

 

El nombre de pueblos pequeños -como es el caso de Parderrubias- suele aparecer con poca frecuencia en la prensa y cuando lo hace suele ser por algún suceso o hecho delictivo. A lo largo de la historia, las ocasiones en las que Parderrubias saltó a las páginas de los periódicos se corresponden habitualmente con hechos de este tipo. El conocimiento y la información acerca de estos acontecimientos también nos ayuda a conocer mejor la sociedad de una determinada época.

A continuación se presenta un listado de sucesos (probablemente incompleto) relacionados, directa o indirectamente, con la parroquia de Parderrubias, que han visto la luz en la prensa escrita de los siglos XIX y XX.

1837: Asalto y robo a la casa de Francisco y María Outumuro, vecinos de Barrio, por parte de unos 10-12 hombres desconocidos, llevándose una gran cantidad de efectos (Boletín Oficial de la Provincia de Orense, 12 de mayo de 1837).

1849: Hurto de un pollino propiedad de Miguel Garrido, de Parderrubias, por parte de Gregorio Outumuro, vecino de Proente (Boletín Oficial de la Provincia de Orense, 19 de junio de 1849).

1867: Asalto durante la noche a la casa de Tomás Justo, de Parderrubias, por parte de seis desconocidos, y ante la oposición de este a entregarles el dinero, lo conducen a un monte próximo en donde le mutilan (La Época, 15 de enero de 1867; La Correspondencia de España, 17 de enero de 1867).

1867: El párroco de Santa Eulalia de Parderrubias denuncia al Ayuntamiento el gran estorbo que ocasiona para las procesiones y demás servicios públicos el balcón de la casa propiedad de José Resvie (Boletín Oficial de la Provincia de Segovia, 1 de marzo de 1867).

1893: Aparición en el monte, entre Parderrubias y Pereira, del cadáver de Manuel Rodríguez Santos, vecino de Seixalvo, que padecía un trastorno mental grave y había abandonado su casa días atrás (El Lucense, 3 de marzo de 1893).

1894: Se ha declarado un violento incendio en el monte comunal de la parroquia de Parderrubias. El siniestro fue intencionado, ignorándose quiénes hayan sido los autores (El Diario de Galicia, 14 de septiembre de 1894).

1900: Búsqueda de María Seara Iglesias, vecina de Parderrubias, por abandono de la casa paterna (Boletín Oficial de la Provincia de Orense, 7 de septiembre de 1900).

1902: Estallido de dos bombas de dinamita en Parderrubias colocadas por “manos criminales” (El Noroeste, 27 de febrero de 1902).

1902: Robo en la tienda de José Álvarez, de Parderrubias, apropiándose los ladrones de tabaco, dinero y géneros que allí había (La Correspondencia Gallega, 26 de diciembre de 1902)

1903: Pérdida de la yegua de José Álvarez Pascual (Boletín Oficial de la Provincia de Orense, 3 de octubre de 1903).

1906: Robo del pollino de Jesusa Seara, de Nigueiroá, a manos de Antonia Iglesias, tendera ambulante natural de Oviedo (Boletín Oficial de la Provincia de Orense, 13 de octubre de 1906).

1907: Don Aurelio Álvarez Belvis, joven y estimadísimo médico de Soutopenedo, cuando se dirigía a Parderrubias, a ser Padrino en la Confirmación, recibe dos coces de su caballo, produciéndole heridas de bastante gravedad (La Correspondencia Gallega, 20 de abril de 1907).

1907: Reyerta entre mozos del pueblo de Solveira (Feligresía de Parderrubias) y los de A Merca en la Romería de San Miguel, con el saldo de un muerto y varios heridos (El Noroeste, 15 de mayo de 1907).

1910: Detención, por parte de la Guardia Civil de Celanova, de María Seara Iglesias, de 30 años, vecina de Parderrubias, por abandono de un bebé que había dado a luz (El Correo de Galicia, 18 de febrero de 1910).

1910: Al regresar de la feria de la capital a su casa de Parderrubias, Manuel Pascual fue brutalmente agredido por su convecino Antonio Mouriño, causándole varias heridas con un palo, que le privaron del conocimiento, notando al recobrarlo que le habían sustraído doscientas diez pesetas de un bolsillo (La Región, 13 de marzo de 1910).

1913: Denuncia de Manuel Rodríguez, vecino de Luintra, contra Benigno Fernández, natural de Parderrubias, por la venta de una vaca agresiva que embistió a un viandante (El Progreso, 10 de mayo de 1913).

1916: Desde la calle del Progreso hasta la parroquia de Parderrubias, en la carretera de Celanova, se perdió una sotana nueva. Se suplica al que la posea avise Calle Viriato 8, o en Parderrubias, casa José Garrido y Hermanos, Escultores (La Región, 11 de julio de 1916).

1917: Desde el pueblo de Parderrubias a Cartelle se extravió una cartera que contenía cierta cantidad de dinero. Como esta pertenecía a un pobre labrador, se agradece al que la hallase, la entregue a Bautista Grande, en el pueblo de Parderrubias (La Región, 24 de febrero de 1917).

1919: El que haya encontrado un cerdo de color blanco con dos rayas hechas por una tijera, se le ruega lo entregue al arcipreste de Parderrubias, don Benito Garrido, quien lo gratificará (La Región, 23 de abril de 1919).

1919: Accidente del automóvil correo de Orense a Entrimo en A Manchica. Un viajero sale despedido del coche sufriendo fuerte hemorragia en la cara, de la cual es atendido en Parderrubias a donde fue trasladado en un colchón (El Eco de Santiago, 8 de octubre de 1919).

1921: El propietario de unas yeguas que le fueron robadas en el pasado mes de junio podrá adquirir noticias de su paradero en casa de don Nicanor Lorenzo, en Parderrubias (La Voz de la Verdad, 6 de julio de 1921).

1921: Se declara un violento incendio en la casa del industrial don Bernardo Mueso, junto al Jardín de Posío. En el garaje de la planta baja se hallaban dos camiones pertenecientes a Garrido Hermanos, de Parderrubias. Uno de ellos estaba abarrotado de cajas de petróleo, aceite y sacos de harina. Quedó todo reducido a cenizas. Las pérdidas se calculan en 120.000 pesetas (El Compostelano, 26 de octubre de 1921).

1922: Cae en Parderrubias una granizada tan grande que no se recuerda otra igual, quedando muchos vecinos en la miseria al perderse prácticamente todas sus cosechas, llegando el Gobernador Civil a comunicar tal desgracia a los Ministros de Gobernación y Fomento (El Ideal Gallego, 2 de junio de 1922).

1923: Hurto de pinos en un monte propiedad de Dolores Iglesias, de Parderrubias (La Región, 25 de febrero de 1923).

1923: Violento incendio en la casa de Claudino Fernández sofocado gracias a la pericia de los vecinos, terminando herido por quemaduras Manuel Pascual Domuro (El Correo de Galicia, 24 de octubre de 1923).

1926: Nicanor Lorenzo, como Cabo del Somatén de Parderrubias, detiene al súbdito portugués Juan Alfonso por haber sustraído una cartera a una vecina del pueblo, de nombre Rosa. El ladrón venía huyendo de otro robo que había perpetrado en una casa de La Rabaza. Queda a disposición del Somatén de A Merca (La Zarpa, 9 de febrero de 1926).

1926: Choque de camionetas en el puente de Parderrubias y vuelco de la que fue embestida con resultado de tres heridos, que son recogidos por el automóvil de línea y conducidos a la Casa de Socorro de Orense (El Orzán, 18 de septiembre de 1926).

1927: Atestado contra Evaristo Seara, vecino de la Iglesia, por causar heridas de pronóstico reservado a María Conde Otero, vecina de Matusiños (El Heraldo Gallego, 23 de enero de 1927).

1927: Nicanor Lorenzo, industrial de Parderrubias, sufre en Vigo un intento de timo de la estampita. Percatándose de lo que se trataba, el Sr. Lorenzo “reparte una colección de puñetazos” al fracasado timador que huye perseguido por varias personas (El Diario de Pontevedra, 18 de octubre de 1927).

1927: Denuncia presentada por Emilio Rodríguez Álvarez, vecino de Nogueira de Ramuín, contra Antonio Rodríguez Garrido, de Parderrubias, al que compró una vaca por 562,50 pesetas, condicionada la compra a que el animal tuviese determinadas características, y cuando entiende que no las tiene, pide la devolución de los cuartos, a lo cual se opone el vendedor (El Heraldo Gallego, 25 de diciembre de 1927).

1928: Bautista Fernández Rego, de 24 años, fue detenido en el Campo de los Remedios por maltratar de obra a José Casas Santos, de 50 años, labrador natural de Vilar. Este fue asistido en el hospital (La Región, 18 de noviembre de 1928)..

1929: Atestado contra Jacinto Iglesias Seara por daños causados en la finca de David Outumuro, vecinos ambos de Parderrubias (El Pueblo Gallego, 5 de diciembre de 1929).

1930: Los vecinos de Parderrubias Antonio y María Outumuro, por resentimientos con su padre, debido a que pensaba contraer nuevamente matrimonio, penetraron en casa de este, llevándose de un cofre 250 pesetas (Heraldo de Galicia, 20 de enero de 1930).

1931: Por la Benemérita de Celanova fue detenido Francisco Suárez Suárez, de 30 años, vecino de Parderrubias, y autor de amenazas de muerte a su convecino Eliseo Garrido González. El detenido ingresó en la cárcel partido (Galicia, 8 de febrero de 1931).

1931: Fue denunciado al Juzgado del término Fernando Sampedro Seara, de 42 años, vecino de Parderrubias, por ocasionar la rotura de varios postes de piedra que circundaban la finca propiedad de su convecino José Seara (Galicia, 31 de marzo de 1931).

1931: Robo en el domicilio de los cuñados Manuel Sueiro y Jacinto Iglesias. Los ladrones se hacen con todo su dinero, consistente en varios miles de pesetas, casi en su totalidad en monedas de plata de cinco pesetas (La Región, 12 de junio de 1931). Los vecinos de Parderrubias, Manuel Sueiro Iglesias y Jacinto Iglesias, denunciaron ante la Benemérita de Celanova, que de un arcón de su propiedad sito en la cocina de una casa deshabitada, propiedad de ambos, les habían desaparecido 15.000 pesetas pertenecientes al primero y 3.000 del segundo. Ambos como cuñados que eran y se llevaban bien, guardaban sus ahorros juntamente (La Voz de la Verdad, 18 de junio de 1931).

1933: La joven de 23 años Mercedes Seara al encontrarse un poco mareada, y como tenía por costumbre de ocasiones anteriores tomar un sobre de polvos de las lombrices, que le producía alivio, acudió a dicho medicamento, con la mala suerte de coger un sobre de Ratin que tenía su madre guardado para los ratones, resultando intoxicada. En su ayuda acudió el auxiliar facultativo don Arístedes Quintairos, establecido en La Merca (Galicia, 23 de junio de 1933).

1934: El 27 de enero aparece en el monte de A Bacariza el cadáver de José Benito Conde Fidalgo, vecino de Armariz (Xunqueira de Ambía). El infortunado, que padecía ataques epilépticos, vivía con su madre viuda, y había desaparecido el día 17 (La Región, 31 de enero de 1934).

1935: En la Comisaria de Vigilancia se presentó Isolina Seara Garrido, de 31 años, hija de Germán y Viviana, natural y vecina de Parderrubias, manifestando que vino a la feria el lunes 7 del actual y trajo un pollino que dejó sujeto a una estaca en las cercanías del río Miño, en el campo de los Remedios, y cuando quiso recogerlo para marcharse a su casa ya no lo encontró, ignorando si se soltó o se lo sustrajeron. El pollino lo valora en 125 pesetas, siendo sus características color negro, alto y con aparejos (Galicia, 9 de octubre de 1935).

1936: Asalto en la Casa Rectoral de Parderrubias, en donde reside el párroco don Alfonso Losada Fernández. Ante el intento de evitar que le robasen resulta gravemente herido por disparos. Fallece a los pocos días en el hospital. Sus asesinos son detenidos en O Furriolo por la Guardia Civil (El Compostelano, 15 de junio de 1936; El Pueblo Gallego, 25 de junio de 1936; La Libertad, 26 de junio de 1936; La Vanguardia, 14 de junio de 1936). 

1940: Un voraz incendio ocurrido a las tres de la tarde, en la Aira de Parderrubias, destruye 14 medas de centeno valoradas en 45.000 pesetas (La Región, 2 de agosto de 1940).

1942: Robo de 30.000 pesetas en metálico en la casa de la vecina Josefa Iglesias Sueiro, de 29 años. Las sospechas caen sobre el convecino de la Josefa, sujeto de malos antecedentes y que ha sido expulsado de la Policía Armada. El sujeto en cuestión se hallaba pasando una temporada con una hermana en Parderrubias, pues su domicilio habitual es Barcelona (El Compostelano, 7 de agosto de 1942).

1943: Tala y sustracción de pinos maderables en el Coto das Pías, parroquia de Parderrubias, siendo denunciados varios vecinos de la parroquia de San Jorge (El Pueblo Gallego, 21 de abril de 1943).

1943: Fuerzas Especialistas de Cualedro han sorprendido en la Sierra Ladrón un auto matrícula M-21685 ocupado por los vecinos de Parderrubias y Viveiro, respectivamente, Eladio Garrido Garrido y Antonio González Rodríguez. Era la época de la fiebre del wolframio (La Región, 1 de agosto de 1943).

1948: Manuel Outumuro, de Parderrubias, denuncia a la Guardia Civil el intento de forzar la puerta de su casa mediante un disparo. Es detenido el convecino Antonio Martínez (El Pueblo Gallego, 2 de enero de 1948).

1951: Dosinda Rodríguez Rodríguez, vecina de Parderrubias, de 41 años se cae del pollino en el que iba montada, produciéndose heridas inciso cortantes sobre la tibia de la pierna izquierda (La Noche, 9 de enero de 1951).

1954: En el Sanatorio del Dr. Conde Corbal es asistido Isolino Camba, vecino de Parderrubias, de 41 años. Conducía una motocicleta y por no atropellar a una señora que se le cruzó en el camino, sufrió una caída, produciéndose una fractura con luxación del codo izquierdo (La Noche, 6 de diciembre de 1954).

1955: Antonio, vecino de Barrio (Bobadela) fue alcanzado por un rayo en las proximidades de Parderrubias, muriendo electrocutado. Venía de la feria de Ourense con una ternera. La lluvia insistente le llevó a cobijarse debajo de un árbol (El Pueblo Gallego, 19 de junio de 1955).

1956: Se hunde el piso de una habitación cuando velaban un cadáver. Resultaron siete personas heridas (La Región, 21 de febrero de 1956).

1956: José Iglesias Lorenzo, de 6 años, es asistido en el Sanatorio del Dr. Raposo por fractura del brazo derecho, a consecuencia de un accidente de trabajo (El Pueblo Gallego, 10 de agosto de 1956).

1956: Miguel Grande Outumuro, de 52 años, se hallaba trabajando en una obra de su casa y al intentar mover un perpiaño de dos metros de largo le alcanzó la mano derecha (El Pueblo Gallego, 16 de septiembre de 1956).

1958: Se denuncia a la Guardia Civil la sustracción, de un tramo de poste a poste, de un hilo de cobre, de unos cincuenta metros de longitud, que conducía energía eléctrica del transformador de Parderrubias al puedo de Campinas. Se desconoce el autor (El Pueblo Gallego, 3 de junio de 1958).

1962: En las cercanías de Parderrubias, un camión de la empresa Martínez Núñez de Ponferrada, que llevaba obreros para Bande, en donde construían un cuartel de la Guardia Civil, perdió la dirección y resultando heridos el chófer y los cuatro obreros (uno de ellos de 82 años) (El Pueblo Gallego, 28 de febrero de 1962).

1963: El turismo de matrícula francesa 354 GU 54 choca contra el pretil del puente que existe en la localidad de Parderrubias (La Región, 25 de enero de 1963).

1963: Josefina Grande Seara, de 22 años, vecina de Parderrubias, sufre luxación de tobillo de pie izquierdo originado cuando intentaba saltar un muro (El Pueblo Gallego, 6 de agosto de 1963).

1965: Dos heridos de accidente de moto, uno de ellos grave. El conductor es Abelardo Sueiro González, de 24 años, y su acompañante José Grande Fernández. Cerca de sus domicilios chocaron contra el talud de la cuneta (La Región, 11 de agosto de 1956).

1966: El gitano Eduardo Montoya Camacho se apropió de 124 kilos de maíz que pertenecían al vecino de Parderrubias Delmiro Grande Fernández. Fueron justipreciados en unas 600 pesetas. La Guardia Civil procedió a su detención (La Región, 4 de noviembre de 1966).

1967: En las cercanías de Verea, colisionó la moto OR-10.679 conducida por un vecino de Lovios de 21 años, contra el camión matrícula C-42851, que conducía Manuel Freire Seara, de 26 años, vecino de Parderrubias. El motorista falleció en el acto (El Pueblo Gallego, 16 de diciembre de 1967).

1969: En el km. 1 de la carretera de Orense a Portugal el coche OR-10810, al intentar adelantar al vehículo OR-23646, conducido por don César Sierra Fernández, sin que se sepan las causas chocó con la parte izquierda de este vehículo y fue a empotrarse contra un árbol. El segundo vehículo resultó con daños valorados en 15.000 pesetas (La Región, 27 de mayo de 1969).

1969: Cuando circulaba por el centro de la calzada en una curva de la carretera de Orense a Barra de Miño, la motocicleta OR-11.466 colisionó con el camión OR-16.697, que conducía José Sampedro Iglesias, de 44 años, vecino de Parderrubias, resultando el motorista con heridas de carácter grave. La moto sufrió daños valorados en 3.500 pesetas y el camión en 500 (El Pueblo Gallego, 16 de julio de 1969).

1970: En la carretera de Orense a Celanova, inmediaciones de Parderrubias, y a consecuencia de lo resbaladizo de la calzada, un turismo derrapó en una curva, chocando contra un talud. Resultaron heridos el conductor y su acompañante (El Pueblo Gallego, 6 de febrero de 1970).

1970: En una finca de su propiedad fue hallado el cadáver de José María Justo Lorenzo, de 40 años, soltero, el cual presentaba un corte en el cuello, producido por una navaja barbera (La Región, 7 de junio de 1970).

1971: Por la Guardia Civil de Celanova fue detenido un vecino de Orense de 20 años, peón, como autor del hurto, en Parderrubias, de un vehículo Land Rover, propiedad de Delmiro Grande Fernández, sufriendo accidente en el km. 14 de la carretera Orense-Magdalena, término municipal de La Merca, al que ocasionó daños valorados en 20.000 pesetas (El Pueblo Gallego, 18 de agosto de 1971).

1972: En la cercanía de Bentraces, un seat 600, anteanoche a las ocho atropelló a un anciano vecino de Teixugueiras, que falleció cuando era trasladado a una clínica en la capital. El peatón circulaba por la derecha, ocupando parte de la calzada. El Seat OR-16460 venia conducido por el vecino de Parderrubias Manuel Garrrido Seara (El Pueblo Gallego, 10 de febrero de 1972).

1972: El turismo OR-30792, conducido por Modesto González Fernández, vecino de Parderrubias, atropelló en el término municipal de Barbadanes a un peatón, vecino de La Valenzana, ocasionándole heridas leves (El Pueblo Gallego, 15 de marzo de 1972).

1972: Una pareja de la Guardia Civil persigue y da alcance en las proximidades de Parderrubias a un coche sospechoso. El chófer abandona el vehículo en marcha y se da a la fuga. El vehículo carecía de documentación y en su interior fueron hallados 650 kilos de café crudo de procedencia portuguesa, valorados en 48.750 pesetas (La Región, 18 de mayo de 1972).

1972: En el monte Bacariza y Tambillón, propiedad de los vecinos de Nigueiroá y Parderrubias ardieron unas 3 Has. de monte particular bajo, de escasa importancia, y unas 20 áreas del Patrimonio Forestal del Estado, poblado de pinos, quemándose unos 400, de 10 a 20 años. Los daños se cifran en unas 25.000 pesetas (El Pueblo Gallego, 1 de septiembre de 1972).

1973: En el hospital provincial fue asistido Delmiro Grande Fernández, de 41 años, vecino de Parderrubias por múltiples heridas, calificadas de pronóstico grave y producidas al ser embestido por un toro de su propiedad (El Pueblo Gallego, 23 de enero de 1973).

1974: Unas 18 Has. del monte Reparade, término de La Merca y propiedad de los vecinos de Parderrubias, La Manchica y Pereira de Montes, fueron pasto de las llamas. El fuego afectó a unos 7.000 pinos y las pérdidas fueron de 35.000 pesetas (El Pueblo Gallego, 21 de agosto de 1974).

1975: Fue hallado abandonado en las proximidades de Parderrubias el turismo Mini-Morris con matrícula MA-934009, notándose que la letra A y el número 4 habían sido pintados a pincel con pintura negra, y en el interior del mismo otra matrícula M-931009, propiedad de un vecino de Cambeo que había denunciado su desaparición (El Pueblo Gallego, 6 de agosto de 1975).

1978: Se produjo un atraco en el Auto Bar cuando Avelina Seara, de 39 años, estaba en la barra. Llegaron dos jóvenes en una moto que hicieron dos consumiciones y, al terminarlas, uno de ellos esgrimió un cuchillo, diciéndole a Avelina que era un atraco y que le diera el dinero. Se llevaron mil pesetas. Al intentar huir, la moto no encendió, por lo que se echaron al monte a pie (El Pueblo Gallego, 9 de julio de 1979).

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